Todo comenzó así. El 1ro de Mayo de 1886, un grupo de obreros estadounidenses se movilizó en reclamo de reivindicaciones laborales, entre ellas, el pedido de reducción de la jornada laboral a 8 horas. Desde aquel entonces, el mes de mayo comienza con un día particular: el "Día del trabajador”. En distintas partes del mundo, esta conmemoración va tomando matices diversos. Con lo cual, se puede pensar que la realidad del trabajo, siempre estuvo relacionada con las acciones de las personas en sociedad. Es por ello que podemos hablar de una "moralidad del trabajo”. Vamos a recorrer su desarrollo, a partir de los aportes que hace al tema el filósofo francés Gilles Lipovosky.
En épocas pre-modernas, la moral se fundamentaba en la religión, donde el mandato bíblico: "ganarás el pan con el sudor de tu frente”, marcaba el sentido del trabajo. Esta norma moral, se refería -y lo sigue haciendo- al trabajo como fuente de subsistencia que se consigue con esfuerzo, a través de una tarea que se emprende como una forma de realización personal y servicio, asumido por temor o por amor, a Dios.
Durante la modernidad, se plantea la posibilidad de una moral "sin Dios”, y se instala en la sociedad el "culto al deber”. Comienza a regir una moral muy estricta, estructurada a partir de una serie de deberes y obligaciones que abarcaban todos los ámbitos de la vida de un individuo; su vida familiar, su sexualidad, la crianza de los hijos, los deberes políticos para con la comunidad y la patria, entre otros. El trabajo aparece como un claro mandato, pero no es un mandato divino, sino un deber laico. La idea que circulaba era: "el trabajo dignifica, ennoblece, humaniza, desarrolla lo mejor que hay en el hombre”. La idea es que quien cumple con su trabajo, no puede ser mala persona. Entonces, si el trabajo nos ennoblece, se puede conjeturar que los profesionales, por ser tales, automáticamente adherían al comportamiento ético establecido, erigiéndose como arquetipos del ciudadano ideal.
A partir de año 1950, y del movimiento de posguerra surgido por entonces, se empieza a desarrollar la "sociedad de consumo y la era de la comunicación de masas”. Aquí se consolidaron los nuevos valores: la libertad, el ocio, el bienestar; abandonando la moral de la austeridad, la renuncia y el esfuerzo. La crítica a la moral se profundiza en las décadas del "60 y "70, cuando la revolución cultural, llevada a cabo por el movimiento hippie, cuestiona los valores vigentes en las sociedades industriales, reclamando el derecho al placer y la libertad. Los elementos contractuales de la época, ven la moral como una herramienta represora de la sociedad burguesa y, sobre todo, represora de la sexualidad. "El trabajo es el yugo, y la vida comienza después del trabajo”, es la afirmación que refleja el pensamiento de esta época.
A partir de los "80, el triunfo del neoliberalismo cambia las reglas del juego político y económico, afectando la totalidad de la trama social y cultural de las ciudades y los pueblos en general. Se produce una rehabilitación de la "cuestión moral”, más aún, se pone de moda, apelando a la ética como instancia auto-reguladora para ordenar un mundo regido sólo por la leyes del mercado, y con gente descreída de las propuestas religiosas y políticas. Esta nueva situación, hizo que las preocupaciones morales, que años anteriores se centraban en la moral sexual, se depositen ahora en el campo económico: coimas, fraudes, corrupción, estafas, robos. Por lo que la moral que surge, es de un claro corte pragmático, indolora, e incluso, light.
¿Qué forma toma, entonces, la moral que regula la convivencia en las sociedades posindustriales, donde los individuos están vueltos sobre sí mismos, preocupados por vivir de acuerdo con sus deseos? Se trata tan sólo de consumir más razonablemente, de cuidar la atmósfera, de no tirar al suelo, en fin, se trata del retorno a una moral sin sacrificio, a una ética sin dolor. De la pregunta por la vida virtuosa, hemos pasado a la discusión por la calidad de vida; de la angustia por los remordimientos morales, a la preocupación por el estrés y la depresión. Parece estar constituyéndose una lógica moral centrada en la autoestima, la realización personal y el bienestar.
Finalmente, la posmodernidad y el neoliberalismo, traen consigo la cultura de la empresa, en la que el trabajo se ha convertido en una acción al servicio de su productividad. Todo lo dicho se sintetiza en las tres "E": Excelencia, Eficiencia y Éxito.
Pero, ¿qué pasa cuando el hombre se queda sin trabajo? La lógica se invierte: si el trabajo es el éxito y la realización personal, la falta de trabajo es el fracaso, la destrucción de la autoestima, incluso, la maldición o la muerte. Esto da pie a conductas autodestructivas, y pone en acción, el ciclo de la violencia familiar y social.
