La fiesta de hoy, llamada "Corpus Christi", se remonta al siglo XIII y fue instituida por el Papa Urbano IV el 8 de septiembre de 1264, para conmemorar la institución de la Eucaristía y tributar un culto público y solemne a este divino sacramento. Después del tiempo fuerte del año litúrgico, que, centrándose en la Pascua se prolonga durante tres meses: primero los cuarenta días de la Cuaresma y luego los cincuenta del Tiempo Pascual, la liturgia nos invita a celebrar tres fiestas que tienen un carácter "sintético": la Santísima Trinidad, el "Corpus Christi" y, por último, el Sagrado Corazón de Jesús.

El significado específico de la solemnidad de hoy nos lo manifiesta la celebración misma con el desarrollo de tres gestos fundamentales: ante todo, los cristianos se "reúnen" alrededor del altar del Señor para estar juntos en su presencia. Viene a la mente la famosa expresión de Pablo: "Ya no hay judío, ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús" (Gál 3,28). "Todos ustedes son uno". En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la innovación trascendente que tiene lugar alrededor de la Eucaristía: en presencia del Señor se reúnen personas de edad, sexo, condición social e ideas políticas diferentes. La Misa no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas elegidas según afinidades o amistad. Cuando se participa en ella, no elegimos con quién queremos reunirnos. Vamos y nos encontramos unos junto a otros, unidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo. Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de él. Por eso es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan de hecho en sentido opuesto. Por tanto, el "Corpus Christi" ante todo nos recuerda que ser cristianos quiere decir reunirse desde todas las partes para estar en la presencia del único Señor y ser uno en él y con él.

El segundo aspecto constitutivo es "caminar con el Señor". Es la realidad que se manifiesta en la procesión que se realiza hoy después de la Misa, como su prolongación natural, avanzando tras Aquel que es el Camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libra de nuestras "parálisis", nos levanta y nos hace "pro-ceder", es decir, nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este Pan de Vida. Como le sucedió al profeta Elías, que se había refugiado en el desierto por miedo a sus enemigos, y había decidido dejarse morir (cf. 1 Re 19,1-4). Pero Dios lo despertó y le puso a su lado un pan recién cocinado: "Levántate y come, le dijo, porque el camino es demasiado largo para ti" (1 Re 19,5-7). La procesión del Corpus nos enseña que la Eucaristía nos quiere librar de todo abatimiento y desconsuelo. Sin el "Dios con nosotros" presente en el sacramento eucarístico, es muy difícil afrontar la peregrinación de la existencia. La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que nos acompaña y nos indica la dirección. No basta avanzar; es necesario ver hacia dónde vamos. No basta el "progreso", si no hay criterios de referencia. Más aún, no hay progreso si nos salimos del camino. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos: se ha hecho él mismo "Camino" y ha venido a caminar juntamente con nosotros a fin de que nuestra libertad tenga el criterio para discernir la senda correcta y recorrerla.

Por último, el tercer elemento constitutivo del Corpus: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de todos los tiempos. Arrodillarse ante la Eucaristía es profesar la libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero. Nos postramos ante Dios que primero se ha inclinado hacia el hombre, como Buen Samaritano, para socorrerlo y devolverle la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios como lo hizo con los discípulos el Jueves Santo. Adorar el Cuerpo del Señor quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan que es la Hostia, se encuentra realmente Cristo, el cual da verdadero sentido a la vida. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística; en ella el alma sigue alimentándose, porque Aquel ante el cual nos arrodillamos no nos juzga ni nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.