El denominado Último Primer Día (UPD) se ha instalado en los últimos años como uno de los rituales más esperados por los estudiantes del último año del secundario. La tradición, nacida en Argentina y extendida en distintas provincias, consiste en reunirse la noche previa al inicio de clases para celebrar el comienzo del último ciclo escolar. Sin dormir, muchos jóvenes llegan luego directamente a sus escuelas para iniciar el ciclo lectivo. En esencia, se trata de una expresión simbólica de despedida de una etapa de la vida. Sin embargo, en la práctica, el fenómeno parece haber derivado en situaciones cada vez más preocupantes.
Lo ocurrido este año en San Juan vuelve a poner en evidencia esa deriva. A pesar de que se había programado una gran celebración para el pasado 3 de marzo con la participación de estudiantes de al menos 16 escuelas de la provincia, el evento finalmente fue suspendido ante las advertencias de distintos sectores. Tanto la Policía de San Juan como el propietario de la finca ubicada en Pocito donde se iba a realizar el encuentro señalaron los riesgos que implicaba una convocatoria que se estimaba superaría los 400 jóvenes. A ello se sumaron las autoridades educativas, que advirtieron que aplicarían sanciones disciplinarias a quienes llegaran a clases en estado de ebriedad.
El festejo proyectado incluía DJ, seguridad privada y una quinta alquilada para bailar durante toda la noche hasta el amanecer, antes de dirigirse a los establecimientos educativos. Entre los estudiantes que habían anticipado su presencia figuraban alumnos de instituciones como la Escuela Boero, el CESAP, el Colegio Fanzolato, el Fray Mamerto Esquiú, el Colegio Modelo, El Prado, Santa Bárbara, San Bernardo, Santo Domingo, el Colegio del Tránsito y el Dante Alighieri, entre otros.
La suspensión de esa convocatoria multitudinaria, sin embargo, no evitó los problemas. Durante la misma noche se detectaron varias fiestas privadas clandestinas en distintos departamentos de la provincia. Los operativos policiales terminaron con al menos cuatro celebraciones clausuradas en Pocito, Caucete, Rivadavia y San Martín. El saldo fue alarmante: una adolescente de 17 años debió ser hospitalizada por intoxicación alcohólica, lo que vuelve a poner en primer plano el problema del consumo excesivo entre menores de edad.
El UPD nació como una celebración interna dentro de las escuelas, con un carácter simbólico y relativamente controlado. Con el paso del tiempo, esa tradición fue trasladándose a ámbitos privados y adquiriendo dimensiones cada vez mayores. El uso de disfraces, la pirotecnia y, sobre todo, la presencia masiva de alcohol terminaron por desvirtuar el sentido original del festejo.
La pregunta que surge es inevitable: ¿hasta qué punto una celebración juvenil puede sostenerse cuando sus excesos generan riesgos reales para la salud y la seguridad? Nadie discute el derecho de los jóvenes a celebrar una etapa importante de sus vidas. Pero tampoco puede ignorarse que cuando el festejo se transforma en una competencia por ver quién bebe más o quién organiza la fiesta más grande, el espíritu original queda completamente desdibujado.
Frente a este panorama, las autoridades provinciales y educativas ya han advertido que, de repetirse estos episodios, deberán intensificarse los controles y las restricciones. El desafío será encontrar un equilibrio que permita preservar la tradición sin que esta se convierta, año tras año, en una fuente de preocupación para toda la comunidad. Porque celebrar el último primer día debería ser, ante todo, una experiencia memorable, no una situación de riesgo.