—Es interesante porque si bien mi familia, tanto mi padre y mi madre eran observantes judíos, yo tenía poca relación. Iba a la fiesta más importante, al Día del Perdón, Año Nuevo, acompañaba a mis padres al templo, pero no tenía una actividad judía muy importante.
Yo digo que empecé a recuperar esa pasión por el judaísmo con los atentados. Arrancó con el atentado de la Embajada de Israel, siguió con el atentado a la AMIA, después vino el asesinato del fiscal Nisman. Cada vez que iban ocurriendo esos hechos, yo me iba acercando cada vez más.
Mi verdadero apellido es Lewkowicz. Yo lo puse Leuco primero porque quería ser relator de fútbol, entonces quería un nombre cortito, pero después ya me quedó.
Cuando fue el atentado estuve a punto de volver a llamarme Leukovic profesionalmente y bueno, Jorge Lanata y otros amigos me dijeron que no… ya tenés un nombre, hablá sobre Israel, hablá sobre judaísmo, hacé notas.
Después ocurrió lo del 7 de octubre. Yo fui el primer periodista argentino que llegó para cubrirlo… y eso ya me cambió mis prioridades profesionales. Le he puesto muchísima atención a todo lo que tiene que ver con Medio Oriente, con Israel y con esta lucha que me parece tiene que dar toda la humanidad contra el terrorismo y contra el antisemitismo, todo tipo de odio.
—Estuviste en el terreno cubriendo el conflicto. ¿Qué diferencias encontraste entre el ataque de Hamás y la guerra actual?
—Fui al principio, fue el 7 de octubre, el ataque del grupo terrorista Hamás… y ahora volví a cubrir la guerra. Son dos momentos muy distintos.
El 7 de octubre sigue teniendo una potencia muy grande… es el mayor asesinato de judíos después del Holocausto. Más de 1200 asesinados, la inmensa mayoría civiles que estaban desarmados y durmiendo en sus casas, con un salvajismo pocas veces visto en la historia.
Esta última guerra tiene otras características. Yo sentí menos peligro porque es una guerra básicamente de misiles… Israel tiene la cúpula de hierro que mantiene bastante lejos a los misiles.
Es muy terrible la comparación que voy a hacer, pero en esta guerra han muerto 22, 23 personas civiles… y el 7 de octubre 1200 y pico. O sea, esa magnitud.
En aquel momento yo vi una sociedad israelí muy fracturada, muy dividida… grietas políticas, entre religiosos y laicos, entre izquierda y derecha.
Ahora al revés, vi una sociedad muy unida, respaldando la guerra porque dicen ahora nunca tenemos que sacarnos de encima estas amenazas.
—¿Percibís un rebrote de antisemitismo?
—En todo el mundo hay un retorno… yo le llamo un tsunami de antisemitismo. En algunos países más, en otros menos. En Argentina hay menos… comparado con Europa o con universidades de Estados Unidos.
Yo lo adjudico a dos o tres cosas: primero, que la colectividad judía en Argentina es de las más grandes del mundo… segundo, que ha generado una actitud social muy integrada… y tercero, que el gobierno nacional no fomenta el antisemitismo, al contrario. El gobierno de Milei es proisraelí… si estuviese gobernando el kirchnerismo otro sería el cantar.
Hoy la bandera del antisemitismo la han tomado grupos minoritarios, muy sectarios… no el peronismo como estructura.
—¿Cómo evaluás el gobierno de Javier Milei?
—Yo uso una metáfora: la moneda está en el aire… porque creo que Milei ha hecho muchas cosas positivas y muchas cosas negativas también.
Entre las positivas pongo la baja de la inflación… la gente la valora, sobre todo los sectores más populares. También que haya achicado el gasto público en forma brutal… eso me parece un activo. Y su política internacional… ponerse del lado de Estados Unidos y de Israel.
En lo negativo, tienen una dificultad muy grande de gestión pública… les ha costado encontrar cuadros dirigenciales. Sus problemas de gestión son importantes… van y vuelven, cometen errores.
En lo económico, están manejando la macroeconomía de una buena manera, pero hay un crecimiento muy desigual… hay sectores a los que les está yendo muy mal.
Y después su soberbia… el ataque a los que piensan distinto, sobre todo los periodistas. Es demasiado, es agresivo, no le sirve de nada.
—Fuiste muy crítico de ese punto.
—Decir que el 95% de los periodistas son corruptos… primero es mentira. Es mentira. Hay corrupción, por supuesto, pero también hay periodistas buenos, malos, como en todos los oficios.
Él creció políticamente con los periodistas… todo el tiempo en televisión, en los medios. Una cosa es la crítica, otra cosa es el insulto. Yo no conozco periodistas profesionales que hayan insultado al presidente como él insulta.
—¿Vale la pena hacer periodismo hoy?
—Yo me vuelvo loco… tengo 47 años de periodista y recién acabo de entrar a tu Redacción y ya me corre sangre por las venas. Ganas de sentarme en una máquina. Todavía me excita cuando tengo una primicia.
Para mí el verdadero periodismo, el periodismo gráfico, sigue siendo fundamental. Tenemos un rol muy importante para consolidar la democracia… para que se respete la división de poderes, los derechos humanos. Todavía el periodismo puede hacer un gran aporte al crecimiento de la Argentina.
—Para cerrar, Alfredo, tiene una historia con su padre y su hijo que es muy buena...
—Mi viejo era un inmigrante polaco que huyó del nazismo… trabajaba de día y estudiaba de noche a escondidas y se recibió de farmacéutico.
Cuando yo terminé el secundario me dijo: ¿te anotás en farmacia? Le dije: "No papi, yo quiero ser periodista…" y me dijo: "Siempre fuiste un vago".
Fui un día a química… cuando empezaron a hablar de la tabla de Mendeleyev, salí corriendo a Ciencias de la Información. Después con el tiempo empezó a sentirse orgulloso… y terminó diciéndome "no laburés tanto". Y yo le decía: "¿Cómo? ¿no era que yo era un vago?"
Con mi hijo pasó algo parecido… yo no quería que fuera periodista porque lo pasé mal con el kirchnerismo, pero un día me dijo:" Papá, no jodas más, yo quiero ser periodista". Y bueno… lo importante es que cada uno sea feliz.