El golpe, sorpresivo, dañino, dejó a Fernando Ibáñez en un estado de incredulidad mayúsculo, en algo que no podía entender. Es que, de un rato para otro, la vida en familia para él pasó a ser un combo de afectos elementales a otra cosa, algo doloroso, algo extraño, un camino para aprender lleno de ausencias. Seis años atrás, su mamá Nancy les había sido arrebatada por un cáncer fulminante, cuando tenía sólo 48 años y parecía tener un gran resto de vitalidad por delante. Trataban de acomodarse a estar sin ese puntal clave en el día a día, cuando su papá Pascual, ese hombre que en realidad era su tío pero que los crió a él y a su único hermano mayor, Mario (29), como si fueran sus propios hijos, también sucumbió a la misma enfermedad que acabó con los días de su mamá. De esa otra gran pérdida se iba a cumplir un mes el próximo 18 de octubre. Pero ayer, otro mazazo sacudió a ese joven: Mario también dejó de ser parte de sus cosas, de sus juntadas con amigos y uno que otro picadito al fútbol. De ese proyecto de comprar un camión juntos para seguir haciendo fletes y otros trabajos, porque de eso vivían, de eso hacían el pan de cada día.



