Los cultivos emiten sonidos al estresarse, hay insectos que los escuchan y las raíces buscan agua guiándose por el ruido que hace al correr. La bioacústica vegetal dejó de ser una curiosidad de laboratorio: ya tiene aplicaciones aprobadas en bodega y equipos funcionando en viñedos. También tiene un mercado de promesas sin respaldo.
Un viñedo en silencio no está tan en silencio. En 2023, un equipo de la Universidad de Tel Aviv encabezado por la investigadora Lilach Hadany publicó en la revista Cell que las plantas emiten sonidos, y que esos sonidos cambian según cómo esté la planta. Una tomatera o una planta de tabaco a las que se les corta el agua producen entre 30 y 50 chasquidos por hora, en un rango de entre 40 y 80 kilohertz, muy por encima de lo que registra el oído humano, que se corta alrededor de los 20. Una planta bien regada emite apenas un puñado. "Cuando los tomates no están estresados, son muy silenciosos", resumió Hadany. Los micrófonos captaron esos chasquidos a entre tres y cinco metros de distancia, no solo en cámara acústica sino también en invernadero. Entre las especies grabadas hay maíz, trigo, cactus y vid.
Lilach Hadany, de la Universidad de Tel Aviv, graba los chasquidos ultrasónicos de una tomatera a la que se le cortó el agua.
Lo más aprovechable del trabajo es que el ruido no es todo igual. Un algoritmo entrenado con esas grabaciones logró distinguir una planta sana de una con sequía y de una con daño mecánico, y también identificar de qué especie provenía el sonido. Es decir: en la señal hay información sobre qué le está pasando a la planta, no solo sobre que algo le pasa.
No hay nada místico en el fenómeno. La explicación más aceptada es física: cuando falta agua, en los conductos que la transportan dentro del tallo se forman burbujas que colapsan, un proceso llamado cavitación. Cada colapso suena. La planta no se queja ni avisa: hace ruido, del mismo modo que una cañería hace ruido cuando le entra aire. Lo llamativo es que ese ruido resultó ser información, y que en el campo hay quien la usa.
Alguien estaba escuchando
En julio de 2025, el mismo grupo israelí, con Yossi Yovel como autor responsable, publicó en la revista eLife la primera evidencia de una interacción acústica entre plantas y animales. Los investigadores trabajaron con Spodoptera littoralis, la oruga militar del algodón, una plaga conocida. Al reproducirles el sonido de una tomatera con sequía —entre 30 y 60 chasquidos por minuto—, las hembras evitaron poner huevos en esas plantas y eligieron las silenciosas, que son las mejor hidratadas y, por lo tanto, mejor alimento para las larvas. Sin plantas de por medio, en cambio, las polillas se acercaban al parlante. Y cuando se les anuló la audición, la preferencia desapareció por completo. Ese último control es el que le dio peso al trabajo.
La polilla que escucha. Las hembras de Spodoptera littoralis detectan el ultrasonido de una planta con sed y evitan poner huevos ahí.
La comunicación también corre en sentido inverso, y eso se sabe desde antes. En 2014, Heidi Appel y Rex Cocroft, de la Universidad de Missouri, publicaron en Oecologia un experimento que sigue siendo de referencia: grabaron con un láser las vibraciones que produce una oruga al masticar una hoja de Arabidopsis y se las reprodujeron a plantas intactas. Esas plantas aumentaron la producción de aceites de mostaza, los compuestos con los que se defienden de los insectos. Lo decisivo es lo que no pasó: las plantas expuestas a la vibración de una brisa suave o de otros insectos con características acústicas parecidas no dispararon esa defensa. La planta no reacciona a cualquier vibración, distingue.
En 2019, el laboratorio de Hadany mostró en Ecology Letters que las flores de la onagra expuestas a una grabación de zumbido de abeja —entre 0,2 y 0,5 kilohertz— aumentaban en tres minutos la concentración de azúcar del néctar: pasaba de entre 12 y 17 por ciento a 20 por ciento. La forma de cuenco de la flor funciona como una antena parabólica; al quitarle los pétalos, el efecto se pierde. La planta no tiene oído, pero tiene superficies que vibran.
Una abeja se acerca a la flor. El zumbido, de entre 0,2 y 0,5 kilohertz, alcanza para que algunas flores endulcen su néctar en tres minutos.
Hay un antecedente todavía más cercano al riego. En 2017, la investigadora Monica Gagliano, de la Universidad de Western Australia, publicó también en Oecologia un ensayo con plantas de arveja en un recipiente con dos tubos, es decir, dos caminos posibles para la raíz. Las raíces crecieron hacia el sonido del agua corriendo, aun cuando el agua no estaba accesible por otra vía. Dos detalles ordenan el hallazgo: las plantas descartaron la grabación y siguieron el sonido real, y cuando había humedad disponible en el suelo dejaron de prestarle atención al sonido. La planta usa la señal acústica solo cuando la necesita.
