Por Dr. Miguel Ángel Licciardi - Presidente de la Asociación Cultural Sanmartiniana
Por Dr. Miguel Ángel Licciardi - Presidente de la Asociación Cultural Sanmartiniana
"Si algún servicio tiene que agradecerme la América, es el de mi retirada de Lima, paso que no solo comprometía mi honor y reputación, sino que me era tanto más sensible, cuanto que conocía que con las fuerzas reunidas en Colombia, la guerra de la independencia hubiera sido terminada en todo el año 1823". Así le escribía el Gral. San Martín al Presidente del Perú Mariscal Ramón Castilla, el 11 de septiembre de 1848, sobre la entrevista en Guayaquil con el General Simón Bolívar que tuvo lugar los días 26 y 27 de julio de 1822. Luego de aquel acontecimiento, San Martín confiesa que su resolución de retirarse del Perú, fue tomada en el acto, creyendo hacer el último sacrificio en beneficio del país. Expresándole al Libertador de Colombia en presencia del Vicealmirante Blanco que habiendo dejado convocado el Congreso para el próximo mes, el día de su instalación sería el último de su presencia en el Perú. "Ahora le queda a Ud. General un nuevo campo de gloria en el que va Ud. a poner el último sello a la Libertad de América". San Martín y Bolívar no cabían en el Perú.
El prócer dejaría el Perú, pasaría a Chile, para verse con el General Bernardo O' Higgins, y más tarde, en enero de 1823 a Mendoza desde donde pretendía dirigirse a Buenos Aires. Los difíciles momentos políticos que se vivían en el Rio de la Plata, principalmente las amenazas contra su vida, dirigidas desde el Gobierno de Buenos Aires, lo obligarían a permanecer en su ínsula cuyana por algún tiempo. San Martín refiere al gobierno de Buenos Aires, que no solo le formó un bloqueo de espías, sino que le hizo una guerra poco noble en los papeles públicos, situación que se complicaba aún más, frente al delicado estado de salud de su esposa Remedios, quien fallecería el 3 de agosto de ese año. Martín Rodríguez y Bernardino Rivadavia, mandaban por ese entonces en aquella provincia.
Finalmente, en noviembre de 1823, San Martín pasaría a Buenos Aires. Allí visitó el sepulcro de Remedios en el cementerio de la Recoleta, donde hizo colocar una lapida "Remedios Escalada, esposa y amiga del General San Martín".
El 10 de febrero de 1824 partió con su pequeña hija Mercedes, rumbo a Francia. Desembarcó en el Havre, pero -por su condición de revolucionario- se le impidió ingresar al país, donde estaba restaurada la monarquía de los Borbones. Se dirigió a Inglaterra y a fin de año a Bruselas, donde residió hasta 1830, en que finalmente se le permitió entrar a Francia, donde había caído el Rey Carlos X, el último Borbón.
Fue el momento más difícil del Libertador, en tanto su situación económica y su salud estaban bastantes comprometidas.
En 1834, y con la ayuda de su amigo el marqués Alejandro Aguado, antiguo compañero de armas en el Ejército Español y actual banquero del Rey de España Fernando VII, logra adquirir una casa en Grand Bourg, localidad de Evry a 30 km al sur de Paris. Allí recibió en 1843 a Juan Bautista Alberdi, al año siguiente a Florencio Varela y en 1846 y 1847 a Domingo Faustino Sarmiento.
A raíz de la Revolución de 1848 que se desató en Paris, decidió trasladarse junto a su familia a la localidad de Boulogne Sur Mer a 300 km al norte de Paris y cerca del paso de Calais. Allí habitó el 2° piso de la casa ubicada en la Grand Rue 105, de propiedad del abogado Adolfhe Gérard, director de la biblioteca de la ciudad. En la misma que hoy es un admirable y emotivo museo sanmartiniano.
Falleció a las tres de la tarde del 17 de agosto de 1850, en compañía de su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce, sus nietas María Mercedes y Josefa Dominga, su médico, Dr. Jordán y el Sr. Javier Rosales, encargado diplomático de Chile en Francia.
Ese día San Martín se levantó sereno y se trasladó a la habitación de su hija, donde pidió que le leyeran los diarios, tomó algún alimento e hizo poner rapé en una caja para invitar a su médico cuando llegase. El profesional lo visitó esa mañana. Nada de anormal descubrieron en él quienes lo acompañaban, pero a las dos de la tarde entró en crisis y sin abandonar la habitación lo colocaron en la cama de Mercedes, a quien le exclamó "es la fatiga de la muerte" y luego dirigiéndose a Balcarce, le pronunció la últimas palabras: "Mariano a mi cuarto" y después de un movimiento convulsivo, expiró.
En el curso de su larga carrera, no hizo la menor concesión de sus principios. La libertad política no era posible, y la dignidad humana no podía ser salvada sino con el mantenimiento inflexible del orden.