Entre las opciones dulces más queridas, existe una preparación que nace en los conventos y que ofrece una experiencia sensorial distinta a la receta que todos tenemos en mente. Esta versión del clásico postre de arroz con leche presenta un color dorado y una textura que lo colocan a la altura de las mejores piezas de la repostería casera.
Una historia que nace en los antiguos conventos
La unión del grano con el azúcar ocurre formalmente en el siglo XVI, momento en que este tipo de postres gana una popularidad inmediata. Durante los siglos XVII y XVIII, los conventos de Portugal perfeccionaron la técnica que hoy forma parte de la identidad gastronómica de ese país. Lo que nosotros conocemos como una receta simple, allá se transforma en una auténtica joya que pone el punto dulce a cualquier celebración importante.
Esta variante, conocida originalmente como arroz doce, tiene una historia ligada a los intercambios culturales que marcan a toda la península ibérica. La diferencia fundamental con el estilo español o el que consumimos en nuestra región reside en la estructura final del plato. Mientras algunas versiones buscan la ligereza, esta propuesta apuesta por una untuosidad extrema que sorprende a los comensales desde la primera cucharada.
El detalle técnico que cambia la textura para siempre
El rasgo que hace único a este plato es la incorporación de yemas de huevo al final de la cocción. Este paso, propio de la tradición conventual, aporta un tono amarillento muy llamativo y una cremosidad que es difícil de igualar con otros métodos. Además de las yemas, la preparación se aromatiza siempre con canela y cáscara de limón, dos sabores que están muy presentes en toda la cocina del país.
Para lograr un resultado profesional, existen ciertos trucos que los expertos recomiendan seguir al pie de la letra. Uno de los más importantes consiste en enjuagar el ingrediente principal antes de utilizarlo para quitar el exceso de almidón. Esta acción evita que el postre quede demasiado pastoso y permite que el grano mantenga su identidad dentro de la crema. La paciencia en el fuego lento es el otro gran secreto para alcanzar el punto justo de espesor.
El secreto para una merienda inolvidable
El proceso total de elaboración demanda cerca de una hora y rinde para cuatro porciones generosas. La clave del éxito reside en la temperatura de los ingredientes y en el orden en que se mezclan los elementos líquidos con los sólidos. Una vez terminada la cocción, el reposo en el frío resulta indispensable para que los sabores se asienten y la manteca termine de dar ese brillo final tan característico de las fotos de cocina.
Al momento de servir, el toque final lo da una lluvia de canela en polvo sobre la superficie. Este contraste entre la frescura del limón y el aroma dulce de la especia cierra un círculo de sabores que explica por qué este postre se mantiene vigente después de tantos siglos.
Ingredientes para tu preparación
- 125 g de arroz carolino
- 1 litro de leche.
- 250 ml de agua.
- 5 yemas de huevo.
- 50 g de manteca sin sal.
- 125 g de azúcar.
- 1 cáscara de limón (solo la parte amarilla).
- Una rama de canela.
- Canela en polvo para decorar.
- Una pizca de sal.
Paso a paso de la receta
- Cocinás el arroz en el agua hirviendo con sal a fuego lento durante 12 minutos hasta que el líquido se evapore.
- Calentás la leche en un cazo aparte con la rama de canela y la cáscara de limón para que infusione.
- Retirás la canela y el limón, reservás 30 ml de esa leche tibia y vertés el resto de la leche caliente sobre el arroz.
- Batís en un cuenco las yemas de huevo con el azúcar e incorporás los 30 ml de leche que tenés en reserva.
- Retirás el arroz del fuego y añadís poco a poco la mezcla de las yemas con el azúcar mientras movés constantemente.
- Llevás la preparación nuevamente a ebullición para que las yemas se cocinen y el postre espese.
- Añadís la manteca, mezclás bien y pasás todo a una fuente para que se enfríe antes de ir al frigorífico.
- Espolvoreás la canela en polvo por encima justo antes de disfrutar de este dulce portugués.

