De verdad que el mundo del delito no tiene límites, tiene sí recursos asombrosos, tan asombrosos que una persona normal no los puede imaginar. Desde el siglo XV a la actualidad se entiende por delito la acción u omisión voluntaria, castigada por la ley. Por ejemplo, castigar a quien va contra la seguridad o el orden del estado o los poderes y autoridades del mismo.
Pero ¿cómo entender específicamente a la autoridad? No es sólo quien ejerce el poder de mando en una jurisdicción sino quien, por sus procederes, ha adquirido fama, crédito, respeto y estimación.
Evidentemente hay entre esta ola del delito actual y la autoridad una distancia muy difícil de recorrer y es fácil comprenderlo porque el delito cambia sus procedimientos de acuerdo con las circunstancias y la autoridad tiene códigos estables de actuación.
Esa diferencia espacial favorece a la delincuencia y perjudica a las comunidades, de manera que algo debería cambiarse para que la autoridad tenga una flexibilidad de acción que le permita proceder rápidamente.
Lo otro que cuesta entender es que entre los delincuentes haya tantos menores. En estos días se escapó de donde estaba detenido un chico de 13 años de edad que ya cometió 5 delitos graves. Esto pasó en el gran Buenos Aires.
Nada se sabe sobre el destino cultural de estos chicos, es decir si van a la escuela y, en todo caso, a qué establecimientos son y como se portan en ellos. Se sabe sí que hay docentes que no hablan por miedo a las represalias o venganzas.
Lo peor de esta situación es que si estos chicos que hoy están en el delito no son encausados con cierta celeridad, le cambiarán el rostro a la sociedad de una manera tal que anularán los valores de la convivencia.
Tampoco se sabe si en el país alcanzan entidades para esa finalidad o si por la realidad actual se necesita estructurar otros organismos en los cuales el objetivo sea alcanzar un cambio visible en las conductas que hoy se observan en los chicos que ya están en el campo del delito.
Hay que penetrar la vida de quienes están en asentamientos urbanos impenetrables como lo está haciendo Brasil en sus famosas fabelas. Penetrar esas vidas es mejorar o trazar los caminos, ofrecerles planes de salud, de educación y de vivienda. No hay otra salida para un programa que tienda a la equidad como objetivo social común a toda una población.
Cuesta mucho creer que al comenzar la segunda década del siglo XXI haya gente que afronta problemas graves de supervivencia sin que hayan sido tratados antes, porque mucha gente sabía lo que estaba pasando.
