8 de agosto de 2017 - 00:00

Desde la cárcel de las adicciones

En junio de 2017, el Sedronar presentó el Estudio de Consumo de Sustancias Psicoactivas. El informe arroja datos preocupantes: el 50% de los jóvenes consumen alcohol y se triplicó el consumo de marihuana. Este aumento se da en jóvenes de entre 12 y 17 años. En los últimos 7 años se triplicó el consumo de cocaína y el éxtasis aumentó un 200%. Estas cifras plantean inquietantes interrogantes: ¿por qué se autolastiman nuestros jóvenes?; ¿por qué anestesian su voluntad tratando de evadir sus circunstancias?

La Psicología aporta algunas respuestas que pueden ayudarnos: se anestesian tristezas y angustias que no sabemos asumir ni encauzar. Se evaden realidades marcadas por el desencanto y falta de sentido de la vida.

La doctora Elizabeth Lukas, lo resume sabiamente: "o bien la situación se ha vuelto insalvable o bien el aburrimiento se ha vuelto insoportable". En ambos casos la evasión se manifiesta en el autodaño al propio cuerpo.

Como madre y docente siempre me pregunto, -¿cómo ayudarlos en la tarea de recuperación? Pienso que lo primero es tener en cuenta que el tratamiento no viene exclusivamente de afuera hacia adentro, viene del interior de la persona adicta. Por eso, para vencer las conductas adictivas, se necesita fortaleza y libertad. Precisamente, la adicción es la cárcel donde ambas naufragan.

Victor Frankl hablando de la libertad, decía que la persona puede permanecer incondicionada, a pesar de toda su condicionalidad. Por eso, Nelson Mandela, encarcelado por luchar contra la discriminación racial, recitó durante los 27 años de encierro, el poema Invictus de Williams Henley: "Soy el amo de mi destino y el capitán de mi barco". Era una forma de resistir y recordarse a sí mismo el valor de su libertad interior. Mandela estuvo en la cárcel, pero nunca estuvo preso. Esa fuerza de la libertad que se traduce en autodominio es lo que arrasa la adicción y lo que debe fortalecerse.

Junto a la determinación firme, el adicto debe además transitar el sinuoso camino del autoperdón: aprender a perdonarse para reconciliarse consigo mismo. La vida moral individual es una larga calzada donde abundan caídas y tropiezos. Suele pasar a adictos y no tantos, que el remordimiento nos sumerge en el abismo de la desesperanza. Y no hay nada que lo hunda más en la oscuridad donde habita que no aprender a perdonarse. Saber consultar el reloj es clave en esta lucha: cuando marque la hora 25, cuando todo parece irremediablemente perdido, saber que esa es la hora del perdón y de volver a empezar.

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