4 de enero de 2026 - 04:04

El servicio a los pobres

Especial para Diario de Cuyo  – Pbro. Dr. José Juan García

Ser cristiano implica no olvidar los preferidos de Dios: los últimos de la historia. El punto de partida de la Exhortación Apostólica de León XIV “Dilexi te” (Él te ha amado”), es el sincero amor de Dios por una comunidad frágil, aquella que se encuentra expuesta a la violencia y al desprecio. El Papa recuerda que, más allá de las definiciones de pobreza, “los pobres no están ahí por casualidad ni por un destino ciego y amargo” (14). Son “las estructuras del pecado las que generan pobreza y desigualdades extremas” (90-98).

Ser cristiano es mirar con preferencia las personas más débiles, y, en particular, hacia las mujeres, a veces “doblemente pobres” (12). No se trata solo de combatir las causas estructurales de la pobreza, sino también de acercarse concretamente a quienes a menudo están lejos de nuestra atención, para vivir “con ellos y como ellos” (101). No podemos ignorar esta realidad: “Nos sentimos más cómodos sin los pobres” (114). Su presencia altera nuestras costumbres y nos enfrenta a límites humanos que preferimos ignorar. El Papa nos invita a cambiar de perspectiva. Los pobres no deben ser vistos solo como un problema. Son “una ‘cuestión de familia’; son ‘de los nuestros’” (104), porque Dios mismo los elige en primer lugar. Es a ellos a quienes se dirige en primer lugar la palabra de esperanza y liberación del Señor. Los vulnerables son antes que categoría sociológica, categoría teológica: los amados en primer lugar por Dios Padre.

Esta opción preferencial de Dios puede incomodarnos. Preferiríamos un Dios imparcial, quizá menos comprometido. Si bien la salvación está destinada a todos, llega precisamente en el marco de relaciones concretas. Mientras que nuestra lógica mundana se construye a partir de los poderosos y excluye a quienes no pueden participar, la lógica de Dios parte de los excluidos, de la “piedra desechada” (Sal 117,22) para así realizar su Reino. El compromiso con los pobres no es solo una consecuencia de nuestra fe, sino que es una epifanía, porque “no se puede separar el culto a Dios de la atención a los pobres” (40). En esta llamada a reconocerlo en los pobres y en los que sufren se revela el corazón mismo de Cristo. “El amor a los pobres (…) es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios” (103) y una comunidad que elija “permanecer tranquila sin preocuparse de manera creativa” por los pobres está destinada a perder su vigor evangélico.

“Dilexi te” nos recuerda la necesidad de comprometernos con los pobres, de donar a los pobres, incluso a través de la limosna (115-119). No obstante, resalta que es esencial aprender a actuar con ellos. Este tema resulta vital: las personas en situación de pobreza poseen un pensamiento propio. En otras palabras, son sujetos activos y no simplemente “objetos de nuestra compasión” o de nuestras políticas; pueden contribuir significativamente al análisis de problemas y, sobre todo, han de ser portadores de soluciones reales. Es por eso que debemos ponernos en movimiento para comprenderlos desde su perspectiva, ya que “la realidad se ve mejor desde los márgenes y los pobres están dotados de una inteligencia particular que es indispensable para la Iglesia y la humanidad” (82). Aprender de esta inteligencia nos permite percibir mejor las lógicas mundanas que operan en la sociedad y a veces en la Iglesia misma. Partiendo de esta inteligencia, Dilexi te denuncia una política o una economía gobernadas por una minoría, que acumula riquezas e impone “sacrificios al pueblo para alcanzar ciertos objetivos que conciernen a los poderosos” (93).

En síntesis, Dilexi te presenta una teología de la revelación que brota de la misericordia hacia los más pobres, de una eclesiología del servicio y de una ética social que vincula la solidaridad con la lucha por la justicia. Estas últimas palabras son programáticas de una Iglesia “que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino solo hombres y mujeres a los que amar” (120). Toda persona en situación de pobreza debería poder escuchar: “Te he amado”.

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