Por Carlos Salvador La Rosa - Sociólogo y periodista
Por Carlos Salvador La Rosa - Sociólogo y periodista
Teórica, muy teóricamente y/o potencialmente, la campaña presidencial del año próximo tiene tres casilleros a cubrir, cada uno con una cantidad similar de electores, tres tercios. El de los que están seguros de que se debe seguir adelante con el gobierno que tenemos, el de los que creen que hay que adelante con el rumbo actual, pero cambiar a los gobernantes que tenemos, y el de los que creen que hay que cambiar totalmente el rumbo, incluso a riesgo de volver todo atrás. El primer casillero está representado por el mileismo, el último por el peronismo. En cambio, el del medio carece de representación electoralmente significativa. Y los indicios de que se cubrirá siguen siendo bastante escasos, aunque paradójicamente, los que quisieran poner su voto en ese tercio sin candidatos, sean bastante más que los de los otros dos.
Por ahora, lo comprobable y verificable es que apenas terminó el Mundial, el que picó en punta en el gobierno. Quizá sabedor de que, siendo hoy por hoy el favorito (más por carencia de alternativas que por méritos propios) aun así no le sobra nada porque tiene una gran carencia que popularmente se la caracteriza como la de "no poder bajar la macro a la micro". Lo que se traduce en un malestar creciente de la mayoría de la población frente a un gobierno que afirma ser exitosísimo en materia económica pero cuyos éxitos los está disfrutando una parte muy minoritaria de la sociedad y el resto continúa casi igual o peor a cuando todo esto empezó, siendo esa la única bomba de tiempo que podría obstaculizarle a Milei poder reelegirse. Porque si el gobierno nacional hubiera tenido mayor éxito en bajar la macro a la micro, reelegirse sería casi un trámite. Claro que aún está a tiempo, pero el tiempo vuela. Y, además, no parece tener la menor idea de cómo bajarla.
Aun así, cuenta con algo más su favor, al menos todavía: que los votantes que generalmente deciden una elección de estas características (ni el tercio que lo vota como sea, ni el tercio que no lo votará nunca, sino el tercio flotante que decide en cada elección) siguen siendo más propensos a seguir bancándose la malaria si la única opción que le ofrecen es volver atrás.
Por su parte, el peronismo sabe los temores que tiene el gobierno y por eso esta semana empezó, a través de Cristina, quien sigue siendo su líder de hecho, el intento de la reconstrucción de la unidad perdida. Olió sangre y actúa en consecuencia. Vislumbra una lejana posibilidad de poder pasar por el medio entre los que seguirán votando a Milei sin dudar y los que tienen dudas de votarlo nuevamente. Sin embargo, aún los divide una duda enorme: Cristina cree que ese intento sólo será posible si marchan todos juntos, mientras que Kicillof tiene fundados temores del "piantavotismo" de Cristina. No obstante, hasta ahora la experiencia histórica demuestra que, aunque sea meramente amontonados, al final los peronistas siempre la pelean juntos.
Aun así, el peligro que corre Milei está más en la economía que no baja sus beneficios a la mayoría de la gente, que en el peronismo. Porque esa macro que no derrama conlleva otro riesgo político: que ese tercio moderado que lo votó antes pero que hoy vacila, construya o encuentre lo que hoy no tiene: una representatividad propia. Con lo cual, de lograrlo, quien fuera el candidato/a de este tercio podría devenir apenas en un instante (como ocurrió con Milei 2023) en el candidato mejor posicionado. Porque ofrecería una respuesta al malestar con Milei sin necesidad de volver atrás. O sea, continuar lo bueno corrigiendo lo malo.
El problema es que no hay candidato para ese tercio. Los que lo intentaron en las legislativas de 2025 fallaron todos. Entre los gobernadores no aparece nadie. A un nuevo outsider no se lo ve. Un tercer partido no hay, aunque Macri y los pocos suyos quisieran ocupar ese lugar. Quizá (y esto parece ser lo más interesante con todo lo que de improbable hoy tiene) podría surgir de una deserción dentro del propio mileismo. Y para eso hay una candidata cantada: Patricia Bullrich, cuyo objetivo estratégico final es exactamente ese, pero no necesariamente para 2027. Así como Milei le quitó la presidencia que ya casi era de ella, ella aspira a hacerle lo mismo a él. Pero eso no depende de ella sino del destino, vale decir, de una oportunidad que hoy sigue estando muy verde, salvo que Milei cometa más errores de los imaginables.
Por lo tanto, el sentido común indica que (en una foto del momento actual, no en una película) la continuidad de Milei, si no ocurre ningún evento extraordinario, está más cerca de concretarse que la vuelta atrás o la continuidad mejorada.
En suma, estamos empezando a transitar un modelo para armar, un rompecabezas de tres tercios que por ahora tiene completo solo un tercio. Pero la realidad política argentina suele ser, como del fútbol decía Dante Panzeri, la dinámica de lo impensado. Si no, ¿quién se imaginaba que un títere -además fallido- de Cristina le ganaría a Macri en 2019 o que un outsider insultador surgido de la tevé basura le ganaría a Patricia en 2023? O más delirante aún, que Trump, actuando como lo hiciera Braden en 1945 lograría el resultado absolutamente contrario al de aquel embajador a quien derrotó Perón, ganando las elecciones legislativas argentinas de 2025.