6 de julio de 2026 - 04:00

Elongar la lengua, un ejercicio psicoanalítico

Por Guillermo Dech - Psicólogo

Solemos pensar que el lenguaje es el medio de comunicación que utiliza el ser humano para nombrar las cosas de la realidad y los sentimientos que surgen de él. El sentido común, nos dice que las palabras permiten nominar y definir los objetos y emociones que ya están presentes de antemano en la realidad.

Desde esta perspectiva pensamos que si algo sucede dentro nuestro o afuera en la realidad, después el lenguaje viene prolijamente a darle nombre y describir el hecho que aconteció.

Bajo esta lógica, primero pensamos y después hablamos, como si la lengua adviniera en un segundo tiempo como un traductor fiel de la realidad; algo puro que describe las cosas como son "por naturaleza".

¿Qué sucedería si invertimos esta lógica y sostenemos la opuesta? A saber: que primero hablamos y después pensamos. O dicho de otro modo: que pensamos solo y porque en primera instancia hablamos y que el modo en que pensamos depende del modo en que hablamos.

Esta última postura tal vez sea la más sólida para entender nuestra experiencia y desenvolvimiento cotidiano en el mundo.

En primera instancia, uno no elige qué palabras usar, ni tampoco la forma en que enlaza las mismas para construir sentido. No decidimos nosotros cómo estructurar las oraciones, sino que desde chico uno se forma en el "protocolo del idioma" que nos indica las leyes de la gramática y la sintaxis, es decir "cómo hablar". Caemos al mundo, habitando estas leyes del lenguaje que nos preceden y que estructuran no sólo la manera en la que nos comunicamos, sino la manera en la que sentimos, pensamos y concebimos la realidad.

Cuando hablamos, las palabras y los modos de enlazarlas para que adquieran sentido, directamente se nos vienen a la cabeza y las utilizamos como si muchas veces supiéramos exactamente lo que significan y lo que estamos expresando. Escribir "estoy sin ánimo" en un mensaje, en vez de "estoy triste", exclamar "ya no aguanto a mi jefe" en vez de "ya no aguanto este proyecto", pensar "siento culpa" en vez de "siento vergüenza", exclamar "yo conocía eso" en vez de "yo sabía eso", decir "no juzgo" en vez de "no opino".

Todos los ejemplos anteriores nos muestran, que la percepción que tenemos de las cosas dependen de las palabras que usamos y cómo las enlazamos. Entre palabras que aparentemente se presentan como sinónimos, entre "sin ánimo y triste", entre "culpa y vergüenza", entre "saber y conocer", entre "juzgar y opinar", hay un mundo de diferencia y el sustituir una palabra por otra puede cambiar radicalmente la concepción que tenemos de un suceso que hemos experimentado. O mejor dicho, tal vez ni siquiera resignifica ese suceso, sino que produce uno nuevo.

En este sentido, el trabajo psicoanalítico no consta de descubrir lo que realmente pasó en una historia (la verdad) sino reescribirla, producir una nueva: "No es que Juan me ignoraba, no me amaba", "No es que mi padre me abandonó, tuvo que irse", "No es que mi hijo no hace caso, sino que piensa distinto".Cambian las palabras, cambia la historia.

Recapitulando entonces, podemos hasta ahora indicar dos determinantes que hemos dilucidado. Primero sostuvimos que usamos las palabras como si supiésemos lo que significasen (como si diera lo mismo usar una u otra), y segundo, sostuvimos que tampoco decidimos cómo estructurar las oraciones, sino que nos sometemos a una estructura previa de lenguaje que decide cómo hacerlo, y que mata nuestra libertad de expresarnos realmente como queremos.

Pero todavía queda un tercer determinante, que no tiene que ver con la estructura lingüística en sí, sino más bien desde ¿quién lo dice y desde dónde? ¿Qué decires de otros impactan sobre mí?

Tomemos para ejemplificar el caso del niño.

Cuando un niño empieza a hablar, no está aprendiendo a nombrar un mundo interior que ya tenía resuelto. Está siendo producido y organizado por una lengua (la de los padres) que no eligió, que ya estaba ahí antes de que él naciera, esperándolo con nombres (sustantivos), acciones (verbos) y características (adjetivos) que ya estaban dados y en las que viene a "encastrarse". Antes de nacer incluso ya lo nombraron, lo produjeron. Le pusieron un nombre que no eligió, lo nombraron si era "el nene fuerte" o "la nena sensible", si era "como el abuelo" o "el que será rebelde", si era el "qué le encanta el pollo" y el que "le gustará el fútbol". Hay personas que cargan el nombre de un familiar muerto, de un amor no resuelto de otro, de una expectativa que ni siquiera fue consciente para quien la nombró y fundó.

Todo eso empieza a operar antes de que tengamos alguna posibilidad de alzar la voz. O mejor dicho, antes del nacimiento hay ya toda una configuración de decires que nos impactan.

Así como los juegos de encastre donde una pieza debe encastrar con otra, no encastramos nunca perfectamente en el lenguaje y en el decir. Entre pieza y pieza, entre nosotros y ellos, queda una abertura, un vacío que no se cubre.

Hay algo en el lenguaje que excede por completo la intención de quien habla. Decimos más de lo que queremos decir, y al mismo tiempo menos, pues es como si las palabras nunca fueran suficientes para describir lo que nos pasa y es precisamente esta falta, la que nos fuerza a redundar y hablar en exceso.

Así como los juegos de encastre donde una pieza debe encastrar con otra, no encastramos nunca perfectamente en el lenguaje y en el decir. Entre pieza y pieza, entre nosotros y ellos, queda una abertura, un vacío que no se cubre. Así como los juegos de encastre donde una pieza debe encastrar con otra, no encastramos nunca perfectamente en el lenguaje y en el decir. Entre pieza y pieza, entre nosotros y ellos, queda una abertura, un vacío que no se cubre.

Es como un ejemplo burdo que siempre acoto: una canción que nos encanta y que la repetimos ochenta veces, lejos de demostrar que está genial, muestra que de la canción espero algo que precisamente nunca acontece, algo que falta y que me lleva a reproducirla una y otra vez tapando con un exceso esa falta que produce.

Ese resto descolocado, es lo que el síntoma viene a decir cuando la palabra no alcanzó.

Podemos entonces afirmar que un síntoma está estructurado como un lenguaje. Así, la interpretación que lo combate e intenta erradicarlo es como una lectura entre líneas de un texto, un pie de página del mismo.

¿No es acaso en el pie de página de un texto cuando se escucha otra voz, cuando cuestionamos al autor y le decimos "Entiendo lo que dices, pero algo dices ¿No te das cuenta que también estás diciendo esto sin saberlo?"

Si el lenguaje nos constituye antes de que podamos decidir algo, ¿qué lugar queda para la libertad? Pues la libertad se conseguirá corriendo una coma, colocando un punto en otro lado, cambiando un sustantivo por otro, matizando un verbo o haciendo un silencio en el texto para reescribir una historia y leer una nueva.

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