La política encorvada

La Política se parece, a veces, a aquella mujer encorvada que Jesús sana en el día de reposo (Lc. 13,10-17). Repare el lector, que digo "a veces", como sinónimo de en ocasiones o de vez en cuando. Decir siempre y decir todos es una generalización injusta. 

La imagen bíblica de la mujer encorvada es fuerte. Porque "encorvada", palabra de raíz latina, significa doblada, arqueada, curvada hacia adentro. De tanto mirarse a sí misma, la política queda inclinada, arrinconada. Nada más alejado de su verdadero significado y de su misión. Etimológicamente, política proviene del latín y alude a la cosa pública. Y está pensada para servir a la sociedad civil de la cual deriva. Su objetivo es garantizar el bien común, resolviendo los conflictos que surgen en la comunidad. Pero encerrada en sus propios laberintos, lejos de desatar, termina promoviendo más conflictos y división.

AUTORREFERENCIALIDAD Y POLÍTICA

Envuelta en su autorreferencialidad, la política suele quedar aislada. Preocupada por visibilizar en exceso su protagonismo, termina invisibilizando al ciudadano y sus problemas cotidianos. Y así, en su afán por utilizar sus conceptos como único criterio para explicar la realidad, queda confinada en círculos cada vez más cerrados, dañada y alejada de la gente. 

Los efectos de esta autorreferencialidad son claros. Mientras crece su aislamiento, la distancia se traduce en cansancio y decepción en el ciudadano común. 

Si la política sólo se mira a sí misma, en lugar de referirse y mirar a ese otro que es la sociedad, contradice su propia razón de ser. Es una especie de narcisismo del que no puede salir. Esta preocupación extrema por sí misma, se traduce en resistencia al cambio y falta de empatía hacia los demás. No podrá ver otras realidades ni otras perspectivas. Se endiosó la herramienta en detrimento de la vocación. 

LA POLÍTICA, ESE ARTE DIFÍCIL Y NOBLE

Bien entendida, la política es un arte difícil y noble que requiere vocación, entrega, sacrificios y anclaje en virtudes morales. La mayor autoridad del político no se la dan los cargos ni los votos, sino la autoridad moral de su propio testimonio. Más que elocuentes las palabras de Pablo VI cuando decía que "el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio" (Evangelii Nuntiandi, 41). 

La política es una valiosa herramienta para la transformación de aquellas realidades sociales injustas que lastiman e interpelan. Por eso la Iglesia aprecia la actividad política. Ya Pío XI decía que la política es la forma suprema de la caridad. Conceptos que serán tomados por el Concilio Vaticano II, al afirmar que: "La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan las cargas de este oficio" (Gaudium et Spes, 75).

Ahora bien, cierta forma de hacer política está enferma de autorreferencialidad. Pero la antipolítica no es la salida. Todo lo contrario. En su búsqueda permanente del bien común, la política verdadera es necesaria para hacer posible la paz y amistad social. La antipolítica esencialmente negativa y pasiva, desmotiva y desalienta la participación ciudadana. La antipolítica nos deja sin fuerzas, sin sueños ni esperanzas. La política nos da las utopías y nos presta las alas.

 

Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo

 

LAS MAS LEIDAS