Lo que ya está en uso
Mientras la discusión pública gira alrededor de si conviene ponerle música a las plantas, la aplicación más consolidada del sonido en el viñedo va por otro lado: no busca estimular a la planta sino confundir a la plaga. Desde hace más de una década, grupos italianos y eslovenos trabajan en el control de Scaphoideus titanus, la chicharrita que transmite la flavescencia dorada de la vid, un insecto que se corteja mediante vibraciones que viajan por la propia planta. La estrategia consiste en emitir un ruido vibracional a través de la estructura del viñedo, de modo que macho y hembra no logren encontrarse.
En 2016, Polajnar, Eriksson, Virant-Doberlet y Mazzoni publicaron en el Journal of Pest Science el paso del laboratorio al campo. Definieron el umbral que hace falta para que funcione —una amplitud de 15 micrómetros por segundo— y comprobaron que el efecto sobre el apareamiento es de todo o nada: por encima de ese valor la comunicación se interrumpe. También encontraron que apagar el sistema entre las 10 y las 18 no reduce la eficacia, porque el insecto se corteja fuera de esas horas, lo que abarata el consumo energético. Es control de plagas sin insecticida, basado en vibración.
Una oruga masticando una hoja. Esa vibración viaja por el tejido vegetal y la planta la reconoce: responde produciendo compuestos de defensa.
La otra aplicación consolidada está en la bodega, no en la finca. En 2019, la Organización Internacional de la Viña y el Vino incorporó a su Código Internacional de Prácticas Enológicas el tratamiento de uva estrujada con ultrasonido —resolución OIV-OENO 616-2019—, para favorecer la extracción de compuestos fenólicos. El objetivo es obtener mostos con mejor composición fenólica acortando la maceración, lo que además limita la cesión de taninos de la semilla. El mecanismo, otra vez, es la cavitación: burbujas que colapsan, esta vez provocadas a propósito. El sonido, en ese caso, ya no es una promesa: es una práctica enológica autorizada.
También aparecieron efectos donde nadie los buscaba. En 2024, investigadores de la Universidad de Flinders publicaron en Biology Letters, de la Royal Society, que exponer al hongo Trichoderma harzianum —un promotor del crecimiento vegetal que se usa como bioinsumo— a ruido blanco de 80 decibeles aumentaba su biomasa y la actividad de sus esporas frente a los controles. La línea apunta a recuperar suelos degradados, y el propio equipo advierte que falta comprobarlo a escala de campo.
Lo que se vende y lo que se probó
Acá empieza la parte que conviene mirar con lupa. Existe un mercado de equipos que emiten frecuencias sobre el cultivo prometiendo más rendimiento. Una revisión publicada en 2024 en la revista Biology recopila los ensayos disponibles: 12,7% más de rendimiento en algodón, 13,9% en tomate, 44,1% más de peso en lechuga, floración adelantada una semana en frutilla. En el plano celular hay hallazgos consistentes que respaldan la idea de que algo ocurre: flujos de calcio ante ondas de 1 kilohertz, diecisiete genes que cambian su expresión ante vibración en Arabidopsis, aumentos de flavonoides.
Arabidopsis thaliana, la maleza que se volvió el modelo de laboratorio: en ella se probó que las plantas distinguen la vibración de una oruga masticando.
La misma revisión, sin embargo, marca los límites. Los datos se contradicen entre estudios. Muchos trabajos no informan bien la frecuencia, los decibeles ni la duración del tratamiento, con lo cual no se pueden replicar. No existe en las plantas un órgano auditivo identificado y el mecanismo sigue abierto. Buena parte de esos ensayos proviene de una misma tecnología comercial desarrollada en China —equipos que trabajan entre 0,06 y 2 kilohertz, con presiones sonoras de 50 a 120 decibeles— y fue evaluada, en general, por quienes la venden. Y en uno de los paquetes más citados el estímulo acústico se aplica junto con fertilizante foliar cada quince días: nadie separó cuánto aportó el sonido y cuánto el fertilizante.
Mozart no es el punto
En el medio está el folklore. La bodega Il Paradiso di Frassina, en Montalcino, tiene 126 parlantes repartidos entre las vides y hace sonar Mozart las 24 horas, todo el año; su dueño sostiene que el metabolismo se acelera, que hay más hojas y mejores racimos y que los insectos se van, y explica el efecto diciendo que Mozart sigue "el 60% de las secuencias de Fibonacci". En Chile, Montes usa canto gregoriano en su sala de barricas; en Sudáfrica, DeMorgenzon apuesta a la música barroca. Son experiencias reales y buenos productos turísticos, pero ninguna publicó mediciones.
Parlantes entre las hileras: en Montalcino, una bodega hace sonar Mozart sobre sus vides las 24 horas del año.
En rigor, ningún trabajo serio compara géneros musicales: lo que se estudia son frecuencias, intensidades y duraciones, no repertorio. Decir que a la vid le gusta Mozart es una linda frase. Decir que responde a determinadas vibraciones —y que otras, como la de una oruga masticando o la de una abeja zumbando, disparan respuestas específicas y medibles— es lo que hasta ahora se puede sostener.
La diferencia entre una cosa y la otra no es de tecnología sino de método: el ultrasonido entró al código enológico con protocolo, el control vibracional de plagas entró al viñedo con un umbral medido en micrómetros por segundo, y los equipos que prometen un 40 por ciento más de rendimiento siguen sin poder decir a qué frecuencia, cuántas horas y con qué testigo lo consiguieron.