En la intimidad de nuestras conciencias, los pensamientos son representados con silenciosas palabras. Cuando éstas resuenan allí repetidamente, se transforman en acciones. Si repetimos continuamente una acción, ésta se vuelve una costumbre, la cual nos conduce a un destino que será ya muy difícil cambiar.
En este proceso de ascensión (o decadencia) espiritual, las palabras que hilan nuestros primeros pensamientos tienen un papel determinante, con ellas poblamos nuestra existencia con significados más o menos permanentes. Gracias a ellas, por ejemplo, racionalizamos el significado de la palabra "amor” para entenderla como una actitud comprometida con valores como la fidelidad, la paciencia y la piedad, y no solamente con impulsos esporádicos que nos dicta el deseo sexual. Es ese significado de la palabra el que nos impulsa a pronunciarnos ante un acto como moral o inmoral.
Cuando en el hombre la voluntad es débil, los anhelos irracionales claman ser legitimados en términos de una filosofía racional y una ética tradicionalmente aceptada. Por ejemplo, el caso del "certo bálsamo” (que le ofrece Zerlina a Masetto en la sensual ópera "Don Juan” de Da Ponte), que para beberlo con buena conciencia no nos queda más remedio que recurrir a lo que prescribe la farmacopea de la moral pública, esto es, en la forma oficial del matrimonio.
En Inglaterra del Siglo XIX, el Reverendo Henry James intentó en vano institucionalizar una excéntrica doctrina y crear una secta con el solo objeto de justificar su promiscuidad sexual. El "Vox Populi, Vox Dei” (la Voz del Pueblo, la Voz de Dios) se pronunció clara y contundentemente ante los sofismas de James que pretendían justificar su concupiscencia. Pero resulta que desde hace más de 100 años hasta el presente, esa voz ha permanecido muda ante los estragos causados por otros pecados que envenenan el alma, multiplican los conflictos sociales y frenan la marcha ascendente de la humanidad, como por ejemplo, la tóxica y demoledora envidia igualitaria, que ha ido ganando terreno en la filosofía, en la vida política, en la teoría y práctica del derecho, y en el seno de muchas sectas y religiones.
Hace más de un siglo, dentro de partidos políticos populistas del mundo, se estaba sellando un pacto fáustico entre los candidatos y los futuros gobernados, esto es, canjear pecados por abstracciones urdidas de sofismas intelectuales y dialécticos como el igualitarismo socialista, para que más tarde sean intimados a los que se opusieran a la nueva dictadura de las masas.
A continuación describiré la arquitectura intelectual de tales falacias: Personas reales como "Sánchez, Gómez o Pérez” son despersonalizadas para ser disueltas en abstracciones tales como; "los negros, los judíos, los oligarcas, o los de la clase humilde o trabajadora”. ¿Por qué y para qué? Porque donde sea que hayan "personas reales” hay cuestionamientos morales. Todos sabemos que odiar, vengar o envidiar a personas concretas es malo, pero cuando un hombre o una mujer en particular es pensado como un mero representante de una clase, la cual ha sido previamente definida, por ejemplo, como "malvada” y que personifica al mismo demonio (como la abstracción de los nazis sobre los judíos, o la clase oligárquica para los socialistas), o en otros casos "’sacralizada” (como la abstracción de los demagogos acerca de "la clase humilde” o "trabajadora”), entonces la mala conciencia de asesinar, marginar, desposeer, rebajar o apañar, desaparece.
Según Aldous Huxley, las filosofías son empleadas como instrumentos políticos para que gobernantes y gobernados, en complicidad, puedan ejecutar con sangre fría cosas que, sin ellas, deberían ser realizadas espasmódicamente, en el fuego de la pasión, y bajo la amenaza del consecuente remordimiento. De ese modo, oscuras pasiones como el homicidio, el hurto, la envidia, la marginación o el resentimiento son justificadas con estos errores lingüísticos, es decir, hablar de ciertas categorías de personas reales como si fueran meras abstracciones.
La estupidez de filósofos, gobernantes y políticos de pensar un mundo de personas reales como si fueran abstracciones personificadas en símbolos como "la clase humilde”, "los oligarcas”, "los judíos” o los "marxistas” (ya sea para sacralizar o demonizar individuos reales), se debe principalmente a sus intereses personales, sus ansias de poder, sus frustraciones o sus resentimientos; mientras que los gobernados juran lealtad a esas abstracciones para gratificar sus apetitos personales que la moral convencional y los buenos modales no les permiten.
Creo que la política podrá ejercer su función ética y será efectivamente integradora cuando cumpla esta condición; que los problemas sociales sean pensados y discutidos solo en términos de realidad concreta, esto es, de personas concretas.
Despersonalizar a seres humanos y personalizar abstracciones encasillándolos en ellas, son dos errores complementarios.
Si realmente anhelamos un país en donde la justicia y la paz sean el punto de partida de una sostenida prosperidad, es necesario purgar nuestro pensamiento y vocabulario político para pensar y juzgar "a Sánchez, a Gómez y a Pérez” por lo que realmente cada uno es.
(*) Escritor.
