Por Celeste Roco Navea
En el corazón de la Plaza Santa Cecilia, a metros del Club Atlético Marquesado, en Rivadavia, se alza el monumento con la placa que recuerda uno de los siniestros viales más duros y crudos que cosecha la historia de San Juan, como fue la “Tragedia de El Tambolar”. A 40 años del hecho, seis sobrevivientes se volvieron a encontrar alrededor del recuerdo de sus camaradas caídas para rememorar, compartir y poner en valor cada acto que fue crucial, en medio de un escenario montañoso y hostil.
Pablo Sotelo, Jorge Iñon, Víctor Hugo Riveros, Ángel Delfino, Eduardo Esquivel y Rodolfo Arce compartieron con DARIO DE CUYO sus memorias sobre lo sucedido la tarde noche del 23 de enero de 1986, donde fallecieron 17 personas, entre civiles y militares. En sus voces, la reconstrucción del accidente que golpeó a la banda de música del RIM 22.

El Dodge salvador y la curiosa historia detrás del reloj del chofer de la ambulancia
Pablo Sotelo formaba parte de la banda de música junto con su trompeta y fue uno de los seis sobrevivientes que salió del vacío para llegar a la ruta y dar aviso de la tragedia.
“Estábamos ensayando con la banda. El Capitán en ese momento explicó que había un servicio en Villa Nueva, Calingasta. Si cumplíamos con ese servicio, a los que nos íbamos nos daban uno o dos días más libre y en mi caso, por ejemplo, viajaba a Corrientes. Nos pusimos todos de acuerdo, y viajamos.
El micro tenía que salir a las 5 o 6 de la mañana. Por X causa se demoró y llegó como a las 7. ¿Por qué no salió? Porque se fue a buscar la Banda de la Policía. Se había equivocado”, comentó.
Y continuó: “Llegamos bien a Villa Nueva, a una escuela hogar. Hicimos el concierto como a las 17 hs. Cuando terminamos me fui a jugar al fútbol con la gente de ahí.
Emprendimos viaje de regreso y paramos en Pachaco. Nos bajamos para tomar algo fresco y en eso llega un Dodge 1500 detrás de nosotros que también paró. Comenzamos a descender. Recuerdo que íbamos a mucha velocidad. Delfino estaba al lado mío y me preguntó a qué altura estábamos. “1.350 metros sobre el nivel del mar”, le dije. Sentíamos que íbamos muy fuerte. Pasó una curva, pasó la segunda, al ser tan largo el micro en la tercera golpeó y ahí nos fuimos al precipicio”, recuerda Sotelo.
Las hipótesis fueron muchas y aun se mantienen entre los sobrevivientes. El chofer no conocía la ruta, se quedó sin frenos, se le trabó la caja de cambios. Una mala combinación de todos esos factores y otros. Sea cual fuera el motivo, el colectivo cayó al vacío, se calcula que al menos unos 100 metros.
“No se quién hizo fuego para tener algo de luz, porque estaba muy oscuro, y le digo: ‘Mira, tenemos que salir porque el único que nos va a ver es el del Dodge 1500”, continuó relatando Pablo.
“Empezamos a subir. Sin zapatos ni nada que nos asegurara. Siempre dije que en esa oportunidad alguien me llevaba, porque era imposible escalar. Los mismos bomberos nos preguntaban cómo habíamos hecho. Llegó el soldado Rocha, Virhuez, Morales, Arce y el último que subió fue Medina. En eso pasa el Dodge 1500.
Les dijimos del accidente, y lo subimos a Morales que tenía partida la cabeza. Pedimos que dieran aviso y lo mismo hicimos con otros vehículos que pasaban, hasta que llegó la primera ambulancia. Yo me quería quedar a ayudar y veo que desde la ambulancia viene alguien con una jeringa y le digo: ‘Si me van a llevar dormido mejor me voy’.”
El recuerdo de Soltelo continúa ya fuera del infierno entre montañas, pero aun conmocionado por el siniestro. “Me subí adelante, al lado del chofer, y comenzamos viaje. En la ambulancia me empecé a perder. Le digo al chofer, ‘mire, si viene una camioneta Chevrolet, o Renault 12, párese por favor porque seguramente es mi familia’. Íbamos en viaje y me doy cuenta de que tenía partida la cabeza. En eso el chofer se quita su reloj, me lo da, y me preguntaba qué hora era a cada rato. En un momento le digo: ‘Pase por Marquesado. Yo vivo ahí. Nos paremos a tomar una cerveza’.
Llegamos directo al hospital. Estuve metido en un lugar, y cuando apareció alguien le dije que tenía que tocar Silencio por mis amigos que habían muerto, y me aseguraban que no había muerto nadie. Me llevaron al quirófano, y cuando desperté escuché que decían que no me tenían que dar información. No sé cuánto tiempo pasó. Me desperté, y escucho una radio a lo lejos. Me levanto despacio y encuentro una habitación. Pensé que era uno de nosotros, pero era otra persona. Le saqué la radio sin que se diera cuenta y empece a escuchar todo lo que había sucedido”.

