El auge de los videos cortos en plataformas digitales, impulsados por los algoritmos de las principales redes sociales, transformó los hábitos de consumo audiovisual al ofrecer gratificación inmediata y experiencias cada vez más inmersivas. Este fenómeno genera preguntas sobre cómo estos estímulos rápidos afectan la capacidad de las personas para controlar impulsos, tomar decisiones y administrar su tiempo.
Un estudio publicado en la revista NeuroImage aborda esta cuestión desde una perspectiva neurocientífica. Liderado por científicos de la Universidad de Zhejiang, el trabajo empleó técnicas de imagen cerebral y análisis neuroquímico para examinar qué ocurre en el cerebro de jóvenes adultos cuando se exponen a videos breves, y diferenciaron las respuestas a contenidos atractivos y poco interesantes.
Mirar videos cortos que resultan atractivos provoca una disminución notable de la actividad en dos zonas clave del cerebro: el córtex cingulado anterior dorsal (dACC) y la corteza prefrontal dorsolateral (dlPFC). El dACC interviene en la detección de conflictos, la toma de decisiones y la evaluación del esfuerzo necesario para realizar tareas. Por su parte, la dlPFC participa en la planificación, el control de impulsos y la regulación de la atención. Juntas, estas regiones permiten ajustar el comportamiento ante distintas demandas y mantener el autocontrol frente a estímulos del entorno.
Cuando los participantes veían videos que no les interesaban, la actividad en el dACC permanecía en niveles similares a los del reposo, mientras que la dlPFC continuaba con baja actividad. En contraste, los videos preferidos provocaban una disminución de actividad clara en ambas regiones. Según el estudio, este patrón refleja que el consumo de videos atractivos implica menos demanda de control consciente y favorece un procesamiento cerebral más automático y relajado, en lugar de requerir un esfuerzo activo para regular la atención o los impulsos.
El estudio identificó que el glutamato, una sustancia que facilita la transmisión de señales entre neuronas, influye en este proceso. Las personas con niveles más altos de glutamato en el dACC experimentaron menos supresión en estas áreas mientras veían videos atractivos. Esto sugiere que hay diferencias individuales en la facilidad para mantener el autocontrol frente a estímulos placenteros. Los autores aclaran que la conexión entre el glutamato y la actividad cerebral observada es una correlación, no una relación de causa y efecto.
Otro hallazgo relevante es que, aunque el dACC y la dlPFC disminuyen su actividad, la comunicación entre ambas regiones aumenta cuando se ven videos preferidos. Esta mayor conexión podría deberse a una respuesta emocional conjunta: la mente entra en un modo automático y relajado, lo que reduce la necesidad de ejercer control consciente sobre lo que se está viendo.
Al ver videos que resultan muy entretenidos, el cerebro tiende a “relajarse” y funciona casi en piloto automático. En esos momentos, las zonas responsables de frenar impulsos y tomar decisiones activas disminuyen su trabajo, mientras aumenta la coordinación entre ellas. Esto facilita que la experiencia resulte fluida y placentera, pero también puede dificultar que alguien se detenga a pensar si debería ver otro video más, sucesivamente durante horas, o cambiar de actividad.
El profesional Nicholas Fabiano, residente de psiquiatría en la Universidad de Ottawa y reconocido divulgador en redes sociales, difundió el estudio en su cuenta de X. El experto resaltó que ver videos cortos desactiva regiones clave del cerebro vinculadas al control cognitivo, señalando que el “botón de freno” queda inactivo durante la exposición a este tipo de contenidos.
El estudio reunió a 56 adultos jóvenes que participaron en sesiones dentro de un escáner de resonancia magnética funcional (fMRI), una tecnología que permite observar en tiempo real qué zonas del cerebro se activan durante distintas tareas. En este entorno, los participantes miraron videos cortos especialmente seleccionados.
Cada persona indicó cuánto tiempo suele dedicar a este tipo de contenidos en su día a día. Durante el experimento, podían dejar pasar los videos que no les gustaban o verlos completos, lo que permitió a los investigadores comparar cómo reaccionaba el cerebro ante ambos tipos de situaciones.
Además de medir la actividad cerebral con imágenes, el equipo analizó neurotransmisores como el glutamato y el GABA (ácido gamma-aminobutírico) en una región específica del cerebro. Este análisis, realizado con una técnica llamada espectroscopía, ayudó a entender si las diferencias entre personas en la “química” de su cerebro influían en la manera de responder a los videos. Para que los resultados fueran confiables, el equipo tuvo en cuenta aspectos como la edad, el sexo, el movimiento durante la prueba y la calidad de las imágenes recogidas.
Relevancia de los hallazgos para el consumo digital y la autorregulación
Los autores señalan que ver de manera frecuente videos cortos y entretenidos puede modificar la forma en que el cerebro equilibra el placer inmediato y la capacidad de autocontrol. Esto ayudaría a entender por qué a muchas personas les cuesta dejar de mirar videos o controlar el tiempo que pasan en redes sociales. El estudio también sugiere que algunas personas, por tener ciertas diferencias químicas en el cerebro, podrían ser más propensas a usar estos medios en exceso.
Según los investigadores, todavía queda mucho por aprender sobre cómo este tipo de consumo afecta otras partes del cerebro y sobre posibles consecuencias a largo plazo, como la toma de decisiones o el desempeño en la escuela o el trabajo. El tema preocupa tanto a profesionales como a familias, y resalta la importancia de pensar en formas de cuidar la salud mental frente a estos nuevos hábitos digitales.
Relación entre el uso temprano de redes sociales y el rendimiento escolar
El impacto de las nuevas tecnologías en la vida cotidiana no solo se refleja en la actividad cerebral, sino también en el rendimiento escolar de los adolescentes. Así como la exposición a videos cortos puede influir en el autocontrol y la toma de decisiones, el momento en que los jóvenes acceden por primera vez a las redes sociales también parece afectar su desempeño académico, según muestran investigaciones recientes. Ambos enfoques señalan la necesidad de comprender cómo los hábitos digitales moldean la mente y el aprendizaje en las nuevas generaciones.
Un estudio de los profesores y sociólogos Marco Gui y Giovanni Abbiati de la Universidad de Milano-Bicocca y la Universidad de Brescia, advierte que abrir una cuenta en redes sociales antes de los 14 años se asocia con una caída en el rendimiento escolar en lengua y matemáticas.
La investigación, publicada en Nature Human Behaviour, siguió a 5.227 estudiantes en el norte de Italia y concluyó que quienes accedieron a redes sociales entre los 11 y 13 años perdieron el equivalente a medio año de aprendizaje en estas materias, en comparación con los que esperaron hasta la edad mínima legal en el país europeo. Los autores identificaron que el uso más intrusivo del teléfono, especialmente antes de dormir, al despertar y durante tareas escolares, explica una parte sustancial del descenso en el rendimiento académico.
La investigación sostiene que posponer la apertura de cuentas en redes sociales hasta luego de los 14 años y promover la alfabetización digital podrían contribuir a proteger el aprendizaje de los adolescentes. Además, resalta la importancia de considerar factores sociales y tecnológicos específicos de cada contexto para interpretar el impacto del consumo digital en la educación.