25 de marzo de 2026 - 06:00

Los intelectuales frente al golpe de 1976 y a la democracia

El Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia recordó los 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. El debate sobre siete años de explícito terrorismo de Estado fue analizado una vez más en todo el país y el resto del mundo. Pero aquí intentaremos observar cómo se comportó el intelectual argentino, inclusive antes del golpe de Estado, bajo la sucesión de actos de terrorismo subversivo que acosaban sin parar a un gobierno democrático elegido en 1973 por casi el 62 por ciento de los argentinos. Fue el propio Juan Domingo Perón quien, durante sus 8 meses de presidencia, hasta su muerte el 1 de julio de 1974, había expresado su máximo repudio a la acción guerrillera de organizaciones como el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) y Montoneros (organización guerrillera de izquierda de tendencia peronista), a las que se agregó poco después la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), nacida de las entrañas mismas del gobierno, bajo el mando del más nefasto referente de aquel gabinete presidencial, José López Rega. Pero las duras y sucesivas advertencias del líder justicialista no pudieron detener la violencia, y su sucesora, María Estela Martínez de Perón, vicepresidenta de la Nación, tras hacerse cargo de la jefatura del Estado y más allá de sus limitaciones, no consiguió gobernar en paz con un país acosado diariamente por bombas, secuestros, robo de armamento militar, asesinatos, toma de regimientos… es decir el infierno frente a la Casa Rosada.

Quien no vivió aquellos años, no tiene más que acudir a la Biblioteca “Franklin” y pedir diarios de 1975 y comienzos de 1976 para comprobarlo. Pero también ver lo que vino después con el golpe, persecuciones, control de medios de comunicación, secuestros, torturas, asesinatos, desapariciones y total falta de libertades, todo bajo el mando de las tres fuerzas armadas en el poder.

Como señalábamos al comienzo, hablamos aquí de los intelectuales frente a aquellos escenarios invivibles de antes y más aún después de marzo de 1976. En ambos periodos, hasta el 24 de marzo y desde el 24 de marzo de aquel año, los intelectuales argentinos tuvieron un rol protagonista que se parece mucho al que encarnaron sus “pares” de Chile y Uruguay bajo dictaduras similares, e incluso, con matices, a los de la Europa en tiempos del nazi-fascismo, así como aquel papel cumplido en los países europeos satélites de la ex Unión Soviética hasta la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la URSS (1991). Hay que recordar que una de las primeras ocasiones en el mundo que los intelectuales ocuparon sensiblemente la escena de la discusión de temas políticos trascendentes fue el 14 de mayo de 1898 cuando Emilé Zola, Anatole France, Marcel Proust y otros escritores publicaron en el diario parisino “La aurora” el célebre “Manifiesto de los intelectuales”, a raíz del asunto Dreyfus, el escándalo político francés que tuvo lugar entre 1894 y 1906, causado por la injusta condena al militar judío Alfred Dreyfus, que dividió a la sociedad francesa de la época y marcó un hito en la historia del antisemitismo en Francia.

Conocidos escritores utilizaron su autoridad y su fama al servicio de la causa política y para ello eligieron una denominación hasta ese momento novedosa y casi desconocida: “intelectuales”. Fue desde ese momento en que creció aceleradamente la literatura sobre el “compromiso” de los intelectuales, lo que provocó que escritores y artistas abandonaran ocasionalmente sus actividades para protestar de forma colectiva contra alguna injusticia. Después apareció la figura del intelectual revolucionario, denominado “orgánico” por el pensador italiano Antonio Gramsci, para quien (y para la izquierda en general) la actividad intelectual no tiene sentido si no se vincula estrechamente a la actividad política.

Asimismo, está el emblemático caso de las “culpas” del pueblo alemán, sobre todo de sus intelectuales, frente a los crímenes del nazismo, que fue analizado muchas veces, y puntualmente cuando se trató durante un seminario para periodistas latinoamericanos al que este periodista asistió en el año 2000 en Berlín, sobre la Alemania nazi y la “post Muro de Berlín”. Allí se profundizó en el análisis de esa premisa que pretendía adjudicar al pueblo alemán una suerte de culpa colectiva por los crímenes del nazismo, ya que se rechazaba la idea de que alguien hubiera podido ignorar en el Tercer Reich lo que sucedía en los campos de exterminio. Sin embargo, se llegaba a la conclusión que “más allá de los intelectuales volcados claramente con el nazismo”, los que estaban enfrente absolutamente nada podían hacer para detener tanta barbarie.

¿Y qué sucedió aquí, en la Argentina, entre 1974 y 1983? Ya se ha ocupado DIARIO DE CUYO en varias ocasiones sobre los motivos por los cuales Isabel Perón se vio obligada a ordenar mediante decretos específicos, el más importante el 261 del 5 de febrero de 1975, medidas drásticas “contra el accionar subversivo”, hasta “exterminarlo” y detener por la vía democrática el injustificado terrorismo que azotaba a diario los cimientos del orden constitucional reestablecido el 25 de mayo de 1973. Por tanto, en esta etapa que va de 1973 a 1976 evidentemente, los intelectuales tenían voz, como todos los ciudadanos, y, por esto, nunca se justificará el apoyo de muchos de ellos a los grupos armados de extrema derecha e izquierda, como los citados Triple A, Montoneros, ERP, y que a la hora de los resultados todos fueron un mismo y repudiable modelo fascista.