Las personas que fueron cruciales durante el accidente fueron parte importante en la vida de Sotelo, quien tuvo la oportunidad de cruzarse con varios de años tiempo después. Al respecto, destaca: “Cuando nos dieron el alta y había pasado tiempo del accidente busqué al chofer de la ambulancia. Cuando lo encontré le pregunté por qué me dio el reloj. Me dice: ‘Usted venía mal. Empezó a sangrar por todos lados, y un chofer de ambulancia no puede llevar un paciente adelante, tiene que ir atrás, pero estábamos llenos. Le di el reloj para ver si usted estaba lúcido, porque me decía que quería tomar cerveza’. Así comencé a encontrarme con personas que habían estado ese día, como un niño que estaba en el Dodge 1500 o la enfermera que me recibió en el hospital”.
El presagio que no se comprendió y la primera vez que la historia ve la luz
Al momento del accidente Eduardo Esquivel tenía 17 años. Era el miembro más chico de la banda y sufrió durante muchos años el recuerdo de la fatalidad. Cuarenta años después se animó a compartir con DIARIO DE CUYO y sus compañeros su recuerdo del siniestro.
“La noche antes de viajar no podía dormir. Pensaba lo peor, imaginaba cosas, no sé por qué. Camino al RIM me persignaba en todas las iglesias, como si pidiera protección. De ida, antes de llegar arriba del cerro se pinchó el colectivo. Estuvimos más o menos 40 minutos, todos colaboramos y seguimos viaje. Llegamos y nos esperaba mucha gente. Hicimos el servicio completo y tocamos con mucha alegría.
En ese colectivo venía un hermano, Horacio Antonio Esquivel y también su hijo. Al lado de mi sobrino venía el hijo de Tarifa, otro miembro de la banda. Todo venía bien hasta que pasó lo peor”.

La angustía se apodera de la voz de Esquivel, quien tras unos segundos recobra la entereza de sus palabras para continuar compartiendo. “Fue tan de repente y algo muy triste. Caímos hacia abajo, no sé cuántos metros. Se levantó una polvareda de tierra, y comenzó el griterío. Había mucha tristeza y eso lo llevó acá (se señala el pecho y la cabeza).
Sé que pasé toda la noche ahí en ahí adentro de la quebrada hasta que vinieron los helicópteros de Mendoza que no podían aterrizar por el viento. El único que pudo aterrizar fue (Juan José) Licciardi. Me subieron a helicóptero, llegué al hospital y me enyesaron todo el cuerpo. Estuve en terapia pensando lo peor. Escuchaba lo que decían, quería saber qué había pasado con mis familiares y amigos.”
“Pasó el tiempo y acá estamos de vuelta, encontrándonos para recordar a quienes ya no están”, finalizó.
Una enorme luna roja y los gritos que 40 años después siguen vigentes
Jorge Iñon era soldado tambor cuando fue el accidente. Sus aspiraciones eran ingresar a la carrera de música, y la experiencia del viaje con la banda renovaba sus ansias, sin siquiera imaginarse lo que iban a vivir.
“De regreso me acomodé con los instrumentos al final del colectivo. Seguramente me dormí porque me doy cuenta del accidente cuando el colectivo cae. La verdad no me entero, pero escucho los gritos. Es así como que me despierto, atino a levantarme y parece que en ese momento el colectivo da un vuelco, me pego en algún lado y me desmayo.
Cuando recobro el conocimiento ya estábamos abajo. No se veía nada, solo escuchaba gritos, llantos, pedidos de ayuda y un montón de cosas que no quería escuchar. Era terrible. Había mucha oscuridad, pero recuerdo que se veía una luna muy fuerte. Roja. Era por el Zonda que había, me parece, porque hacía un calor tremendo”, detalla con precisión.

