Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá - Escritora
Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá - Escritora
Cada 11 de septiembre se recuerda a quienes hicieron de la enseñanza una forma de vida. En esta fecha, tan profundamente ligada a la figura de Domingo Faustino Sarmiento, en esta oportunidad vale la pena dirigir la mirada hacia aquellos docentes que ejercen su vocación lejos de las grandes ciudades, allí donde la escuela puede encontrarse después de largos trayectos, entre huellas de tierra, paisajes abiertos y silencios de campo. En la ruralidad sanjuanina, ser maestro muchas veces comienza mucho antes de entrar al aula. Comienza en el trayecto: en esos kilómetros que se recorren con frío, calor o viento, sorteando distancias y dificultades para alcanzar una escuela donde, se sabe, alguien espera. Y entonces el cansancio queda a un lado, porque detrás de esa puerta hay niños dispuestos a descubrir, preguntar y aprender. El encuentro con el saber vuelve posible aquello que, desde lejos, parecía solamente una larga distancia. Las escuelas rurales tienen una identidad propia. Reúnen, en un mismo espacio, distintas edades, diversos ritmos de aprendizaje, historias familiares y realidades particulares. Allí, la tarea docente exige mucho más que la transmisión de contenidos. Implica observar, escuchar, comprender, adaptar estrategias, crear alternativas y volver a intentar. En ocasiones, el maestro es también orientador, mediador, acompañante y una presencia cercana para una comunidad que encuentra en la escuela no solo un espacio de formación, sino también un hogar.
El conocimiento cobra otro sentido cuando puede enlazarse con aquello que los niños conocen, con la tierra que pisan, con las voces que escuchan en sus hogares y con ese mundo que se extiende mucho más allá de las paredes de una sencilla escuela. También el educador aprende en ese vínculo cotidiano a que no todos los recorridos son iguales, que cada jornada tiene sus propios desafíos y que la escasez de recursos puede convertirse en una invitación a buscar nuevas maneras de enseñar. Descubre, sobre todo, que cada niño posee un tiempo particular, una historia que merece ser escuchada y una manera singular de interpretar el mundo. Detrás de cada jornada hay horas de preparación, preocupaciones, esfuerzo y perseverancia. Hay una voluntad silenciosa de que nadie quede al margen y una convicción que se renueva cada mañana, porque algo que aparenta ser tan simple como educar, permite abrir caminos allí donde todavía no los hay. Quizás por eso resulta tan hermosa la imagen de aquella canción que habla de los "pequeños pichones blancos, que madurarán iluminando su pago". Esos pichones son la imagen de tantos niños que, sentados en pequeñas aulas sencillas, comienzan a descubrir el mundo a través de las letras, los números, las historias, las preguntas y los sueños. Hoy son pequeños; mañana serán quienes construyan, aporten y transformen la tierra que los vio crecer. El maestro rural sabe que probablemente nunca alcance a contemplar todos los frutos de aquello que sembró. Pero siembra de todos modos, siembra la certeza de que aprender permite ampliar la mirada y descubrir nuevas posibilidades.
En nuestra provincia, la tierra y el esfuerzo forman parte de una identidad profundamente arraigada, por lo mismo es reconocer a quienes sostienen la escuela allí donde las distancias podrían convertirse en ausencias. Es valorar su profesión como una presencia comprometida con cada niño y con cada comunidad, entendiendo que educar también significa permanecer. En este día tan particular, detengamos la mirada en esas pequeñas instituciones que despiertan cada mañana en medio del paisaje sanjuanino; pensando en quienes recorren kilómetros para llegar hasta ellas. A todos los maestros, y especialmente a quienes hacen de cada distancia un puente hacia el conocimiento: Feliz Día Maestros.