11 de septiembre de 2026 - 06:00

Sarmiento y la educación como camino para construir el futuro de la Nación

Cada 11 de septiembre, cuando el país recuerda el fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento y celebra el Día del Maestro, existe una obligación que va mucho más allá de la conmemoración. Es necesario volver sobre el pensamiento de aquel sanjuanino que entendió, mucho antes que muchos de sus contemporáneos, que no habría una Nación verdaderamente desarrollada si la educación no alcanzaba a todos los sectores de la sociedad.

Sarmiento no imaginó la escuela como una institución aislada. La concibió como una herramienta esencial para construir un Estado moderno y una sociedad capaz de progresar. Desde los distintos cargos que ocupó —gobernador de San Juan, senador, presidente de la Nación y funcionario vinculado a la enseñanza— y también desde el periodismo, trabajó incansablemente para convertir esa convicción en una política concreta.

Sabía que sembrar escuelas significaba apostar por un futuro que probablemente no llegaría a contemplar. Sin embargo, no vaciló. Impulsó la educación pública, promovió la formación de docentes y defendió la necesidad de llevar la enseñanza a cada rincón del territorio. Su legado no fue solamente la creación de establecimientos educativos. Fue la idea de que educar era una condición indispensable para que la Argentina pudiera desarrollarse.

Por eso, recordarlo hoy obliga también a preguntarnos cuánto de aquella visión permanece vigente. La escuela argentina conserva un enorme valor social y continúa siendo, para millones de niños y adolescentes, una de las principales puertas hacia un futuro mejor. Pero la pérdida de calidad educativa constituye una deuda que no puede ser naturalizada.

Volver a la esencia del pensamiento sarmientino significa recuperar el valor del esfuerzo, la responsabilidad, la disciplina, la puntualidad y el conocimiento. Significa comprender que asistir regularmente a clases, estudiar, cumplir con las obligaciones y respetar al docente no son exigencias menores, sino hábitos que contribuyen a formar ciudadanos.

También exige discutir con madurez el papel de quienes conducen el sistema educativo. Los reclamos laborales son legítimos y deben ser atendidos, pero ninguna disputa sectorial puede colocar en segundo plano el derecho de los alumnos a aprender. La educación necesita dirigentes capaces de privilegiar el diálogo, la responsabilidad y el interés general por encima de la confrontación permanente.

Sarmiento seguramente habría entendido que la educación debía evolucionar con los tiempos. Pero difícilmente hubiera aceptado que, en nombre de cualquier circunstancia, se resignara la excelencia, se relativizara el esfuerzo o se debilitara la autoridad pedagógica.

El mejor homenaje al Gran Maestro de América no consiste solamente en recordar su nombre o visitar su casa natal. Consiste en recuperar su convicción fundamental: la educación es la herramienta con la que una sociedad construye su futuro. Esa enseñanza sigue vigente. Y la Argentina no puede darse el lujo de olvidarla.

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