La decisión del EPSE de avanzar con el desvío temporal del río San Juan en el área de El Tambolar constituye una intervención necesaria frente a la proximidad de una temporada de crecientes que, de acuerdo con las previsiones, podría presentar caudales significativos. En este caso, anticiparse a los acontecimientos resulta tan importante como la obra misma.
La inversión prevista, de unos 4.500 millones de pesos, permitirá ejecutar los trabajos necesarios para modificar transitoriamente el recorrido del río y reducir el riesgo que el arrastre de piedras y sedimentos puede representar para los túneles y demás estructuras de la presa. El objetivo inmediato es que la parte crítica del desvío quede operativa antes del 30 de octubre, cuando todavía las condiciones del río permitirán trabajar con mayor seguridad.
El proyecto contempla llevar el cauce hacia el norte, aprovechando un antiguo recorrido natural del agua, conocido como paleocauce, para luego generar una nueva curva y encauzarlo nuevamente hacia el sector de Caracoles. Se trata de una solución concebida específicamente para enfrentar el período de mayores lluvias y crecientes, reduciendo la exposición de una infraestructura estratégica.
El dato más relevante es que el principal peligro no está necesariamente en la presión que pueda ejercer el agua, sino en la fuerza con que una creciente puede transportar rocas y sedimentos. Ese material puede impactar sobre las estructuras y provocar daños en el hormigón armado. Frente a ese riesgo, intervenir antes del fenómeno constituye una decisión lógica: siempre será preferible prevenir un deterioro que afrontar después los costos y las consecuencias de una reparación.
La intervención también incluye trabajos sobre el arroyo Tambolar, destinados a mejorar su encauzamiento y disminuir el traslado de material durante una eventual crecida. Aunque el desvío deberá estar terminado antes del 30 de octubre, las tareas complementarias podrán extenderse hasta el 5 de enero, siempre sujetas a las condiciones que presente el río.
La estrategia forma parte, además, de una planificación más amplia. El EPSE prevé tareas de mantenimiento y acondicionamiento entre Punta Negra y Quebrada de Ullum y la puesta a punto de las compuertas del dique Ignacio de la Roza. Todo apunta a fortalecer la capacidad de respuesta del sistema frente a distintos escenarios hidrológicos.
Las proyecciones consideran la posibilidad de administrar caudales de hasta 980 metros cúbicos por segundo, para lo cual resulta indispensable conservar capacidad disponible en los embalses.
Llegar a la temporada de crecientes con infraestructura protegida, diques preparados y capacidad de regulación disponible es, en definitiva, el camino correcto. En materia hídrica, esperar a que ocurra el problema suele ser demasiado tarde. La prevención, esta vez, debe llegar primero.