Por Lic. Prof. Fernando A. Ocampo Bravo - Profesor
Por Lic. Prof. Fernando A. Ocampo Bravo - Profesor
El deporte es un escenario en el que, en principio, la competencia depende de las destrezas mentales y físicas de los deportistas, quienes, con su nivel deportivo, llevan a sus equipos o disciplinas a la victoria. Sin embargo, la historia ha demostrado que no siempre es así: la política está tan relacionada con el deporte como los medios de comunicación y los distintos factores de poder, incluso los denominados narcoestados.
Haciendo un poco de historia, la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, se sublimó a través del fútbol. Más adelante, la Guerra Fría, que dividió al mundo entre capitalismo y comunismo, también encontró en el deporte un escenario de confrontación simbólica. El deporte ha servido para catalizar procesos de reconciliación, pero también para abrir heridas. En 1969, por ejemplo, Honduras y El Salvador se enfrentaron en una guerra luego de un partido de fútbol.
Uno de los casos más emblemáticos ocurrió en 1936, durante los Juegos Olímpicos de Berlín. Adolf Hitler utilizó esa celebración para promocionar el nazismo y demostrar la supuesta superioridad de la raza aria. Sin embargo, el afroestadounidense Jesse Owens obtuvo cuatro medallas de oro en 100 y 200 metros llanos, salto en largo y relevos 4x100, desmintiendo esa ideología.
En el boxeo también hubo episodios cargados de significado político. En 1936, el alemán Max Schmeling derrotó en Nueva York al estadounidense Joe Louis, hecho celebrado por el régimen nazi y el Ku Klux Klan. Pero dos años después, Louis, ya campeón mundial, noqueó a Schmeling en el primer asalto. Ese combate fue interpretado como una derrota simbólica del discurso de supremacía aria.
Otro hecho de enorme impacto ocurrió en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972. El 5 de septiembre, un grupo palestino denominado Septiembre Negro tomó como rehenes a deportistas israelíes y exigió la liberación de 200 presos palestinos. El desenlace dejó 18 muertos: 11 israelíes, cinco secuestradores, un piloto y un policía.
Durante la Guerra Fría, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética utilizaron el deporte como instrumento político. Estados Unidos boicoteó los Juegos Olímpicos de Moscú 1980 en protesta por la invasión soviética a Afganistán, mientras que la URSS respondió con el boicot a Los Ángeles 1984. En ambos casos, decenas de países se sumaron, afectando seriamente el espíritu olímpico.
Otro ejemplo notable fue la Copa del Mundo de Rugby de 1995. En Johannesburgo, la selección sudafricana de los Springboks venció a Nueva Zelanda y Nelson Mandela aprovechó ese triunfo para impulsar la reconciliación entre negros y blancos, luego del apartheid.
En la Argentina, uno de los momentos más recordados fue el 22 de junio de 1986, cuando la selección nacional derrotó 2-1 a Inglaterra en los cuartos de final del Mundial de México. Diego Maradona marcó la "Mano de Dios" y el "Gol del Siglo". El encuentro tuvo una enorme carga emocional por la reciente Guerra de Malvinas y fue vivido por muchos argentinos como una revancha simbólica.
La relación entre deporte y política continúa vigente. En el Congreso de la FIFA realizado en Vancouver en 2026, el presidente Gianni Infantino intentó que los representantes de Palestina e Israel se estrecharan la mano, pero el dirigente palestino Jibril Rajoub se negó rotundamente.
Rajoub cuestionó además la decisión de la FIFA de no sancionar a Israel por la participación de clubes radicados en asentamientos en Cisjordania. La situación dejó en evidencia que el conflicto político sigue trasladándose a los escenarios deportivos.
También Irán confirmó su participación en el Mundial de 2026, aunque presentó una serie de condiciones a Estados Unidos, México y Canadá, entre ellas garantías de seguridad, visados para toda la delegación y respeto por su bandera y su himno nacional.
En primer lugar, es necesario diferenciar entre el deporte amateur, vinculado al ejercicio físico y a los valores formativos, y el deporte profesional y de masas, donde el espectáculo y los intereses económicos y políticos tienen un peso considerable.
En este segundo ámbito es donde surge la polémica, ya que, como muestran los ejemplos históricos, la separación entre deporte y política ha sido siempre difícil.
El ideal del olimpismo moderno fue promover la paz y mantener al deporte alejado de las disputas políticas. Sin embargo, hoy tanto el Comité Olímpico Internacional como la FIFA admiten manifestaciones contra el racismo, la homofobia y la violencia de género, siempre dentro de ciertos límites.
Lo deseable es que el deporte siga siendo un espacio de encuentro y competencia noble, sin renunciar a la defensa de causas justas. Pero surge una pregunta inevitable: ¿hay algo verdaderamente ajeno a la política? Encontrar ese equilibrio sigue siendo el gran desafío.