21 de octubre de 2026 - 04:00

La semilla de la tradición

Por Dr. Mario Alfredo Luna - Abogado y Expresidente del Concejo Deliberante de Jáchal

La fiesta de la Tradición Jachallera otra vez renueva el vínculo con la tradición argentina de Martín Fierro, pues el 10 de noviembre reúne a un pueblo entero en torno a lo que lo hace ser quien es: la copla, el caballo, la guitarra, el mate compartido. Es la fecha en que se recuerda el natalicio de José Hernández, y Jáchal la hace propia a su manera. Y como diría el Chango Huaqueño, en noviembre revienta la semilla de la tradición: lo que estuvo todo el año bajo la tierra, cuidado en silencio por familias, payadores y paisanos, brota a la luz y se vuelve fiesta.

No es casual que sea así. El Martín Fierro de Hernández le dio voz a un hombre al que casi nadie quería escuchar: el gaucho, el paisano del interior, el que cargaba con el peso de las leyes que otros escribían. Desde entonces, el poema dejó de ser solo literatura para convertirse en una manera de reconocernos. Cuando un pueblo recuerda a Hernández, no recuerda únicamente a un escritor: se reconoce en una historia de dignidad, de trabajo y de resistencia que todavía nos pertenece.

Jáchal la hace propia porque aquí la tradición no es solo memoria, también es obra. Está en la creación de don Buenaventura Luna, el gran poeta cuyano, hijo de esta tierra jachallera, cuya palabra le dio voz a los paisajes, a los oficios y a la gente de Cuyo. Tal fue su dimensión que Atahualpa Yupanqui llegó a decir que el escenario de Cosquín bien podría llamarse Buenaventura Luna. Quien recibe ese reconocimiento de Yupanqui no es solo un poeta: es un fundador de nuestra manera de decirnos. Y es también, para nosotros, una responsabilidad: la de no dejar que su obra quede en los libros y en los homenajes de ocasión, sino que siga viva en la boca y en las manos de las nuevas generaciones.

En noviembre revienta la semilla de la tradición: lo que estuvo todo el año bajo la tierra, cuidado en silencio por familias, payadores y paisanos, brota a la luz y se vuelve fiesta. En noviembre revienta la semilla de la tradición: lo que estuvo todo el año bajo la tierra, cuidado en silencio por familias, payadores y paisanos, brota a la luz y se vuelve fiesta.

Por eso la Fiesta de la Tradición es mucho más que un recital. Un recital se mira desde la platea y se aplaude; una fiesta como esta se vive, se comparte y se hereda. Es, además, una fiesta con sentido patriótico. Su núcleo central es el fogón de los arrieros, donde la palabra, la copla y el silencio alrededor del fuego ponen en valor una idea que nos excede a todos: la unidad nacional. Los arrieros eran quienes unían los pueblos, quienes cruzaban distancias y llevaban noticias, oficios y cantos de un lugar a otro. Alrededor de su fogón no hay provincias ni banderías, hay argentinos compartiendo lo que los une.

Vale la pena detenerse en ese gesto, sobre todo en tiempos en que sobran las razones para dividirnos. Mientras todo parece medirse en urgencias y en pantallas, un fogón nos recuerda que hay cosas que solo se transmiten de persona a persona, cerca del fuego, escuchando al que sabe y cantando con el que está al lado. La tradición, bien entendida, no es nostalgia ni museo: es la manera en que un pueblo se cuida a sí mismo, se explica de dónde viene y decide qué quiere conservar para los que vienen detrás.

Ahí está, otra vez, la semilla. Cuidada todo el año por quienes no necesitan escenario para sostener lo suyo, vuelve a reventar en noviembre. Jáchal la recibe como siempre: con el fogón encendido, con la guitarra afinada y con la certeza de que, mientras haya un pueblo que se reúna a cantar lo que es, la Argentina de Martín Fierro, de Buenaventura Luna y del Chango Huaqueño seguirá estando de pie.

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