Y continúa: “Cuando me quiero mover descubro que tenía la clavícula rota. Me tocaba con las manos para ver si tenía algo más roto. Aparentemente volví a perder el conocimiento porque de repente siento que me mueven y ya estaban los rescatistas del Regimiento. Me preguntaron sin me podía mover y les dije que creía tener quebrado el hombro. Entonces uno me alza y me pone sobre su hombro. Habré estado muy livianito porque el muchacho con ayuda de una cuerda y conmigo encima comenzó a subir hasta que llegamos arriba.
El cagazo que traía en la ambulancia. Viajábamos muy rápido y con el susto del accidente veníamos pidiéndole al chofer que fuera más despacio. Pero no, este hombre venía a lo quedaba porque justamente tenía pista libre”.
Y agrega: “Llegué al hospital y estaban mis viejos. Bajé caminando y los saludé. Esa fue una tranquilidad para ellos. Lo mío había sido más tranquilo, me dijeron que iba a estar bien, pero no me dieron información de nada. Estuve como un mes internado. Cuando me sacaron del del hospital me contaron todo. Los fallecidos, lo que habían publicado los diarios. A partir de ese momento te cambia la vida. La empiezas a mirar de otra manera”.
Subimos seis
“Tuvimos la suerte con Pablito Sotelo de subir el cerro. Siempre se dice que solo habíamos subido con él, pero no fue así. Subimos seis”. Rodolfo Arce fue uno de los sobrevivientes que logró encontrar la fuerza para escalar la pendiente y pedir ayuda, y sobre él como sus compañeros recayó la compleja misión de comunicar la necesidad de ser rescatados de esa situación.
En su relato recuerda: “Subimos Néstor Rocha, Argentino Morales, Héctor Medina, Pablo Sotelo, Juan Virhuez, y yo. Quiero que se sepa que seis lograron subir el cerro”.
Y continúa: “Del accidente recuerdo que yo quería salir de ese terror que había ahí abajo. Escuchaba como un padre llamaba a su hijo. No solo había gente del RIM 22, sino también los hijos de algunos compañeros. Querer escapar de ahí fue lo que me ayudó y me dio fuerzas para salir.
Tenía mucha sed. Encontré al Sargento Tapia y me dijo que no fuera a buscar agua, que si podía y tenía fuerza, tratara de llegar a la ruta, y ahí iba a ayudar más”.
Subir la pendiente montañosa en plena oscuridad no fue tarea fácil. “Comenzamos la trepada. Era difícil porque se desgranaba el cerro, caían piedras hacía el vacío y nadie podía ayudar porque era peligroso para nosotros incluso, hasta que gracias a Dios pude llegar a la ruta y pedir ayuda.
En el colectivo había un oficial, 27 suboficiales, cuatro soldados y los acompañantes. En total íbamos 41 personas, más los instrumentos, y con el chofer 42”.

“Después del accidente los más grandes me recomendaron seguir la carrera ya que andaba bien, y de hecho fui el único de todo el grupo que estuvo en el accidente que siguió la carrera militar.
La banda del RIM 22 fue rebautizada. Se llama “Banda Militar El Tambolar”. Eso se hizo en el 2015, después de pedirse por un montón de años. Queríamos que se le colocara un nombre que hiciera referencia al accidente, para recordar a nuestros compañeros.”

