El evangelio de hoy nos habla sobre el valor del matrimonio y la familia (Mc 10,12-16)- Quisiéramos reflexionar sobre la institución familiar que está en el mismo ojo del ciclón, en el centro de todos los vientos y mareas. La verdad es que la familia es como el cristal, que muchos intentan romperlo porque no consiguen doblarlo. Porque sucede que en estos tiempos se han querido inventar sustitutivos de la familia y todos esos inventos nuevos envejecen velozmente, mientras que la institución sigue vigente. Entre los defensores de la familia está, desde luego la Iglesia que siempre ha visto los valores religiosos como muy unidos a los familiares, hasta el punto de que el Concilio Vaticano II habla abiertamente del "valor sagrado del matrimonio y de la familia" y Juan Pablo II afirma que "el futuro de la humanidad depende del futuro de la familia". Frente a la cuestión por qué casarse, Francisco lo expresa así: 

"Es cierto que la decisión de dar al matrimonio una configuración visible en la sociedad, con unos determinados compromisos, muestra la seriedad de la identificación con el otro, indica una superación del individualismo adolescente, y expresa la firme opción de pertenecerse el uno al otro. Casarse es un modo de expresar que realmente se ha abandonado el nido materno para asumir una nueva responsabilidad ante otra persona" (Exhort. Apost. Amoris Letitia, 131).

Dios aparece en el libro del Génesis como autor directo del matrimonio y de sus leyes. El propio Dios, cuando se hizo hombre, quiso serlo viviendo dentro y en medio de una familia humana. Y cuando quiso explicar su amor a los hombres y la entrega de su vida por la Iglesia, se expresó siempre en términos familiares, presentándose como el esposo que da la vida por la esposa. Fue también el mismo Cristo quien decidió que el matrimonio no fuera sólo una institución humana o un contrato civil, sino un verdadero sacramento, es decir, un camino de la transmisión de su gracia. Muchos de los grandes problemas morales nacen en el seno de la moral matrimonial. Muchas de las tensiones espirituales de las personas provienen de los conflictos entre los padres y los hijos.

Hay que dejar de lado esa opinión que dice que la Iglesia tiene miedo al amor y que lo único que ha aportado al amor son encorsetamientos. Desde este punto de vista hay quienes pregonan que el amor, el verdadero amor, es el del mundo, el del progresismo sin leyes, al margen de toda fe y toda norma; y que luego hay un amor rebajado, recortado, de segunda, una especie de amor casi platónico que sería el amor religioso, el amor cristiano. Pero la realidad es la contraria. Basta con que nos acordemos de aquella escena evangélica en las bodas de Caná: en ella Jesús no convirtió el vino en agua, como hubiera hecho un puritano. Convirtió el agua en vino fuerte y sabroso. Eso mismo hace la fe con el amor humano: multiplica su agua en vino, lo aumenta en grados. Un amor cristiano no es un semi-amor, sino un maxi-amor. Cuando los cristianos predicamos la indisolubilidad del matrimonio, no estamos pidiendo a nadie que ame sus cadenas. Estamos diciéndole que el amor es demasiado grande como para ser algo temporal y provisional.

He pensado en una oración que podrían rezar los esposos que se encuentran en dificultad: "Señor, aquí tienes nuestra vida destrozada como una mesa después de un banquete. Hace ya varios años que nos casamos amándonos. Nos juramos amor eterno. Aquel día me habría parecido imposible este frío de hoy. Pero ya lo ves: no tenemos vino; el amor se fue yendo entre los dedos como un puñado de arena y hoy estamos vacíos, soportándonos, casi como dos que se odian. ¿Y por culpa de quién? ¿Cómo saberlo? Por culpa de los dos, seguramente. A lo largo del tiempo malgastamos el vino del amor, y un oscuro vinagre de egoísmos nos fue llenando el alma. Y ahora estamos aquí, y aún tal vez nos queremos, pero también nos rechazamos, y se acerca del día en que el uno y el otro nos desinteresamos, cual dos desconocidos. ¿No podrías volver Tú a nuestra casa lo mismo que estuviste el día de la boda? Si nuestro vino se convirtió en agua, ¿no sabrás Tú volver el agua en vino y el hastío en amor? Mira, a la puerta del alma hay seis tinajas llenas de vacío que esperan tu palabra. No te pedimos nada. Tan solo te decimos lo mismo que tu madre el día de Caná: Señor ya no tenemos vino, nos falta el amor. ¡Ésta es tu hora! Si Tú quisieras, si Tú nos ayudaras, hoy podría empezar para nosotros el vino mejor de nuestro matrimonio. Amen".

 

Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández