
Nos espera un trabajo duro ante la necesidad de una renovación permanente. Tenemos anhelo de quietud. Hay que pasar página de todas las inútiles batallas, activar otros sentimientos más conciliadores, enhebrar misiones más armónicas y hacerlo en familia. Estamos aquí para reencontrarnos y dar vida, contribuyendo de este modo a la perpetuidad del linaje y a proveer un futuro más sosegado.
Ciertamente, nos encontramos ante un mundo muy cambiante, que requiere de espacios más respetuosos, donde no impere la ley del poderoso, sino la del amor de verdad, ese que se proyecta mayormente hacia los que se hallan en dificultades. Sea como fuere, tampoco es fácil discernir en un escenario de falsedad constante, pero la prolongada pandemia por Covid-19 nos ha demostrado lo fundamental que es recluirse a veces y hacer silencio, algo esencial para impulsar la plática. Porque sí, son muchos los vínculos que nos unen a todos, de ahí lo esencial que es conversar para avivar las relaciones de afecto y de solidaridad entre todos nos hará sentir bien, pues una civilización acorde requiere de sus pulsos, pero también de sus pausas, para compartir entusiasmos y sueños.
Tras esta severa labor de entenderse, máxime en un momento de tantas dificultades donde nadie considera a nadie, se demandan mediadores dispuestos a escuchar y a dar apoyo. Sin soporte solidario no es fácil resistir. Por eso, tan importante como reconfigurar totalmente nuestro mundo ante los cambios climáticos, demográficos y tecnológicos; es reorganizarse como tronco común ante la verdadera plaga de dividir y vengarse los unos de los otros. Estas fuerzas disgregadoras que debilitan y destruyen nuestro propio vínculo existencial, precisan indudablemente de otros tonos y también de otros timbres más pacificadores. Hoy, demasiadas gentes, están privadas del calor de un hogar. Esto es muy grave, gravísimo. Nadie les espera en ningún sitio. Por tanto, nuestra época tiene necesidad de enmendar esos abandonos a la persona y a la construcción de un mundo más justo y fraterno. Desde luego, somos una prole que ha olvidado mirar a la luna y verse en las estrellas, pero igualmente ha dejado de encender la lumbre en el nido y entonar el verso entre mil besos.
Da la sensación que transitamos con un cuerpo, ausente de alma. Convendría que recordásemos, que es la alianza con la sabiduría natural, lo que nos hace comprender el sentido último de los vínculos, sus valores que es lo que verdaderamente nos da serenidad, encuentro y diálogo, disponibilidad y entrega. Precisamente, ahora, cuando tanto hablamos de la conciliación de la vida laboral y familiar, o de las buenas prácticas de la igualdad de género, es menester que esta cercanía constituya un estímulo y una pujanza constante, sobre todo para que renazca un nuevo horizonte en el ámbito social humano. Ojalá seamos una generación capaz de conciliar lo irreconciliable. Esto nos hará crecer por dentro. Sabremos alegrarnos con el que se alegra y sufrir con el que sufre. No podemos continuar deshumanizándonos, tampoco podemos convivir con una cultura egoísta que todo lo desnaturaliza a través de un mercado de intereses que hace efímeros los lazos. Deberíamos mejorar la convivencia y sentar cátedra humanística de ternura que, unida a la bondad, es lo que mejor nos hermana.
Por Víctor Corcoba Herrero
Escritor