El plan padre e hijo que casi se convierte en la peor historia de la tragedia
Víctor Hugo Riveros era suboficial principal al momento del accidente. Era uno de los más grandes del conjunto y como el viaje era por el día, le pareció una excelente idea sumarlo a su hijo, Víctor Riveros Olivera, quien al momento del accidente era un adolescente. Jamás, ni en las peores pesadillas, imaginó que serían parte de uno de los mayores desastres viales de San Juan.
“No hicimos un pequeño concierto en Villa Nueva. Era un gran concierto, como el que habíamos hecho en el Auditorio antes del viaje. Cuando terminamos de tocar nos compartieron un yerbiadito y salimos”.

Sobre el siniestro, comenta: “Del accidente no me acuerdo mucho. Sé que bajó un doctor que venía de Calingasta, me revisó y otra vez perdí conocimiento. Cuando me desperté estaba sobre un helicóptero. Volví a perder el conocimiento y cuando volví ya estaba en el hospital.
Mi mayor preocupación era por mi hijo que estaba en el colectivo. Lo llevé porque era chico, y era una buena oportunidad para pasar el día. Tenía 14 años en ese entonces”. Afortunadamente el menor solo registró lesiones, ninguna de gravedad.
“No sé cuántos días estuve en el hospital Rawson, ni cuántos en el Hospital Privado. Tampoco sabía que habían muerto varias personas. Internado leí un diario que me llevaron y ahí me enteré de que habían fallecidos, entre ellos, grandes amigos.
Cada vez que veo a quienes estuvimos ese día en el accidente siento una emoción muy grande. He tenido en la banda grandes amigos, éramos muy unidos. Era una gran banda. Incluso un inspector vino y la tituló como la mejor banda de la Argentina. Yo era el mejor barítono de la montaña. La verdad que poco me acuerdo, sé que fue grande”, finalizó.
La desesperación por salvar a quienes ya habían partido
“Un año antes del accidente había llegado de Buenos Aires. Era nuevito”, recuerda Ángel Delfino, quien era cabo primero.
“Caímos y cuando impactamos tenía la camisa llena de sangre. Hace poco me vine a enterar que había quedado debajo de unas chapas y estaba muy lastimado, pero eso no lo recuerdo.
Recuerdo que tenía mucha sed. Estaba cerca el principal (José Antonio) Bencharski, a quien le pedía agua. En un momento comienzo a caminar y Bencharski me preguntó a dónde iba. ‘Voy a buscar agua’, le dije. Me dijo que no, que si seguía caminando me iba a caer 200 metros para abajo, cayendo en el río. No se veía nada. La sed que sentía era muy grande. Había perdido mucha sangre y me encontré con un bidón, lo tomé y era nafta. No me importó, lo agradecí porque tenía mucha sed”, asegura aun recordando la sensación como si hubiera sido reciente.

Delfino es uno de los pocos que conserva en su memoria uno de los recuerdos más crudos del accidente. “Éramos muy amigos con el agente principal (Jorge) Rodríguez. Lo vi tirado y me fui sobre él para hacerle respiración boca a boca. A lo lejos me gritaban que no lo hiciera, que ya estaba muerto, pero para mí era mentira, no podía estarlo. Se escuchaban muchos gritos, gente acomodando los muertos”.
Y continúa: “Me acuerdo que la gente del Mercedario quería subirme por la pendiente, pero no podían, así que me pusieron en una camilla y me subieron con el helicóptero. De ahí a la ambulancia y directo al hospital.
Fue muy triste. Yo estaba en el hospital y no entendía nada, Veía compañeros con la cabeza vendada, pero era como que no te despertabas del accidente. No lo podía creer. Había sido tan de repente que no podía describirlo”, finalizó.
Tras escucharse entre ellos y volver a recordar lo bueno y lo malo de aquel viaje sucedido hace cuatro décadas, los ex miembros de la Banda de Música del RIM 22 se dispusieron alrededor de la placa que conmemora a cada una de las personas que viajaron ese día. El “Toque del Silencio”, una pieza que simboliza respeto por los caídos fue interpretado por Sotelo, acompañado por sus camaradas.
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