
Sobre la ruta 40 una muchedumbre aguardaba la llegada de los autos. Casi toda la noche escuchamos la transmisión de radio Rivadavia. El "loco" Devoto (Ampakama), ídolo sanjuanino, había largado en el lugar sesenta, pero con su proverbial audacia y capacidad ya se encontraba en el séptimo lugar. Su auto celeste pasó por Pocito en la quinto posición y fue la locura. Por eso, esa mañanita del domingo, tomamos la lata de duraznos al natural que, curiosamente, en el reverso era negra, y fabricamos el autito, al que pusimos rodajas de palo de escoba como ruedas y un largo alambre tieso para conducirlo. Un volantín invertido para llegar a un cielo más palpable.
Diez años después. Mi casa se iluminó, llegó gente amiga. En la vitrolita nueva, el enorme disco de pasta instauró bajo el parral la dulce única de Argentino Ledesma con el tango "Fueron tres años", que bailé audaz en el festejo de mis quince. Entonces creí que ya era un hombre, y con mis escasos argumentos de futuro galancito me topé con el desdén de alguna muchachita y la mordaza de mi timidez. Pero la vecinita que llegó de empleada a una casa cercana del barrio me pareció el espejo de alguna esperanza. Hasta que -flor del aire, dama de noche- como vino se fue, y así fui aprendiendo las dificultades del camino.
Sin embargo, nada fue más difícil y extraño que la muerte, el primer velatorio, los rostros incomparables de esa tristeza, aquel tío Vicente juguetón que se marchaba en alas de pobreza y silencio.
Me regresa el ronquido de los bólidos en la ruta 40, en los derrumbaderos de los sueños, ese territorio que a veces es muy parecido a la locura, porque allí se entreveran los tiempos, las personas se disfrazan de ellas mismas, pero con caras y circunstancias diferentes, y el tiempo se convierte en un vertedero irreal pero gloriosamente expresivo.
Vuelven la voz inconfundible de mi madre llamándonos al caer la tarde; la imagen del viejito que se suicidara una fría mañana en el Parque de Mayo; el desahogo tormentoso de nuestra primera canción, muertos de miedo en aquel escenario de la Peña El Palenque, frente a la Catedral; la estrofa inicial de la primera grabación en el templo de un sello internacional; los tablones del "corralito" futbolero de Independiente, donde mi padre tiritaba de emoción a nuestro lado.
Posiblemente por algo de eso, una vez escribí un poema que decía: "Bajo el sauce, una vieja bicicleta descansando el verde molino de mis piernas; y yo que vuelvo con el atardecer gateando en los talones; arrastro la última claridad y el resuello del perro inseparable, los dos el mismo tranco, jamás cansados. Recuerdo…recogía una piedra y le imponía alas, mariposas, horizonte y hasta la muerte sobre la bondad invicta de los pájaros; y de nuevo corría, -lluvias y sombras pegajosas multiplicando mis pies-; todo lo miraba como se mira para siempre o por última vez, definitivo y fundacional, y el paisaje se acomodaba en versos, porque rimaba el cielo con el suelo, la tarde con amarte, dolores con amores, pensarte con tocarte…Recuerdo… pero quizá esto nunca ha ocurrido".
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor intérprete
