29 de agosto de 2011 - 00:00

Violeta, viento y poema

Ha sido homenajeada Violeta Pérez Lobos. San Juan le debía (y creo que le sigue debiendo) reconocimientos explícitos, esas caricias que el artista no reclama pero necesita como ademanes de ida y vuelta, y la vuelta es nada menos que el afecto contenido en el gesto de los demás por el cual se nos hace saber que somos útiles.

Conocí a Violeta en aquel memorable programa televisivo "San Juan en Alta Visión", dirigido por los esposos José L. Rocha y Lola de Rocha. Quienes lo recuerdan saben bien de qué modo se hicieron allí las cosas, cómo se respetó y cuidó al artista; qué significaba actuar allí, y el reconocimiento que esa obra tuvo en la comunidad.

Casi en todos los finales del programa aparecía como de entre nubes un dúo de bailarines, Juan Carlos Abraham y Violeta Pérez Lobos; ella, una figurita estilizada y casi frágil, tallo y llama, guiño del viento y poema, ternura envolvente y pasión. En el pretexto de un escenario, ella construyó historias y pintó tardes alucinadas. Con todo su torrente pasional y ese gesto de pájaro sublime, se trepaba a los sentimientos y las cosas y pronunciaba con todas sus moléculas y su espíritu eso que sólo los grandes pueden decir. El poema y la danza son territorios del misterio, tejidos del alma gritados a pedazos de uno; improvisaciones de luz y vida que sólo pueden convivir en ese ensueño que es el arte genuino.

En nuestro programa televisivo ("La Noche de los Hermanos de la Torre") la tuvimos un día a Violeta. No necesitó decorados ni referencias del paisaje. Traía adentro toda la vida y las cosas. Con el simple rayito amable de un reflector se envolvió en alucinaciones y movimientos, y proclamó la danza con esa dignidad que sólo los auténticos y los nobles pueden expresar. Pocas veces se vio tanta lumbre en el reducto de una noche televisiva. Tomó Violeta el viento entre sus brazos azules, y el viento se echó a llorar quimeras a sus pies. Un halcón de lluvia hizo un círculo en derredor de su cintura, y se puso a sus órdenes. Todo quedó en silencio, porque todo había sido dicho. Se fue Violeta con su sonrisa casi niña y su chapa de ser humano excepcional, y el escenario hizo como que se caía. Fue muy difícil explicar que allí una ausencia había dejado el proscenio marchito de figuras esenciales y vuelos vírgenes. El mateo de la noche condujo las sombras cabizbajas por la calle Mitre. Seguramente siguiendo a Violeta para averiguarle los sueños.

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