Martín Castro tenía formación en administración y era titular de una empresa textil propia cuando, en 1998, se ofreció a suplir a un empleado de campo que faltaba en una finca con dos apiarios, en plena cosecha. Se colocó guantes y careta, y trabajó bajo temperaturas que superaban los 40 grados sin haber tenido contacto previo con una colmena. No existían razones evidentes para que continuara: ni la familia, ni el oficio, ni la empresa eran suyos. Sin embargo, regresó. "Me enganché", resume hoy, casi tres décadas después, al frente del negocio de miel que heredó de su suegro.
Martin Castro, apicultor al frente de Miel Alkazar.
Un injerto inesperado en la familia apícola
La tradición provenía de la familia de su esposa, con quien Castro inició una relación ese mismo 1998. Su suegro descendía de una estirpe de apicultores: el hermano de este también lleva el apellido Maggio y produce miel bajo la marca Miel Alkázar. Castro, en cambio, llegó sin antecedentes en el campo y con un perfil más cercano a la gestión administrativa que a las tareas rurales. Se inició como reemplazo ocasional, cubriendo tareas cuando faltaba personal.
La actividad, sin embargo, fue ganando terreno progresivamente. La prueba de fuego llegó en 2011, cuando la producción familiar fue atacada por la loque americana, una enfermedad severa de las colmenas. Castro participó activamente en los tratamientos para recuperarlas, y ese fue, según relata, uno de los momentos en que más se involucró con el oficio, dejando de ser un colaborador esporádico para convertirse en alguien con injerencia real sobre el negocio.
Con el correr de los años, y tras la salida de dos empleados de campo, su suegro le propuso lo que hasta entonces no se había planteado formalmente: incorporarse de lleno a la actividad. Castro aceptó, y con esa decisión llegó también una transformación personal. Comenzó a viajar por cuenta propia a Buenos Aires para formarse en cursos de apicultura, con la intención declarada de modernizar métodos que consideraba "antiguos". No abandonó su formación como administrador, sino que la puso al servicio de un oficio ajeno a su origen, hasta hacerlo propio.
Trabajo de campo. Foto: redes sociales.
Trabajó codo a codo con su suegro —sin llegar a constituirse formalmente como socios— hasta el fallecimiento del mismo. Fue entonces cuando se produjo el momento decisivo: de las tres hijas del matrimonio (cuñadas de Martín Castro), ninguna se inclinó por continuar con la actividad. Fue Castro, el yerno que dos décadas antes había llegado por casualidad, quien junto a su esposa quedó al frente de un negocio que no le pertenecía por vínculo de sangre, pero sí, ya para entonces, por dedicación sostenida. Hoy disponen de un local a la calle donde comercializan lo que producen, con una venta 100% local que prescinde por completo de la exportación.
Lo que aprendió del monte
Ese oficio que adoptó posee su propia lógica, y Castro la conoce con precisión. La producción responde a la trashumancia: las colmenas se trasladan de acuerdo con la floración, de manera análoga a como se desplaza el ganado en busca de pastura. En los sitios fijos —como la zona de 25 de Mayo— una misma colmena produce mieles distintas según la estación del monte: primero la de algarrobo junto con la jarilla, propias de la región, y luego la que él mismo denomina "miel tánica", de color oscuro y sabor más intenso, propia de bosques o plantas con alto contenido de taninos. Castro explica asimismo la diferencia entre las flores de néctar, que aportan azúcares y energía, y las de polen, que aportan proteína: ambas resultan necesarias para la nutrición de la colmena.
Producción apta para la comercialización.
Desde fines de diciembre y durante enero florece la totalidad del campo sanjuanino; a partir de febrero aparecen las mieles de "melato", provenientes de frutas como el melón o la uva, de perfil distinto al de las florales. También se obtiene miel con sabor a manzana producida por colmenas emplazadas en Calingasta, en cercanías de manzanales, así como experiencias con colmenas trasladadas a montes de almendros, próximos a Angaco: el almendro aporta abundante polen y escaso néctar, por lo que no resulta suficiente para una alza completa de miel, aunque él mismo obtuvo allí una mielcita incipiente de sabor particular.
Esa misma dedicación se traslada al proceso de elaboración. La pureza del producto se garantiza mediante buenas prácticas apícolas, con procedimientos de limpieza y manejo que se extienden desde el campo hasta la sala de extracción. Allí se emplea maquinaria de acero inoxidable habilitada conforme a la normativa vigente: desoperculado, prensado en frío de los opérculos, extracción por centrífuga, decantado en dos tachos y envasado en tambores para su maduración natural. El producto final, subraya Castro, es 100% natural y "sin ningún tipo de cocción".
