1 de enero de 2018 - 00:00

De simulaciones y relatos

Vivimos tiempos donde la verdad parece haber perdido protagonismo. En su lugar asoman palabras como relato, posverdad, donde aquella se diluye. En el relato hay una interpretación antojadiza de la verdad, más cercana a los intereses e ideologías que a la realidad, de la cual, la verdad es esclava. No olvidemos que en definitiva la verdad es la adecuación de la razón a la realidad. Por su parte, en la posverdad el rol de la verdad dejó de ser central. La comprensión de los hechos objetivos queda subordinada a las emociones. La verdad termina siendo un equivalente a lo que sentimos. 

Así las cosas, los ciudadanos asistimos impávidos a escenas de la vida social y política, donde algunos de sus protagonistas construyen relatos deformados de hechos reales. Sin embargo lo más asombroso no es el relato en sí, sino esa especie de impunidad moral que les lleva a creer que de tanto deformar la realidad, terminarán construyéndola a medida. 

Aclaremos un punto: éticamente, es más perverso el relato que la posverdad. En esta hay una subjetividad atravesada por emociones que fuerza la realidad. En el relato, además de la intención manifiesta de cambiar los hechos, existe una racionalidad que especula y planifica. En ambas hipótesis hay una consecuencia común: como sombra de la verdad que es luz, tarde o temprano, la mentira es descubierta.

“Éticamente, es más perverso el relato que la posverdad… En el relato, además de cambiar los hechos, existe una racionalidad que especula y planifica.”

¿Porqué alguien querría a sabiendas, engañar diciendo una cosa cuando en realidad oculta otra en el corazón? Es la pregunta que se hacía el angustiado Aquiles en la famosa Ilíada de Homero. Es la pregunta que nos hacemos hoy, frente a tantos intentos de deformación de la realidad.

Bennett decía que ser honesto es ser real y auténtico. De allí que la honestidad exprese respeto por uno mismo y por los demás. La persona honesta entabla relaciones humanas desde la sinceridad. Por el contrario, la deshonestidad conlleva una marcada tendencia a vivir en la oscuridad. Digamos las cosas por su nombre, quien finge es deshonesto consigo mismo y con el otro, al cual engaña. Consigo mismo, en cuanto la mentira produce internamente una contradicción entre lo que piensa y lo que dice. Y hacia el otro, porque la palabra, cargada de destino, queda frustrada. 

Ahora bien, ¿cuánto puede durar el relato? La respuesta es sencilla si pensamos que la verdad es el ser (lo que es) y la mentira el no ser: por lo tanto la verdad indefectiblemente, siempre aparecerá.

Cabe un interrogante a manera de reflexión final, ¿quién pierde más con la mentira que esconde el relato? La mentira se instala en un terreno fangoso donde nadie es ganador. Porque el receptor de la falsía además de ver frustrada la confianza depositada, pierde la posibilidad de conocer aquello que se le oculta. Pero el gran perdedor es quién miente. A partir de la mentira tiene que hacer doble esfuerzo: callar la verdad y seguir cubriendo con ardides la mentira. La verdad, por el contrario, es prueba de sí misma, por eso tiene luz propia, y es garantía de la palabra. Quien vive en la verdad, primeramente es coherente consigo mismo. Pero además, al estar despojado de los vicios que obstaculizan el ejercicio de su libertad, le permite ser “dueño y amo de sus actos”. Por eso lo del aire principesco que la verdad confiere a quien honrándola, la expresa.

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