Posiblemente la presentación de Carmina Burana, la obra de Carl Orff, donde se lucirán excelentes profesionales sanjuaninos en la producción que combinará danza y música proponga un marco de alto impacto en lo propio a celebrar diez años de nuestro maravilloso Teatro del Bicentenario.
Una década atrás, más precisamente en octubre de 2.016, la compañía La Fura dels Baus acompañada de decenas de sanjuaninos, ofreció a los que asistimos un espectáculo de impacto, colores, percusión. Voces combinadas anunciando que un nuevo espacio cultural abría sus puertas para alegría de todos los que vivimos en esta hermosa provincia.
A pesar de ello hay algo que la música y la danza que apreciaremos esta semana en el Teatro del Bicentenario no nos responde: ¿qué significa que esta obra se estrenara y triunfara en la Alemania nazi? ¿La valiosa propuesta artística puede dejar de lado las conductas del creador de la obra?
Carmina Burana se estrenó en junio de 1937 en Fráncfort, en pleno apogeo del nazismo. El estreno fue auspiciado por autoridades del partido y la obra fue inmediatamente celebrada. No solo eso, Orff fue incluido en la Lista de los dotados con la gracia de Dios, elaborada por Joseph Goebbels, esa lista implica un registro de artistas considerados esenciales para la cultura del Reich.
Orff además no dudo en atender al encargo oficial de escribir música de sustitución para El sueño de una noche de verano de Shakespeare, luego de que la música de Felix Mendelssohn fuera prohibida por su condición de compositor judío. No es muy complicado hacer un juicio de valor sobre ello, los historiadores exponen que la mayoría de sus colegas rechazaron esa tarea.
En una escala distinta de mirar a la persona y a la obra uno no puede dejar de encontrar la figura de Martin Heidegger como algo incluso más perturbador. Este celebrado filósofo se afilió al Partido Nazi en 1933 y pronunció en su calidad de rector de la Universidad de Friburgo un célebre discurso de adhesión al Führer que implicaba una articulación filosófica entre su pensamiento del Ser y la revolución nacionalsocialista. Quiero destacar que Heidegger de esto nunca se retractó en forma explícita y deseo recordar que entre sus cuadernos personales, los llamados Schwarze Hefte publicados a partir de 2014, se encontraron varios pasajes de antisemitismo.
El problema de Heidegger, que claramente no fue el ser que debió ser en su tiempo, es inmenso y a veces asombra que se deje de lado su vínculo con el nazismo. Pero como diría Hannah Arendt es que la grandeza intelectual no confiere inmunidad moral: pensar bien no garantiza actuar bien. Y como dicen los jóvenes en oportunidades como sociedad fingimos demencia para no ver ciertas cosas.
Volvamos a Orff y como diría otro pensador, muy estudiado, altamente citado, que se lo recuerda como una de las mentes más lúcidas de la década del treinta del siglo pasado : "El fascismo opera a través de la estetización de la política: convierte la vida colectiva en un espectáculo bello, en una obra de arte total que produce emoción, pertenencia, sublimación, sin que se modifique nada en las relaciones de poder y de propiedad que sostienen el orden social. Las grandes concentraciones, los mítines de Nuremberg, las olimpiadas de 1936, la música de Wagner que retumbaba en los actos del partido: todo ese aparato estético masivo servía para dar a las masas una experiencia de grandeza y de significado que compensaba y ocultaba su condición de subordinación. "Las masas tienen un derecho a la transformación de las relaciones de propiedad; el fascismo intenta darles una expresión que consista en la conservación de esas relaciones. Por ello, el fascismo conduce a la estetización de la vida política."
Claramente estoy citando a Walter Benjamin y a su obra La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica de 1936. Seguro que Benjamin no escucho la obra de Orff que se presentaría al año siguiente, pero la anticipaba.
Walter Benjamin se quitará la vida huyendo de la Gestapo en el límite entre Francia y España, huyendo tarde de la barbarie del nazismo, desoyendo los clamores de sus amigos y admiradores que le referían el trágico destino que le iba a llegar a un judío en la Alemania de Hitler.
Debemos decir que Carl Orff, cuando termino la segunda guerra fue investigado y afirmó ante las autoridades de desnazificación norteamericanas haber sido un hombre rodeado de circunstancias en las que busco producir su obra y que incluso cuando pudo activo en grupos de resistencia, hecho inverificable en ese momento y nunca acreditado hasta la actualidad, pero haciendo corto lo que es largo las autoridades de desnazificación lo calificaron como sujeto cuya categoría de vínculo con el nazismo se condice no como gris inaceptable sino como gris aceptable, permitiéndole continuar su carrera musical.
Tal vez entonces pasamos de un alemán a una alemana que nos recuerda que "El mayor mal del mundo no es el que cometen los monstruos, sino el que realizan los hombres normales que aceptan premisas sin cuestionarlas.". Esta cita que se encuentra en la obra de Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén del año 1.963 nos perturba e impacta.
La incapacidad o la negativa a pensar desde la propia perspectiva moral, a examinar las consecuencias de los propios actos, será como dice la autora una condición del mal moderno. No la maldad radical de quien desea conscientemente la muerte, la masacre, sino la banalidad de quien simplemente no piensa, quien delega su juicio en la institución, en la ideología o a veces la comodidad.
Habrá maldad, en el autor. ¿Si la hubiera altera la potencia de la obra?
Es una pregunta válida para plantearla. Será como escribió Elie Wiesel entonces, que lo contrario al amor no es el odio sino la indiferencia. Será que cuando escuchamos Orff o a Richard Strauss leemos Heidegger, vemos el cine Leni Riefenstahl debemos ser indiferentes y no mezclar a la persona en su vida política y social con su obra artística.
Como sea, O Fortuna, la pieza que todos reconocemos de Carmina Burana impactará con su fuerza, tras sentirla, tras escucharla en vivo, podemos ir a otra escucha, no la de la melodía, sino la de las preguntas.
Leonardo Siere - Sociedad Israelita de Beneficencia de San Juan