Por Silvana Cataldo - Especialista en formación en lectura
Por Silvana Cataldo - Especialista en formación en lectura
El acto de escribir (un cuento, un poema, un ensayo) solía comenzar mucho antes de encontrar la primera palabra. Una idea podía acompañarnos durante días, aparecer inesperadamente durante una conversación, madurar durante una caminata o despertarnos en medio de la noche. Después llegaba el encuentro con la hoja en blanco, ese espacio intimidante y prometedor donde todavía todo estaba por suceder. Algunos escritores preparaban esquemas, organizaban personajes, trazaban recorridos posibles. Otros preferían dejarse llevar por una intuición, sin saber demasiado bien hacia dónde los conduciría la escritura. Había algo profundamente personal en esa búsqueda. Escribir implicaba detenerse, ensayar frases, descartar párrafos enteros y perseguir esa palabra que, entre tantas posibles, lograra expresar con precisión una idea, un sentimiento o un pensamiento. A veces la palabra no aparecía y había que esperar. Otras veces surgía una expresión inesperada que modificaba el sentido de todo lo escrito hasta entonces. En ese recorrido, el texto iba tomando forma, pero también se transformaba quien lo escribía. La imagen romántica del escritor frente a la página vacía, esperando la visita de las Musas, acaso nunca haya representado fielmente la complejidad del trabajo creativo. La inspiración siempre convivió con la disciplina, la planificación, las lecturas y las innumerables correcciones. Sin embargo, aquella metáfora expresaba algo esencial: la creación suponía un encuentro entre la intención de decir algo y el descubrimiento de cómo decirlo. Y ese encuentro necesitaba tiempo.
Hoy, por primera vez en la historia, podemos evitar buena parte de ese recorrido. La IA nos ofrece atajos para acelerar el proceso. Pero cabe preguntarse si, al ganar agilidad, no estamos renunciando también a una parte de la experiencia creativa.
Escribir más, escribir más rápido
La transformación ya comienza a manifestarse en el mercado editorial. El pasado 13 de octubre, el diario español El País publicó una investigación sobre la presencia de inteligencia artificial en los libros más vendidos en España. El relevamiento examinó 119 títulos correspondientes a los años 2025 y 2026 mediante un sistema de detección automatizada. En 35 de ellos, aproximadamente el 29%, encontró indicios de contenido generado por IA. Los casos más llamativos aparecieron entre las novelas románticas autopublicadas en Amazon. El informe identificó un seudónimo bajo el cual se habían publicado 109 libros desde marzo de 2025, una cantidad difícil de imaginar mediante los tiempos tradicionales de producción literaria. Aunque los detectores de textos generados por IA pueden equivocarse y sus resultados no constituyen pruebas concluyentes de autoría, el relevamiento ofrece una señal del cambio que atraviesa el sector editorial y, obviamente, la escritura como actividad.
Donde antes había meses de planificación, redacción y revisión, hoy puede haber días u horas. La cantidad de publicaciones deja de estar necesariamente vinculada al tiempo de elaboración de una obra .Esta aceleración alcanza también a las editoriales tradicionales, que van incorporando herramientas generativas en diferentes tareas de producción, comunicación y comercialización, mientras crecen los debates internos sobre sus consecuencias para el trabajo creativo. Porque la tecnología puede ayudar a organizar ideas, superar bloqueos, investigar, revisar y experimentar con posibilidades expresivas. El interrogante es si, en todos los casos, la voz creativa (la idea, las palabras, las imágenes) sigue siendo humana.
¿Es lo mismo escribir que generar un texto?