A esa dedicación se suman los desafíos propios del oficio. La sequía y las temperaturas extremas de las últimas temporadas incidieron sobre el rendimiento: por encima de los 35 o 36 grados, las flores "se queman" y las abejas dejan de trabajarlas, lo que obliga a alimentar artificialmente a las colmenas o a trasladarlas hacia zonas con mayor disponibilidad de néctar. Castro, quien se encuentra tan ligado al clima como cualquier productor agrícola, sostiene que el cambio climático constituye un factor que "ya no se puede negar" y que exige una atención constante que antes no resultaba necesaria.
La actividad tampoco se agota en la miel: la familia comercializa además material vivo —abejas y abejas reina—, polen, propóleo y cera. Una parte del negocio, propia de la región, consiste en el alquiler de colmenas para la polinización de cultivos —semilleros de cebolla híbrida, zanahoria y, en algunos casos, ajo— por lapsos de entre 25 y 30 días, a lo que se suman los traslados recientes a montes de almendros con idéntico propósito.
Cómo aprendió a vender
El principio que Castro rescata como central de lo aprendido junto a su suegro es sostener un mercado interno constante: en Argentina operan tres grandes empresas acopiadoras que compran a productores pequeños para revender en el exterior, y la familia eligió el camino contrario. Venden "kilo a kilo", con contacto directo en el mostrador, sosteniendo una clientela de años que valora el producto como 100% natural y de calidad sanjuanina. Es, sostiene, la síntesis de todo lo que le enseñaron: de la producción tradicional a una marca reconocida en el mercado local, con él al frente de esa continuidad.
Esa venta directa funciona también como resguardo frente a la competencia desleal. El Código Alimentario Argentino exige que se etiquete "miel de abeja": un producto elaborado sobre la base de azúcar o jarabe de maíz no puede llevar esa denominación, aunque a nivel local el control no siempre resulta estricto. Castro considera que los grandes supermercados ofrecen productos más económicos que "engañan" al consumidor menos informado, si bien el sanjuanino, en términos generales, ya identifica que aquello "no es miel", circunstancia que termina favoreciendo a los productores genuinos. En esa línea, todos los años se organiza en San Juan la Semana de la Miel (la cual se llevó a cabo del 29 de junio al 4 de julio de 2026), con degustaciones y respaldo del Gobierno Provincial, orientada a generar conciencia sobre el producto auténtico.
El panorama internacional resulta considerablemente más complejo, y esa misma decisión de vender kilo a kilo adquiere otro peso frente a él. Castro relata que un colega apicultor, propietario de una empresa constructora en Europa, halló en un supermercado europeo miel de origen chino que, pese a estar sintetizada en laboratorio a gran escala, cumple con los estándares de una miel natural en sabor, aroma y controles bromatológicos. Esa producción, ofrecida a un costo muy inferior al habitual —mientras la miel a granel debería rondar los 2 dólares, la china se coloca entre 1 y 1,20 dólares—, según Castro está "destruyendo" el mercado internacional, afectando también a productores de Chile y Uruguay, y empujando a la apicultura mundial hacia una crisis de precios.
Frente a ese contexto, la familia no proyecta escalar hacia la exportación ni hacia el aumento del volumen: prefiere continuar enfocada en el consumidor sanjuanino y, a lo sumo, ampliar levemente el radio de venta dentro de la provincia, priorizando siempre la atención directa en el mostrador. A Castro, que hizo de la formación y la modernización su rasgo distintivo desde que se incorporó al negocio, le preocupa además que las generaciones más jóvenes todavía no hayan incorporado la miel como alimento cotidiano, a diferencia de las generaciones mayores.
Donde sí advierte una ventana de crecimiento es en la polinización de cultivos, un nicho que se amplía a medida que aumentan los productores de semillas que necesitan alquilar colmenas. Sostener colmenas de calidad para ese fin, sin embargo, no constituye una tarea sencilla: exige un manejo técnico constante —sanidad, alimentación, control de la reina, control de varroa, suplementación nutricional—, un desafío que Castro compara con el de mantener ganado fuerte y sano. Con todo, más de veinticinco años después de aquella primera jornada con guantes prestados, continúa prefiriendo vender del mismo modo en que se lo enseñó su suegro: "kilo a kilo".