Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá - Escritora
Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá - Escritora
El mes de agosto suele ser bastante particular, sobre todo porque comienzan a llegar los vientos polvorientos tan conocidos como "zonda". Pero también es el mes en el que recordamos a la santa de América: Santa Rosa de Lima, reconocida como patrona del Perú, de América Latina y de Filipinas. Para los argentinos, además, su figura posee un significado especial, ya que en 1816 el Congreso de Tucumán la proclamó Patrona de la Independencia Argentina. Este acto reflejó la profunda devoción hacia la santa peruana y el valor que representaba como símbolo de fe y unidad para la naciente Nación.
Más allá de esta rica historia, pocos saben que en torno a Santa Rosa sobreviven antiguas tradiciones nacidas de episodios de su propia vida y que, con el paso de los siglos, fueron transmitiéndose de generación en generación hasta convertirse en parte del patrimonio cultural de nuestros pueblos.
La historia nos lleva hasta Lima, a fines del siglo XVI. Isabel Flores de Oliva —nombre con el que fue bautizada Santa Rosa— era una joven reconocida por su extraordinaria belleza. Los cronistas de la época describen su delicado rostro y, especialmente, su abundante cabellera, considerada uno de sus mayores atractivos. En una sociedad donde el aspecto físico influía decisivamente en el destino de una mujer, su belleza despertaba admiración y no faltaban quienes imaginaban para ella un matrimonio ventajoso.
Sin embargo, Rosa había elegido otro camino. Convencida de que su vocación era consagrar la vida a Dios, comprendió que los elogios hacia su apariencia podían apartarla de aquello que consideraba esencial. Entonces realizó una acción que sorprendió a quienes la rodeaban: cortó su hermoso cabello como signo de desprendimiento y libertad. No rechazaba la belleza; rechazaba que su identidad dependiera de ella. Su verdadero valor, entendía, no estaba en aquello que los demás contemplaban, sino en la fidelidad a sus convicciones.
Con el paso del tiempo, este episodio comenzó a transformarse en la memoria popular. La historia dejó de contarse únicamente como la renuncia de una santa y empezó a mezclarse con las costumbres del pueblo. Así nació la tradición de cortarse el cabello durante el mes de agosto, pidiendo la intercesión de Santa Rosa para que creciera más fuerte, sano y hermoso.
A esta costumbre se suma otra muy arraigada en el Perú. En el Santuario de Santa Rosa se conserva un antiguo pozo donde miles de peregrinos depositan cartas con sus deseos, peticiones y agradecimientos. La tradición recuerda que fue allí donde Rosa arrojó la llave del pequeño candado que llevaba como signo de su consagración a Dios, gesto que con el tiempo convirtió ese lugar en un símbolo de esperanza para quienes acuden a confiarle sus intenciones.
En nuestra provincia, también es conocida otra creencia popular: el llamado Temporal de Santa Rosa. La tradición sostiene que, cuando la ciudad de Lima se encontraba amenazada por un ataque de corsarios holandeses a comienzos del siglo XVII, Rosa elevó una ferviente oración pidiendo la protección divina. Poco después, una fuerte tormenta obligó a la flota a desistir de su intento, hecho que el pueblo atribuyó a su intercesión. Desde entonces quedó arraigada la creencia de que, cerca de su festividad, la naturaleza suele manifestarse con una tormenta que lleva su nombre.
Sin lugar a dudas, muchas de nuestras tradiciones tienen profundas raíces religiosas y, con el tiempo, terminaron integrándose a la cultura popular. Más allá de que cada una de ellas posea elementos históricos y otros propios de la tradición oral, todas conservan viva la memoria de una mujer cuya fe dejó una huella imborrable en América.
Quizá allí radique la verdadera riqueza de estas costumbres. No se trata únicamente de cortarse el cabello en agosto o de esperar el temporal; se trata, más bien de mantener viva una historia que ha atravesado generaciones y que sigue recordándonos el testimonio de una joven que eligió la sencillez, la entrega y la confianza en Dios.
Cada agosto, las costumbres vuelven a repetirse casi sin darnos cuenta. Son gestos sencillos que han sobrevivido al paso de los siglos porque, detrás de ellos, permanece la historia de Santa Rosa de Lima: una mujer que hizo de su vida un testimonio de entrega y cuya figura continúa uniendo la fe, la tradición y la memoria de nuestros pueblos.