Por Claudio Larrea - Director del Observatorio de Inteligencia Artificial – UCCuyo
Durante los últimos años comenzó a instalarse con fuerza una idea atractiva: la existencia de una "Generación Einstein", jóvenes supuestamente más rápidos, multitarea, creativos y adaptados a los entornos digitales. El concepto, difundido por Jeroen Boschma, busca describir una generación que habría desarrollado nuevas formas de pensar y aprender en un mundo atravesado por la tecnología. Sin embargo, en la era de la Inteligencia Artificial (IA), esta idea merece ser revisada.
A primera vista, el argumento resulta convincente. Basta observar cómo los jóvenes interactúan con múltiples pantallas, navegan entre aplicaciones y se adaptan a nuevas plataformas. Pareciera que poseen una ventaja natural frente a generaciones anteriores. Pero esta percepción, aunque parcialmente cierta, oculta una realidad más compleja.
El problema central es que el concepto de Generación Einstein tiende a homogeneizar a los jóvenes, como si todos compartieran las mismas capacidades. En la práctica, esto no ocurre. Las diferencias en nivel educativo, condiciones socioeconómicas y acceso a recursos tecnológicos generan trayectorias digitales desiguales. No todos los jóvenes son igualmente competentes en el uso de tecnologías, y mucho menos en herramientas avanzadas de Inteligencia Artificial.
En esta línea, Alejandro Piscitelli advierte que la "migración digital" no es solo tecnológica, sino también cognitiva y cultural. La distinción entre nativos e inmigrantes digitales no se reduce a la edad, sino que implica formas distintas de procesar la información, aprender y construir conocimiento. Sin embargo, incluso dentro de los llamados nativos, estas capacidades no son homogéneas.
Aquí es donde la IA introduce un punto de inflexión. No se trata solo de interactuar o consumir contenido, sino de producir, analizar y tomar decisiones asistidas por sistemas complejos. Algunos jóvenes logran incorporar estas herramientas para potenciar su aprendizaje y mejorar su posicionamiento laboral. Otros, en cambio, quedan limitados a un uso superficial.
Esta diferencia puede comprenderse a partir de los aportes de Pierre Bourdieu, quien explicó que las desigualdades sociales se estructuran en torno al capital cultural. Hoy, ese capital adopta una nueva forma: el capital digital. No alcanza con tener acceso a dispositivos o conectividad; es necesario contar con habilidades para utilizar la tecnología de manera crítica y productiva.
Desde esta perspectiva, la Inteligencia Artificial no confirma la existencia de una Generación Einstein homogénea. Por el contrario, la fragmenta. Expone las diferencias entre quienes pueden convertirse en actores activos del ecosistema digital y quienes quedan relegados.
En contextos como el argentino, donde las brechas educativas y sociales siguen siendo significativas, esta situación adquiere relevancia. La expansión de la conectividad es un avance importante, pero no suficiente. El desafío es garantizar que esa conectividad se traduzca en capacidades reales de participación en la sociedad digital.
El riesgo de sostener el mito de la Generación Einstein es invisibilizar estas desigualdades. Si se asume que todos los jóvenes están preparados, se pierde de vista la necesidad de formar competencias y diseñar políticas inclusivas.
La Inteligencia Artificial está redefiniendo las reglas del juego. Y en ese escenario, lo que no estamos viendo es que no existe una generación homogénea, sino experiencias marcadas por el acceso desigual al capital digital. Reconocer esta realidad es clave para evitar que la tecnología profundice aún más las desigualdades existentes.