"Durante 47 años el régimen iraní ha coreado 'Muerte a América'", confesó el presidente estadounidense Donald Trump tiempo antes de los ataques a Irán el pasado fin de semana, para añadir luego: "No vamos a tolerarlo por más tiempo". Inclusive, funcionarios de su administración habían asegurado también que esta República Islámica, de más de 90 millones de habitantes, representa desde hace tiempo “una amenaza nuclear inminente”, a lo que, desde la capital, Teherán, se aclaraba que lo de ellos “es un programa nuclear pacífico”. Inmediatamente después de estos cabildeos, el mundo vibró con la noticia de la ofensiva aérea a gran escala contra territorio iraní, ejecutada conjuntamente entre Estados Unidos (EEUU) y el Estado de Israel. Consumado tan gigantesco ataque, denominado en su conjunto "Operación Furia Épica", gran parte de la opinión pública mundial criticó los hechos, a sabiendas de que en ninguno de los dos países se había discutido en sus respectivos parlamentos y menos en una mesa global. Paralelamente comenzó a consultarse que quedó del llamado “Nuevo Orden Mundial”, concepto utilizado desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y con más énfasis en la segunda parte del siglo XX hasta nuestros días. Muchos coincidieron en diversas alocuciones que “ya fue”, pero quien resultó más categórico para las horas que corren fue el actual canciller alemán Friedrich Merz, cuando dijo el 13 de febrero de este año en la Conferencia Internacional de Seguridad de Munich, que el orden mundial basado en reglas, "ya no existe", según la BBC.com
En este preocupante marco, estadistas y funcionarios internacionales de alto nivel protagonizan distintos debates académicos en todo el mundo tratando de explicarse el porqué del fracaso de una “sociedad internacional o sistema mundial” que permita hablar de un orden mundial. Más aún, no solo que no se ha llegado a acuerdos confiables, sino que lo que se observa a simple vista, es calificado de “desorden común”, muy lejos de una anhelada mesa de discusiones con la urgencia que el mundo exige. Tampoco se ha planteado nada creíble desde el sistema de seguridad internacional que conforman el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la Unión Europea (UE) y otros acuerdos regionales de orden militar. Incluso en aquellas conversaciones en las que se logró pensar en elementos clave como la economía, la agenda internacional y el terror de un mundo en guerra, se ha concluido que seguimos admitiendo guerras supuestamente aisladas en la actualidad, cuando, tal como lo señaló el fallecido papa Francisco y lo destacó en su momento DIARIO DE CUYO, “ya estamos en la tercera guerra mundial, no a trozos, sino evidentemente global”, sin que nadie parezca darse cuenta.
Pero en el centro de este interminable fuego cruzado hay un país democrático, (“ma non sancto”) los EEUU, y regímenes autoritarios con sistemas de gobierno centralizados, como Rusia donde se limita la competencia política, la libertad de expresión y la alternancia democrática. Los estadounidenses encabezan una tenebrosa lista de 41 países que bombardearon desde 1945, año en que dos bombas atómicas a Japón dieron por terminada la Segunda Guerra Mundial y que, sumados los casos, provocaron millones de muertes. Entre los países afectados que más se recuerdan de esa larga nómina, están Corea, Vietnam, Irak o Afganistán, y como en la mayoria de los casos sin una declaración de guerra formal abordada en el Parlamento, que, como queda dicho, ha sucedido también el 3 de enero pasado con Venezuela y el 28 de febrero en Irán.
Paralelamente, somos espectadores de la invasión que soporta el segundo país más grande de Europa, Ucrania, desde el 14 de febrero de 2022, ya cuatro años, y donde siguen muriendo militares y civiles hasta hoy en la contienda. El último registro del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) indica que las fuerzas rusas han sufrido 1,2 millones de bajas en esta guerra de las cuales figuran 325.000 soldados muertos desde febrero de 2022. A su vez, por el lado de Ucrania se ha comprobado la muerte de entre 100.000 y 140.000 soldados. ¿Y, por qué esta guerra?, porque el líder de Rusia, Vladimir Putin, no toleró que un “ex satélite” de la ex URSS coqueteara con la UE para adquirir el derecho de integrarse a ella como europeo que es, desde su nacimiento en la Europa Oriental. La acción de Putin, además de buscar evitar que Ucrania hiciera más poderosa a la UE, forma parte de su sueño de recuperar geografía de los tiempos de su padre putativo, Josep Stalin, y tras la disolución de la URSS en 1991, cuando se cerró el tenebroso “deporte” de asesinar a disidentes, dejando más de 23 millones de muertos al margen de la Segunda Guerra Mundial.
