Trump recalculando

Por Claudio Fantini - Periodista y Politólogo

Sin nombrarlo, el primer ministro canadiense dijo que la política de Trump "es destruir, demoler y desmantelar".

Con su prestigio de estadista y su vigorosa adhesión al modelo occidental de democracia, Marc Carney tiene una palabra muy respetada y los líderes del mundo tienen en claro que Trump es lo que él describe: un generador de turbulencias. Alguien que cree que gobernar es reemplazar el cosmos por el caos. Por eso cuando regresó a la Casa Blanca reemplazó el orden internacional que existía por el desorden imperante ahora.

El orden mundial no es perfecto ni mucho menos. Tiene un sinfín de injusticias y deformidades. Necesita correcciones de todo tipo, pero una cosa es corregir y otra muy distinta es destruir, desordenar, introducir caos.

La contracara de Trump es Xi Jimping. Igual que la potencia que dirige, Xi necesita que el escenario mundial esté ordenado. Si no hay un orden, al gigante chino le cuesta avanzar o le dificulta hacerlo teniendo en claro el rumbo y las metas.

También para Estados Unidos es negativo que en lugar de un orden mundial haya un desorden. Los ultraconservadores que apoyan a Trump hablan de una estrategia original y brillante. Aun hoy, contra todas las evidencias, sostienen que el magnate neoyorquino es un estratega genial que tiene todo bajo control y conduce a la superpotencia occidental hacia la hegemonía del liderazgo mundial.

Absurdo. Por concebir el mundo como un reality show, Trump habla todo el tiempo, dice y se desdice, pontifica y demoniza, borra con el codo lo que firma con la mano.

Por el contrario, Xi Jinping habla lo mínimo indispensable. Casi ni gesticula. Su rostro hierático parece una máscara sin gestos. Pero su accionar es predecible, ordenado, meticulosamente calculado.

Trump introduce autoritarismo y culto personalista en una democracia liberal a la que esos componentes debilitan y empobrecen, mientras que Xi es el líder de un país que jamás tuvo democracia en su historia milenaria. No se trata de un líder autoritario enfermando mortalmente una democracia, sino del líder de un país que atravesó la historia con regímenes autoritarios, ya sea con mandarines y emperadores, ya con el republicanismo autoritario del Kuomintang, ya con el totalitarismo maoísta o con el presidencialismo unipartidista y capitalista actual.

Trump puso al mundo en estado catatónico, es coautor de una guerra calamitosa que generó una crisis energética sin precedentes perjudicando la economía global. Trump puso al mundo en estado catatónico, es coautor de una guerra calamitosa que generó una crisis energética sin precedentes perjudicando la economía global.

Quien trata con Xi Jinping trata con un hombre de Estado. Quien trata con Donald Trump trata con un personaje impredecible y en gran medida desopilante. También un bullyinero negligente que ofendió a la población venezolana tuiteando un mapa sudamericano con Venezuela coloreada con la bandera de las barras y las estrellas, bajo el título "51 State".

El régimen chavista que devino en virreinato trumpista es una dictadura facinerosa y sin el menor sentido del honor, por lo tanto merece ser humillada.

Los Estados democráticos jamás se burlan de un país vencido. Cuando en 1898, Estados Unidos venció a España sustituyéndola como imperio de ultramar, el presidente McKinley no publicó mapas coloreando con la bandera norteamericana Filipinas, Guam, Cuba y Puerto Rico. Hitler imprimía y difundía mapas con cada país europeo que ocupaba con la bandera de la cruz esvástica.

La realidad visible es que Trump puso al mundo en estado catatónico, es coautor de una guerra calamitosa que generó una crisis energética sin precedentes perjudicando la economía global. Pero que haya pedido una reunión con el líder chino y haya viajado a Beijing para sostener ese encuentro, es una señal importante.

Podría significar que cayó en cuenta sobre su incapacidad como estadista y ha comenzado a dejarse guiar. Y no por quienes lo rodean, una pandilla de aduladores fanáticos que son parte del problema, no de la solución.

Quizá una sumatoria de desventuras le abrió los ojos y lo hizo ver la magnitud de sus errores. Sobre todo descubrirse deambulando errático por el laberinto de la guerra contra Irán, en busca de una salida de emergencia. También que la Corte Suprema le haya arrebatado el uso arbitrario de los aranceles para alinear a los países tras su liderazgo, logrando sólo una situación caótica de la que nadie puede sacar provecho.

De banquina en banquina, es probable que los sacudones le hayan hecho ver que no es un lúcido estadista y que su política es un inmenso extravío. Entonces descubrió lo poco que sirve tener un coro de adulones cantándole loas, y empezó buscar guías profesionales en el Estado; conocedores del escenario mundial y eficaces tomando el pulso político del mundo.

El resultado de ese cambio fue recibir a Lula da Silva en la Casa Blanca y buscar en él presidente brasileño un socio conocedor, sensato y eficaz para enseriar las relaciones norte-sur americanas. Y también es consecuencia de ese posible cambio de percepción sobre sí mismo lo que llevó a Trump a solicitar una reunión con Xi Jinping y viajar hasta Beijing para sostener conversaciones que impliquen resetear su vínculo con el gigante asiático.

Si no es ese cambio tan necesario en la auto-percepción de Trump lo que explica estas dos cumbres tan alentadoras, entonces más temprano que tarde el magnate neoyorquino reincidirá en confundir con genialidad política sus erráticas intuiciones y sus delirios cesaristas.

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