En una época enfermiza, recargada por crisis sobre otra crisis, necesitamos marcar prioridades para detener los tormentos. Quizás la primera protección deba ser, la de preservarnos del aislamiento social. Esto nos exige, de manera innata, el volvernos próximos con el prójimo. En definitiva, ser más colaboradores y cooperantes entre sí, disponibles y solidarios. Téngase en cuenta que nadie vive por sí mismo. Sea como fuere, estamos carentes de abrazos, de recibir una sonrisa o un acompañamiento en el dolor, lo que nos demanda reagruparnos en nuestras miradas, para sentir el fuego de las entretelas en las pupilas del alma. Las emergencias continuas, las angustias que provocan en las sociedades los gobiernos corruptos, unidas a las riadas de refugiados que huyen de guerras, y de países sumidos en la miseria, recuerdan lo sustancial que es hallar a alguien que te tienda la mano solidaria y que te haga sentir en familia con la simple escucha. Desde luego, cada contienda es una humillación a nuestro propio espíritu sistémico, al inviolable derecho de los pueblos a la paz y a vivir con dignidad en el país donde nació. 

EL HÁBITAT QUE DESTRUIMOS

El subsiguiente amparo del que nos tenemos que resguardar, es el de los desastres circunstanciales. Las modificaciones ambientales, totalmente irrespetuosas en multitud de ocasiones con la naturaleza, han multiplicado los eventos atmosféricos extremos, con efectos trágicos para los habitantes, como se puede ver con los incendios provocados en distintos lugares de la Argentina como en diversas partes del mundo. 

Debiéramos entender más pronto que tarde la situación; pues hemos sido llamados a proteger el mundo, no a devastarlo, y sí a cuidar nuestra propia atmósfera. Seguramente, tendremos que formar las conciencias para que los bienes comunes, dejen de ser derrochados, abandonados o sean solo para beneficio de unos privilegiados. No hay mejor intercesión, sin duda, que aprender a custodiar lo que se nos ha entregado. Por consiguiente, pedimos ese apoyo psicosocial de cercanía entre las personas, con rincones acogedores y lugares seguros, al menos para poder descansar y hacer camino. 

LO QUE ALTERA LA SALUD MENTAL

Sea como fuere, cada día son más las personas hundidas en la desesperación, que han de enfrentarse a condiciones adversas que alteran su salud mental, lo que requiere sentirse protegidas para poder reconstruir sus vidas.

Demasiadas lágrimas y sangre han derramado ya, nuestros predecesores, para que tomemos la iniciativa de salir de estos caminos inseguros y mortecinos. Esto nos debe hacer pensar en otros caminos más contemplativos en la formación de la mente y el alma. En consecuencia, no hay que resignarse, sino batallar para que toda la sociedad tenga iguales derechos y obligaciones, a su realización de ciudadano en disposición de vivir y de ayudar a vivir. Tampoco precisamos un ardor guerrero, sino una dócil y paciente calma que nos armonice y fraternice, tanto entre nosotros como con aquello que nos rodea. Estos valores y estos principios, avalados por el sentido común, también deben ser asistidos y apoyados por un proceso pedagógico que favorezca la restauración mental. Por ello, tan necesario como el aire es el sosiego para poder sentirlo a todas horas.

 

  • Sociedad democrática lejos del totalitarismo

En consecuencia, son tan vitales los Estados sociales y democráticos de derecho, como las organizaciones humanitarias, para implementar una respuesta multisectorial que de salvaguardia existencial, en un mundo cada día más temible y terrible, donde crece la inseguridad alimentaria, la violencia y los desplazamientos. En este sentido, en muchas partes del espacio viviente el socorro humanitario no reemplaza la asistencia para el desarrollo, lo que nos suplica una mayor implicación por las energías humanas conjuntas, recordando que no hay mayor defensa que la del reencuentro fraternal en una sociedad democrática y lejos de ideologías totalitarias.

 

Víctor Corcoba Herrero
Escritor