Tal vez avanza dos pasos y retrocede uno, pero el cigarrillo electrónico sigue ganando adeptos en todo el mundo. Sus defensores aseguran que el mecanismo los ayuda a dejar de fumar tabaco -merced a que se elimina la combustión de la hoja y sólo se aspira vapor- y que es relativamente inocuo para su entorno, lo que les permite fumar en el auto o delante de gente que no soporta el humo del tabaco.

 

Sus detractores aseguran que sus efectos no están estudiados a fondo y que conllevan un eventual peligro comparable al del cigarrillo. Además agregan que el e-cig sigue enganchando a gente que estaba dispuesta a dejar de fumar, o que había dejado y se volvió a enganchar pensando que vapear era "otra cosa". Las legislaciones en todo el mundo siguen en una zona gris, pero que va camino a regular su venta y consumo. El mercado aumenta mes a mes y prevé ganancias millonarias en el futuro. Pero no sólo el mercado explotó: el propio producto comenzó, literalmente, espontáneamente, a explotar.

 

Hace unas semanas, el pasaje de un avión de American que iba de Dallas a Indianápolis entró en pánico cuando alguien se fue a vapear al baño y el habitáculo se prendió fuego. La llamarada fue tal que hubo que apagarla con los matafuegos a bordo. La autoridad de transporte de EE.UU. permite a los pasajeros llevar consigo estos dispositivos, pero no despacharlos en el equipaje ni tampoco vapear a bordo. El factor explosión es atribuible al mal funcionamiento de sus baterías, algo parecido a lo que pasó con los teléfonos Galaxy Note 7, que fueron primero prohibidos en los vuelos y luego sacados del mercado.

 

Los casos se acumularon últimamente: en noviembre, a un empleado de una de las tiendas de la estación de tren Grand Central de Nueva York le explotó en el bolsillo. En octubre, en New Jersey, a una mujer se le prendió fuego su bolso mientras esperaba para pagar una compra. Pero hay casos de terceros: la policía de Orlando reportó que una chica sufrió quemaduras en sus piernas cuando estalló el e-cig de un extraño que estaba al lado de ella, lanzando "una bola de fuego".

 

La misma semana del incidente en el avión de American, en Nueva York, Katrina Williams, una joven usuaria de cigarrillo electrónico, empezaba a litigar en los tribunales. Williams seguía pagando las consecuencias del día en que su dispositivo le explotó en el bolsillo, en abril, mientras iba en su coche, causándole quemaduras de tercer grado. Mark Freund, su abogado, ya está sumando nuevos casos: "Son productos extremadamente peligrosos y deben ser rediseñados o sacados de circulación", dijo. Freund también representa a un chico de 14 años que aduce haber quedado parcialmente ciego cuando un e-cig explotó frente a él en un exhibidor de cigarrillos electrónicos en un shopping de Brooklyn.

 

La FDA es la autoridad sanitaria de EE. UU. y recibió casi 70 denuncias por explosiones entre 2015 y los primeros meses de 2016, aunque se sospecha que muchas de las explosiones, al no producir heridas ni intervenir el sistema de salud pública, quedan sin registrar. Por otro lado, las asociaciones de usuarios de e-cigs argumentan que el dispositivo es seguro si es usado correctamente, y alientan el frecuente cambio de baterías.

 

No hay reportes de casos en Argentina, pero la industria del juicio en EE. UU. ha tomado un nuevo impulso. Gregory Bentley, otro abogado que vio el filón, ya le hizo ganar dos millones de dólares a una mujer que sufrió quemaduras el año pasado. Ahora tiene lista de espera de clientes que quieren comenzar juicios, pero ¿a quién demandar? "La mayoría de los casos se relacionan con baterías defectuosas fabricadas en China que no cumplieron con ningún estándar de seguridad. Los consumidores deben saber que es casi imposible demandar a una fábrica china, y si quieren ser compensados, hay que atacar a los distribuidores, mayoristas y vendedores", explicó.

 

Fuente: La Nación