Pero cuando nos enteramos del bombardeo ejecutado por los EEUU y el Estado de Israel contra Irán, república islámica del golfo Pérsico, el pasado 28 de febrero, las citadas palabras del papa Francisco volvieron a tomar forma real. El feroz ataque que, de entrada, también viola la Carta de las Naciones Unidas y el Derecho Internacional, tiene como resultado la desaparición de la cúpula gobernante, comenzando por la máxima figura iraní, Alí Hoseiní Jamenei, clérigo y político que ostentaba el liderazgo supremo del país desde 1989, y vil responsable de reprimir y ordenar el asesinato de miles de disidentes de su país, secuestrados tras represiones en protestas públicas por falta de libertades, en sus casi 37 años de dictador. A poco conocerse la noticia del citado bombardeo, Vladimir Putin condenó la muerte de Jamenei, calificándola de asesinato y “cínica violación del derecho internacional”. Los ataques se contabilizan en miles en todo el país con cientos de víctimas en las 24 provincias de la nación islámica, la destrucción de tres poderosas instalaciones nucleares, uno de los objetivos iniciales del gobierno israelí. Precisamente el presidente de ese país, Benjamín Netanyahu, advirtió que se buscaba “desmantelar el programa nuclear iraní porque representa una amenaza para la existencia de Israel” y, naturalmente, para el resto del mundo, por tratarse de auténticas armas “de destrucción masiva”. Y tanto el presidente Trump como Netanyahu se expresaron eufóricos tras los primeros bombardeos, reconociendo que había sido “un “éxito militar espectacular”. Irán, a su vez, considera a Israel un estado ilegítimo que ha usurpado tierras que pertenecían a los musulmanes. Mientras que Israel acusa a Irán de querer desarrollar bombas atómicas y financiar a grupos como Hamás y Hezbolá, que atentan contra su territorio.
Y a esta altura, la pregunta que se hace cualquier lector es si el mundo está dispuesto a tolerar la huida hacia adelante del líder de los EEUU, endiosado y perverso, de nuevo de la mano de Israel, sin que nadie se oponga, como no sea en una mesa de café, aun sabiendo que los “anuncios” de Trump incluyen también, como próximas intervenciones, a la república de Cuba, y posteriormente la de Nicaragua, ambas sin libertades ni elecciones democráticas para sus ciudadanos desde hace décadas. Poco antes del último bombardeo contra Irán, el líder norteamericano aseguró que sus objetivos eran “la libertad para el pueblo” en Irán y que los iraníes “recuperen su país”. Lo mismo en Venezuela, Cuba y Nicaragua. Pero a nadie escapa que hay tambien muy fuertes intereses económicos norteamericanos que han llegado a calificarse como “el botín de Trump” en estas acciones: la búsqueda de petróleo, gas y uranio. Sin embargo, hay que saber antes, cómo le impacta políticamente a la figura del presidente el ataque militar contra Irán, comenzado el pasado fin de semana; y si no desencadena una conflagración regional mayor, más aún cuando ya se ha pedido a los norteamericanos abandonar Medio Oriente. Esto último, según medios estadounidenses, podría ser negativo para Trump, y perjudicar su futuro político, a sabiendas de que desea volver a presentarse como candidato a presidente, aun cuando llegado ese momento ya tendrá casi 83 años de edad.
Pasando a otro plano del conflicto, nos encontramos con esa otra verdad en medio de estos enfrentamientos armados que son los pueblos que celebran la destitución de su presidente-dictador que ejerce el poder sin ninguna legitimidad basada en elecciones libres, una inmensa mayoria de ciudadanos que aspiran a volver a vivir pronto en libertad. Por esa razón exaltan a Trump como “un libertador”. Ha sucedido en Venezuela, y tambien en Irán, donde, sobre todo las mujeres, salvaje y legalmente maltratadas, sienten que la esperanza de una vida más “normal” es posible, frente a tanto sometimiento, tortura y dolor. Y otro tema, muy distinto, pero siempre preocupante, es el de los precios del petróleo que se dispararon tras la actual presencia guerrera de Estados Unidos e Israel en Irán.