Pero luego, ¿qué pasó? ¿Dónde fue a parar la opinión del intelectual bajo Videla/Massera/Agosti; Viola; Galtieri; Bignone? Una sorprendente mayoría de ciudadanos (intelectuales, empresarios, Iglesia, empleados comunes y obreros) aprobaron de hecho el golpe. O, en otras palabras, como lo expresa el discutido Horacio Verbitsky en su “Medio siglo de proclamas militares”, “(...) ningún movimiento militar triunfó [en la Argentina] sin un previo consenso social” y todos los golpes “gozaron de aceptación en la clase política y la sociedad civil”.

Sin embargo, ¿qué ejemplo nos han dejado algunos grandes intelectuales? Rodolfo Walsh tuvo el coraje de redactar un documento muy crítico del llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, lo que le costó su asesinato. Pero, en otros ámbitos y geografías, grandes nombres como el ilustre chileno Pablo Neruda y el “Poeta Nacional Cubano”, “casi” español, Nicolás Guillén, por ejemplo, quienes alabaron hasta el hartazgo a Stalin, monstruoso carnicero de la ex URSS que ya utilizaba el famoso “algo habrán hecho” que luego se popularizó en nuestro país a partir de 1976 para justificar los continuos secuestros y miles de fusilamientos. ¿Y nuestro Jorge Luis Borges? Muchos le han perdonado su aparente simpatía por el régimen de Videla, de la que pareció arrepentirse antes de morir. Más atrás en el tiempo y el espacio, no hay que olvidar que Bertold Brecht, genial poeta y dramaturgo alemán, acérrimo antinazi, pero que se negó a firmar un pedido de clemencia para las víctimas de las purgas de Stalin en 1935 expresando sin escrúpulos: “Cuanto más inocentes son, más merecen ser fusilados”.

¿Y los periodistas? También son intelectuales. El discurso oficial suele aparecer con mucha frecuencia incompleto con aquello de que solo hubo sangre y fuego de un lado, dado que el terrorismo de Estado impuesto a fuego a partir de 1976 por Jorge Rafael Videla y sus colegas de las tres armas, sangra aún en el recuerdo de los familiares de los muertos y desaparecidos, y en la conciencia de los argentinos. Pero ahí se deja en el tintero mayor la feroz y criminal estela de atrocidades perpetradas “¡bajo la democracia!” (1973-1976) por los Montoneros y ERP, o sólo se recuerda la abominable Triple “A”, como si los citados grupos de ultraizquierda no hubiesen mostrado en esa etapa democrática la misma naturaleza despreciable que los de ultraderecha. Así, en el ámbito de la prensa, no fueron todos los que cantaron loas a los “procesistas” y, por supuesto, siempre hubo acróbatas ideológicos que supieron hacer migas por ambos lados. Por otra parte, a nadie podía exigirse el heroísmo, ya que había una gran desproporción entre los riesgos verdaderos a lo que el periodista, en este caso, podía exponerse frente a los militares con todo el poder. Y volviendo a lo general, ¿qué debería haber hecho el intelectual en esos tiempos de tiranos? ¿Qué hacer cuando no solo está en juego el bienestar, sino ¡su vida! y la de sus familiares?

En Alemania, tras la caída del Muro de Berlín, este periodista que escribe, encontrándose allí como enviado especial desde Madrid, escuchó que en aquellos años de oprobio en ese país “las fronteras entre resistencia y adaptación eran borrosas (...), y arriesgarse a ir más lejos es cosa que debe decidir cada ser humano, cada intelectual”, porque casi siempre es posible abrir una ventana hacia la libertad, hacia la ética. Actualmente, como bien lo expresó el escritor Luis Gregorich en “La Nación”, hay una cierta “despolitización y desdramatización del papel del escritor”, pero, el compromiso civil, la pasión política, virtudes hoy poco apreciadas, siempre serán necesarias para la democracia. Afortunadamente, el orden constitucional está consolidado como nunca antes en Argentina y, por ello, no hay que temer situaciones similares a las citadas. Sólo falta hoy, en este marco de libertades, más calidad democrática, en todos, oficialismo como oposición; más lectura educativa para todos (especialmente periodistas, legisladores provinciales y nacionales, como el propio presidente de la Nación) y así, de la mano de más sabiduría, una profunda reflexión en ese sentido junto al resto de la sociedad argentina y de los intelectuales en particular: estar preparados para nunca más permitir la falta de libertades, la persecución, el secuestro, la muerte o la desaparición de ciudadanos.

LAS MAS LEIDAS