Jesús tomó a Pedro, A Santiago y a su hermano Juan  y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.  De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.  Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: “Este es mi Hijo muy querido en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.  Jesús se acercó a ellos y tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”.  Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.  Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos” (Mt 17,1-9).

 

En los tres evangelios sinópticos la confesión de Pedro y el relato de la transfiguración de Jesús están enlazados entre sí por una referencia temporal. Mateo y Marcos dicen: “Seis días después tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan” (Mt 17,1; Mc 9,2).  En el evangelio de Lucas se dice: “Unos ocho días después…” (Lc 9,28).  Esto indica que los dos acontecimientos en los que Pedro desempeña un papel destacado, la confesión en la que dice “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”, y la transfiguración, están relacionados.  En Israel hay dos fiestas judías en otoño: primero el “Yom Hakkippurim”, la gran fiesta de la expiación; seis días más tarde, la fiesta de las Tiendas (Sukkot) que dura una semana. Esto significaría que la confesión de Pedro tuvo lugar en el gran día de la expiación y que, desde el punto de vista teológico, se la debería interpretar en el  trasfondo de esta fiesta, única ocasión del año en la que el sumo sacerdote pronuncia solemnemente el nombre de Yahvé en el lugar más sagrado del templo, el “sancta sanctorum”.  Los seis o cerca de ocho días harían referencia entonces a la semana de la fiesta de las Tiendas; por tanto la transfiguración de Jesús habría tenido lugar el último día de esta fiesta, que al mismo tiempo era su punto culminante.

 

En la Transfiguración se dice que Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Volveremos a encontrar a los tres juntos en el monte de los Olivos (cf. Mc 14,33), en la extrema angustia de Jesús, como imagen que contrasta con la de la transfiguración, aunque ambas están inseparablemente relacionadas entre sí.  No podemos dejar de ver la relación con Éxodo 24, donde Moisés lleva consigo en su ascensión a Aarón, Nadab y Abihú, además de los setenta ancianos de Israel.  De nuevo nos encontramos con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios. Hay diversos montes en la vida de Jesús, pero forman un todo único: el monte de la oración, el monte de la transfiguración, el monte de la angustia, el monte de la cruz, y por último, el monte de la ascensión. En la Sagrada Escritura, el monte es lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza.  El texto de hoy, segundo domingo de Cuaresma, es una invitación a tener la experiencia del monte: dejar por un momento la rutina de lo cotidiano para vivir la cercanía fuerte de Dios.  Lucas es el único de los evangelistas que señala el objetivo de subir al monte: subió “a lo alto de una montaña para orar”; y, a partir de ahí, explica el acontecimiento del que son testigos los tres discípulos: “Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco” (9,29). 

 

La transfiguración es un acontecimiento de oración.  Es la fiesta de la belleza del rostro de Cristo.  El rostro es la grafía del alma, la escritura del corazón: Dios tiene un corazón de luz.  El rostro de Jesús es el otro rostro del hombre.  La vida humana no es otra cosa que la alegría y la fatiga de liberar toda la belleza y la luz que Dios ha depositado dentro de nosotros, para vivir transfigurados.  La Transfiguración comienza en esta vida.  El primer camino es la oración que hace más luminosos el rostro.  Es necesario mirar con ojos nuevos para transfigurar.  Como Jesús, que en Pedro ve a la roca, en la mujer de los siete demonios ve una discípula, en Zaqueo ve a un hombre generoso. Aprender a mirar con los ojos de Dios toda la luz que hay en el prójimo: eso es vivir la Transfiguración.