8 de marzo de 2026 - 04:00

El anillo de Giges está en el teclado

Por Jorge Martínez Barrera - Doctor en Filosofía

¿Qué haría Ud., lector, si tuviera el anillo de Giges, aquel que, según un relato de Platón, encontró un pastor griego y le permitía volverse invisible? Este célebre experimento mental es para Platón una prueba indirecta de la fragilidad moral humana.

En tiempos menos tecnológicos que los nuestros, las diabluras que haríamos con ese anillo exigirían una actividad constante. Iríamos de aquí para allá, fisgoneando sin necesidad de ponernos detrás de puertas, cortinas o arbustos; asistiríamos a reuniones donde no deberíamos estar; oiríamos conversaciones vedadas y maquinaríamos todo cuanto una imaginación sin trabas fuera capaz de concebir. Todo ello implicaría desplazarnos sin descanso, con la ventaja adicional no menor de que esos trayectos serían gratuitos en el caso de emplear transporte público. Al caer la tarde, sin embargo, nos ganaría un cansancio indescriptible. Tomaríamos la cama por asalto para recomenzar al otro día con esos frenéticos ires y venires.

No sería necesario perder tiempo en asearnos y vestirnos: con la invisibilidad garantizada, cualquier atuendo estaría bien. En suma, el anillo de Giges nos obligaría a salir de nuestra casa, pues si no, ¿para qué lo querríamos? No es que en el hogar no haya nada que fisgonear, pero puede llegar un momento en que ya lo habríamos visto todo clandestinamente.

Sin embargo, en tiempos del ciberespacio, nos ha sido dada una versión atenuada del anillo, algo menos atractiva, pero igualmente fascinante: ocultar nuestra identidad en las redes. Basta inventarnos un nombre de fantasía para iniciar las andanzas. Esto ya no nos exige la hipercinesia del anillo original; cómodamente sentados delante de nuestro computador, podemos experimentar una sensación de poder semejante a la que sentiríamos con el anillo primigenio, con la ventaja decisiva de que esta vez no se trata de una ficción.

Si nos da la gana y si logramos sortear los reglamentos de los foros y plataformas, podemos insultar, ofender, mofarnos, denigrar o injuriar a quien se nos antoje, sin importar su condición. Da lo mismo que se trate del Papa, de un político o de la viuda reciente de un policía. Podemos hacer todo esto sin preguntarnos si seríamos capaces de decir lo mismo cara a cara. Cada tecla que oprimimos actúa como un anillo de Giges. Nuestras palabras digitalizadas se convierten en un martillazo artero y anónimo.

El anillo de Giges, según un viejo mito, nos permitía volvernos invisibles. Hoy son las redes sociales las que cumplen esa función, con la diferencia que nos volvemos invisibles para, sin dar la cara, poder insultar, ofender, mofarnos, denigrar o injuriar a quien se nos antoje, sin importar su condición. Es el lado oscuro de la red. El anillo de Giges, según un viejo mito, nos permitía volvernos invisibles. Hoy son las redes sociales las que cumplen esa función, con la diferencia que nos volvemos invisibles para, sin dar la cara, poder insultar, ofender, mofarnos, denigrar o injuriar a quien se nos antoje, sin importar su condición. Es el lado oscuro de la red.

Hay quienes ya son verdaderas personalidades secretas en los medios, si cabe el oxímoron. Gente cuyo placer es el disfrute balístico de cada tecla, personas para quienes el escarnio de quienes no piensan como ellos se ha vuelto una obligación moral, sin reparar en que toda posibilidad de diálogo resulta escamoteada detrás de la fortaleza inexpugnable del computador.

Así, la tan celebrada democratización de la información tiene un costado oscuro: una zona de impunidad cotidiana, difícil de controlar, que no sólo empobrece el debate público, sino que lo degrada. No se trata aquí de un problema tecnológico, sino ético. La técnica amplifica lo que ya somos; no nos vuelve mejores ni peores, sólo más visibles, o, paradójicamente, más cobardemente invisibles.

Si vivimos ya en gran medida en una ciudad digital, entonces vuelve a plantearse con toda crudeza la vieja pregunta de los antiguos: ¿qué tipo de ciudadanos somos cuando nadie parece mirarnos? Platón sospechaba que, puestos a salvo de toda sanción, pocos resistirían la tentación de la injusticia, y las redes sociales parecen confirmarlo a diario.

La distancia sideral que nos separa tecnológicamente de la vieja Atenas no ha abolido la interpelación al decoro y a la integridad; por el contrario, la ha vuelto más urgente. El anillo de Giges ya no es un mito filosófico, sino que está al alcance de cualquiera con un teclado y una conexión a internet. Y la pregunta decisiva no es si podemos usarlo, sino qué revela de nosotros, como ciudadanos de la república digital, el hecho de hacerlo.

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