7 de abril de 2026 - 04:00

La necesidad de establecer límites en el uso de pantallas en la primera infancia

La escena se repite en restaurantes, salas de espera y hasta en cochecitos de paseo: niños pequeños absortos frente a una tablet o sosteniendo el teléfono móvil de sus padres para mantenerse "tranquilos". La naturalización de esta práctica, cada vez más extendida, está encendiendo señales de alerta en la comunidad médica y educativa. El problema no es tecnológico en sí mismo, sino el uso precoz, intensivo y sin regulación de pantallas en edades en las que el cerebro está en pleno proceso de maduración.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) es clara: los niños no deberían estar expuestos a pantallas antes de los dos años. En la misma línea, UNICEF y una plataforma internacional de expertos han advertido sobre la urgencia de tomar conciencia y fijar límites, porque el desarrollo cognitivo y emocional depende en gran medida de las experiencias reales, el juego libre y la interacción cara a cara.

Más de 60 entidades vinculadas a la infancia -entre asociaciones de familias, pediatras, psicólogos y educadores- han suscripto un documento con siete propuestas orientadas a fomentar un uso proporcionado de la tecnología. El llamado no es caprichoso. En guarderías y escuelas infantiles ya se observan señales preocupantes: retrasos en el lenguaje, dificultades de atención, baja tolerancia a la frustración, irritabilidad y problemas para establecer vínculos. Son indicadores que, si bien no pueden atribuirse exclusivamente a las pantallas, sí muestran una correlación inquietante con la sobreexposición digital.

El fenómeno es relativamente nuevo y todavía no se conocen en profundidad los efectos a largo plazo de la hiperestimulación o de una posible adicción comportamental en edades tan tempranas. Sin embargo, el principio de precaución debería imponerse. Cuando un niño pequeño reacciona con enojo, llanto desmedido o ansiedad ante la retirada de un dispositivo, estamos frente a una señal que merece atención. Estos comportamientos deberían formar parte de los controles pediátricos habituales, del mismo modo que se evalúan el crecimiento físico o el calendario de vacunación.

Las recomendaciones son claras: promover investigaciones en universidades para generar evidencia sólida sobre los efectos nocivos de la sobreexposición; mejorar la regulación y clasificación de contenidos audiovisuales; y, sobre todo, dejar de normalizar el uso de pantallas antes de los tres años. También se propone impulsar campañas de concientización que ofrezcan alternativas concretas al entretenimiento digital: juego simbólico, actividades manipulativas, lectura compartida y tiempo al aire libre.

En un contexto familiar donde teléfonos, tabletas, computadoras y televisores ocupan un lugar central, el desafío no es sencillo. Pero la responsabilidad es indelegable. Limitar o evitar la entrega de dispositivos a los más pequeños no es una actitud retrógrada, sino una medida preventiva. Si queremos niños con mayor capacidad de atención, mejor lenguaje y vínculos más sólidos, el primer paso es asumir que el desarrollo saludable no puede quedar librado a la comodidad momentánea de una pantalla encendida.

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