1 de enero de 2022 - 00:00

Otro Rey Mago

El Porteñito, "el amigo de los niños", como legítimamente se lo designó, fue un nuevo Rey Mago.

El otro día lo vi; más bien dicho fue de noche y en comarcas de la nostalgia. Estábamos de la mano de nuestros padres, parados en la esquina de Tucumán y Libertador, esperando el tradicional 36 verde y blanco que tanto demoraba y que nos conduciría a nuestro humilde hogar del Barrio Rivadavia, y ahí, en la misma esquina que generalmente solíamos verlo, él aguardaba su ómnibus al retornar de su trabajo de hacedor de sonrisas, titiritero y duende, siempre sonriente y feliz, como si este mundo fuera sólo un ángel en su espalda y no un concierto de sonrisas y tristezas. Saludaba cordial y lanzaba alguna broma mientras esperaba. Regordete y chispeante, Antonio García se trepaba antes que nosotros a su colectivo, porque el 36 siempre nos dejaba en la dulce espera, y desde el estribo su figura se alejaba con alguna broma inesperada, mientras quedábamos tiritando ese invierno amotinado en esa esquina, pero extrañamente con el corazón tibio, porque él nos había dejado, además de su alegría natural, algún regalo: un silbato de plástico, un "asusta suegras", un bonete.

El Porteñito, "el amigo de los niños", como legítimamente se lo designó, fue un nuevo Rey Mago; vino de la tierra de los cien barrios, invadido de tangos sensibleros y milongas de corralón y se afincó manso y nada porteño entre nosotros. Aquí sembró una familia desde el proyecto noble de simple hombre bueno; pobló los cumpleaños de tortas y guirnaldas de ilusión; hizo de las fiestas infantiles sanjuaninas un homenaje a la pureza y el buen gusto; nos entendió como nadie, nos homenajeó como pocos, integró nuestras fiestas, fue uno de nosotros.

Aún se ve merodear por el centro sanjuanino su legado espiritual, sobre todo por inmediaciones de su último epicentro, la Galería Estornell; esa imagen de fiesta simple y calidad humana colgando de guirnaldas. En ese reducto ya tradicional se eterniza el cielo de silbatos y globos celestes llegando a Dios en cada sonrisa del niño más pobre que se entera del mejor costado del mundo a través de un juguete.

El Porteñito vino a San Juan para quedarse. Dejó en esta tierra sus limpios sueños en hijos y sus siembras fecundas en el regocijo de aquellos niños que hoy grandes no podrán ponerlo en el olvido, por haber sido el compinche de sus infancias.

Dije que lo vi en la esquina de Tucumán y Libertador y es cierto. Los recuerdos entrañables no abandonan, aunque su imagen cristalina y jovial se me esfumara cuando una lágrima cargada de pura vida me puso de frente a la realidad, que no es tan simple, redonda y fascinante como el mundo que, con sus manos regordetas, diseñaba a golpes del corazón el Porteñito.

 

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