Por Gabriel Aravena Rodríguez
Dr. en Filosofía / Vicedirector del ISFD Santa María
El orden es la regla general del mundo. La ciencia, y el análisis de datos, puede estudiar el mundo porque presupone y observa que la realidad exhibe ese orden. Aun así, el mundo no está exento de cierto desorden, y lo reconocemos porque ese caos presupone un cierto orden sobre cuyo fondo destaca. Ese contraste entre orden y desorden no es solo una cuestión teórica. Tiene rostros concretos y biografías reales.
La noción de Cuarto Mundo fue expresada por el sacerdote francés Joseph Wresinski para dar una identidad social positiva a las personas que viven en la extrema pobreza y la exclusión social. Es un pueblo formado por hombres, mujeres y niños que, generación tras generación, se ven excluidos de los derechos fundamentales de los que goza el resto de la sociedad. No se cuenta con ellos como interlocutores sino como meros beneficiarios de ayudas subsidiarias.
Quiero rescatar dos ideas que nos acerquen a reflexionar sobre esta expresión. En primer lugar, ¿quiénes conforman el llamado cuarto mundo? Se trata de personas que, por diversas razones económicas, sociales o morales, han sido empujadas de modo persistente a los márgenes del orden social. En este segmento suelen incluirse refugiados y desplazados, ancianos desamparados, madres sin medios económicos, niños explotados o abandonados, así como personas estigmatizadas por su origen, su situación de pobreza, su salud, su orientación sexual o su pasado penal, entre otras. Todos ellos comparten el espacio y el tiempo con otros sectores del mundo desarrollado o emergente.
Se los presenta como grupos sociales económicamente excluidos y, a la vez, personas moralmente marginadas. Estos dos factores arraigan a las personas en la exclusión. No se trata solo de personas fuera del sistema, sino de formas de vida que han sido modeladas durante años, a veces generaciones, por la exclusión misma. En esos casos, el desorden deja de ser una circunstancia transitoria para convertirse en horizonte de sentido. Estos son los principales criterios de exclusión, o si se prefiere, de inclusión forzada, en este cuarto mundo. Y para notar esto no es necesario ir muy lejos, se encuentran en las puertas de las iglesias, en las calles o en el semáforo de la esquina.
En segundo lugar, una paradoja. Vemos un cosmos invertido: un orden que se presenta como racional, pero que se edifica sobre vidas desordenadas por la exclusión, que no pertenecen al mundo económica, social y moralmente ordenado. Nos encontramos ante una contradicción estructural que propongo prestar atención. La idea de mundo justamente se refiere a cosmos, es decir a lo ordenado, cosmos significa orden. La contradicción se manifiesta en que este cuarto mundo es cosmos ordenando desde la marginación, un microcosmos constituido en un desorden cuyo orden efectivo está fuera de la sociedad desarrollada. Es un mundo en el que la imposibilidad de salir del desorden, la reincidencia en los hechos ilegales o inmorales y del sufrimiento son habituales. Es una paradoja radical: un mundo que se dice ordenado y progresa, mientras multiplica espacios de vida donde el desorden ya no es transitorio, sino destino.
Todos ellos son tratados como datos. Se encuentran en desventaja competitiva, son datos no estructurados cuyo nivel de detalle se nos escapa a simple vista. Se nos escapa porque la pobreza a la que nos enfrentamos es la soledad, el aislamiento, el miedo a seguir siendo tratado como un “raro”, la marginación, la indiferencia ante la (in)dignidad humana. Es un orden deshumanizado, que organiza bienes y datos, pero desorganiza existencias.
Ahora bien, quizás nosotros estemos lejos de situarnos en este cosmos invertido. Es muy probable que nos encontremos del lado más favorable de los mundos. Pero si me miro profundamente puede que me reconozca afectado por algún tipo de caos, de desorden. Tal vez me descubro excluido, en un cuarto mundo interior que quiero negar y me aíslo. Dice el filósofo Gadamer que el aislamiento es una forma de la pérdida, lo que se pierde es el otro y, con él, el mundo del encuentro; ese mundo del encuentro es la vida cotidiana, en la que los sentidos, los rituales, los símbolos nos mantienen juntos; pero, continúa Gadamer, vivimos en esta era de la responsabilidad anónima, que con su peculiar arte de organizar las cosas nos ha traído un mundo de extrañeza recíproca. ¿Quién es el vecino con el que vivimos?, los que están muy cercanos y, sin embargo, anónimos.
Tal vez el mayor riesgo de nuestro tiempo no sea el desorden, sino aprender a habitar un orden que ya no nos interpela. Cuando el caos ajeno deja de inquietarnos y el propio se vuelve invisible, el mundo sigue funcionando, pero el encuentro se pierde. Allí donde el orden se impone sin rostro y sin nombre, el aislamiento deja de ser una excepción y se vuelve una forma silenciosa de habitar la realidad. Benedicto XVI expresaba en Caritas in veritate, hoy la humanidad aparece mucho mas interactiva que antes, esa mayor vecindad debe transformarse en verdadera comunión, ya que el hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios (CV 53), se valoriza viviendo en comunión con uno mismo, con los demás, con el mundo, y con el Otro.