Una investigación publicada en julio de 2026 en la revista académica New Writing, titulada The Kate Chopin Experiment, aporta elementos interesantes para comprender esta diferencia. Sus autores, Paul Williams y Carlos Gómez-Rodríguez, compararon los procesos de escritura de diez autores humanos con los de cuatro modelos de inteligencia artificial a partir de una misma consigna narrativa.Los investigadores no se concentraron en determinar qué cuentos eran mejores, sino en comprender cómo se desarrollaba el proceso de producción. Los resultados mostraron diferencias significativas.Los escritores humanos siguieron recorridos diversos, frecuentemente desordenados y poco previsibles. Algunos investigaron antes de comenzar; otros dejaron que la historia apareciera mientras escribían. Hubo quienes modificaron las consignas, incorporaron experiencias personales o se resistieron a determinadas restricciones. La incertidumbre, las emociones, los recuerdos y las asociaciones inesperadas formaron parte de sus decisiones creativas.Los modelos de IA, en cambio, produjeron textos a partir de patrones aprendidos durante su entrenamiento y de las instrucciones recibidas. Podían construir narraciones coherentes y reproducir procedimientos literarios complejos, pero eso no implicaba experimentar subjetivamente el proceso de creación. Incluso cuando describían sus supuestas dudas, intuiciones o decisiones, los investigadores advirtieron que esas explicaciones no podían interpretarse como testimonios de una experiencia interior comparable a la humana.La distinción es relevante porque escribir no consiste únicamente en combinar palabras de manera eficaz. Para una persona, la escritura puede ser también una forma de pensar. Muchas veces comenzamos un texto sin conocer exactamente nuestra posición sobre aquello que queremos abordar y la descubrimos a medida que avanzamos. Una frase nos obliga a reconsiderar una idea; un argumento revela una contradicción; una palabra inesperada abre una nueva perspectiva. Escribir es, en ese sentido, una forma de explorar el pensamiento. Cuando delegamos completamente ese recorrido en una herramienta que nos ofrece una respuesta terminada, podemos obtener un buen texto sin haber atravesado necesariamente la experiencia intelectual que supone construirlo. La inteligencia artificial está comprimiendo las etapas tradicionales del trabajo creativo. Al permitir que una idea preliminar adquiera rápidamente la apariencia de un producto terminado, reduce la distancia entre imaginar y producir. Sin embargo, en esa distancia solían ocurrir procesos fundamentales de experimentación, revisión y discusión. Quizás estemos frente a una paradoja: nunca fue tan sencillo producir contenidos que parecen creativos, pero esa facilidad puede llevarnos a ejercitar menos algunas de las capacidades que sostienen nuestra propia creatividad.
La voz que nos pertenece
Por otro lado, escribir siempre ha sido llevar al papel la necesidad de lanzar nuestra voz al mundo. Y esta voz, estas ganas de decir, no se reduce a un estilo reconocible ni a una preferencia por determinadas palabras. Es el resultado de la historia de quien escribe, de sus lecturas, sus experiencias, sus valores y su manera particular de mirar el mundo. También se construye en diálogo con otras voces: las de quienes leímos, escuchamos, admiramos o discutimos a lo largo de nuestra vida.La inteligencia artificial puede imitar registros, proponer formulaciones y combinar recursos expresivos. Pero la posibilidad de generar un texto convincente no garantiza que ese texto exprese verdaderamente aquello que una persona quería decir. Esto no significa que la escritura asistida por IA esté condenada a perder autenticidad. Las investigadoras sostienen que es posible preservar la voz humana cuando quien escribe conserva la capacidad de intervenir críticamente, tomar decisiones, revisar propuestas y orientar el texto de acuerdo con sus propias intenciones. La cuestión, entonces, no es solamente cuánto participa la máquina, sino qué lugar ocupa la persona en la construcción del sentido.
Que no desaparezcan las Musas
La historia de la escritura es también la historia de las tecnologías que fueron transformando sus posibilidades. Cada nueva herramienta modificó nuestras prácticas y abrió oportunidades antes impensadas. Pero hay algo que es irrenunciable: conservar el rol de quienes lideran los procesos creativos. La escritura constituye uno de los espacios privilegiados donde las personas organizamos nuestra experiencia, construimos conocimiento y encontramos una forma singular de participar en la conversación humana. Nuestra voz es ese puente irremplazable que permite que una idea nacida en la intimidad de una conciencia encuentre sentido en la conciencia de otro. Por eso, que vuelvan las Musas y que definitivamente no pasen de nosotros (como diría Serrat). Porque sería una terrible tragedia que, en una época en la que podemos multiplicar infinitamente las palabras, termináramos perdiendo aquello que hace que valga la pena escribirlas.