Gustav Thibon basó su filosofía entre biblioteca y campo.


A Gustav Thibon se lo podría llamar también "filósofo de periferia". Viene a mi memoria la primera juventud, cuando mons. Jorge Lona me prestó algunos textos de este pensador francés, entre ellos La Escala de Jacob. Hoy viene recordado así, como un filósofo de campaña, con un epíteto para nada despreciativo. Más aún, expresa toda su nobleza y originalidad de su perspectiva, porque Gustave Thibon ha hecho de la concreción de la tierra y el campo no sólo su hábitat preferido sino también el punto de partida de su pensamiento, tanto vital y a contracorriente para nuestra época, signada por lo políticamente correcto. "Mi vida no tiene nada de ejemplar y no amo las exposiciones públicas". Se explica así, en parte, la marginalidad a la que fue condenada su figura. El mariscal Petain hizo una encendida defensa cuando sus detractores intentaron embarrarlo contándolo entre las filas de los colaboracionistas de Vichy. 


Pocos saben que Thibon fue amigo íntimo di Simone Weil, mística escritora de origen hebreo que lo consideraba "un francés como no se encuentran desde hace tres siglos a esta parte". Fue él que la recibió en su casa cuando durante la segunda guerra mundial la pensadora discriminada decidió retirarse a la campaña. Y a Thibon debe su misma notoriedad, dado que fue él quien publicó -después de la muerte de su amiga- La Sombra y la Gracia (1947), una serie de pensamientos que hizo conocer al mundo a Simone Weil. Una fama por el contrario, negada al erudito campesino.


La casa editorial D'Ettoris acaba de publicar su libro Il tempo perduto, l'eternità ritrovata. Aforismi sapienziali per un ritorno al reale (2019). Una fuente de sabiduría inagotable, un texto que hace justicia a un hombre a quien, en 1964, fue premiado con el "Grand Prix de Littérature" de la Academia de Francia.


Vasta fue la producción literaria de Thibon. Sus ensayos conocen la literatura, la historia, y la filosofía. Un autodidacta que no visitó las aulas universitarias. Solo aprendió el latín, el alemán, el italiano y el español, leyendo ávidamente a Céline, Proust, Hugo, Baudelaire o el poeta provenzal Mistral.


Nació en el 1903 a Saint-Marcel-d'Ardèche, sur de Francia, y obligado a interrumpir sus estudios cuando estalla la Primera Guerra Mundial, para cuidar las tierras de su padre, enviado al frente de batalla. Y hasta el fin de sus días, un 19 de enero de 2001, Thibon se dividió entre biblioteca y campo, en compañía de la mujer y sus tres hijos. Amigo de Jacques Maritain, reencontró de adulto la fe abandonada durante la adolescencia. "El catolicismo fue para mí un salvavidas en el océano de la vida terrena".


En la edad media no se conocía los misterios de la vida humana y cósmica como ahora, pero se poseía la clave de lectura de todo lo real: Dios mismo. A partir de Descartes, se ha explorado a fondo el cosmos y la antropología con detalle, pero en el curso de esta búsqueda se ha extraviado esa clave de lectura: lo divino.


Thibon no vive del pasado sino de lo eterno. Es suya la expresión que dice que "lo que no es eternidad ganada, es tiempo perdido". El escritor siente la necesidad de la eternidad -y no sólo para entrar en una vida nueva- sino para revivir, a la luz del sol sin tramonto, esta vida de aquí pero en plenitud de gracia y amor. Faltaría algo a la eternidad si ello no fuese también, tiempo recuperado.

Por el Pbro. Dr. José Juan García
Vicerrector de la Universidad Católica de Cuyo