La vulnerable seguridad interna norteamericana, que hizo crisis en vísperas de Navidad con el fallido atentado contra a un avión comercial en pleno vuelo, ha generado una fuerte tormenta política debido al fracaso de los servicios de inteligencia por una sucesión de errores "desastrosos", según la calificación del presidente Barack Obama.
No es habitual que los Estados Unidos reconozcan fallas garrafales en materia de servicios de inteligencia, considerados como los más avanzados del mundo, y tampoco que estas negligencias operativas hayan dado lugar a una urgente reunión de gabinete, la primera del mandatario estadounidense para analizar lo que pudo ser un catastrófico revés para la confianza depositada por los estadounidenses en esta gestión de gobierno.
Tras el ataque frustrado, la Casa Blanca y los servicios de inteligencia se convirtieron en el blanco de todas las críticas cuando se supo que el padre del terrorista nigeriano Umar Farouk Abdulmutallab había alertado a la CIA sobre la radicalización de su hijo y que agentes de seguridad sabían que Al-Qaeda planeaba un ataque en EEUU con un "nigeriano". Sobre este tema, había amplia información pero todo indica que la superposición de funciones y la burocracia e inoperancia para cruzar datos, terminó con la paciencia del mandatario. Obama dispuso reformas inmediatas -que ayer entraron en vigor-, para prevenir no sólo amenazas como las que pretendió ejecutar Abdulmutallab con su cuerpo cargado de explosivos, sino lo que pudo ser un punto de inflexión. Un costo político irreversible para Obama, si llegaba a estallar el vuelo 253 de Northwest Airlines, con 278 personas a bordo.
