Hay personas que llegan al mundo simplemente para dejar huella. Casimiro Szlapeliz, un minero lituano de Colonia Sarmiento, Chubut, se ajusta a este perfil. Personaje singular, la historia de su vida parece de película y Casimiro por sí solo bien podría ser fuente de inspiración para un cineasta. En cierto modo, el costado minero de Szlapeliz sólo sirve de excusa para escribir sobre tan rico personaje. En 1929 explotó una mina de hierro y cobre que descubrió en el Lago Fontana. La llamó El Solcito y según datos históricos del lugar, en su inauguración tocó la banda municipal de Sarmiento. El Solcito será nombrado después en revistas de estudios geológicos del país y autores de renombre como Victorio Angelelli, en su libro “Yacimientos metalíferos de la República Argentina” publicado en 1984, hará mención al respecto al referirse a los minerales de hierro y como parte de la recopilación bibliográfica incluida en esta publicación. Casimiro también buscará uranio en las mesetas patagónicas.
En 1950 logró un contrato de movimientos de tierra para Y.P.F en Cañadón Seco, donde se trasladó a vivir. Posteriormente fue a la localidad de Senguer, para atender un horno de cal propio, permaneciendo allí hasta 1964, año en que regresa a Sarmiento como jefe de Vialidad Provincial y que resignará por el de asesor hasta obtener su jubilación ordinaria en el año 1980.
Sin embargo, será recordado por la gente del lugar como “el abuelo del aire” o “el aviador patagónico”. Amante de la libertad, volar fue para él lo que mejor lo representaba.
Casimiro Szlapeliz nació en Lituania en 1895, en el pueblo de Kupiskis, a orillas del río Levuo. Cuando niño vivió en Gualeguaychú, Entre Ríos, lugar al que la familia emigró afincándose en una pequeña explotación agropecuaria. Tiempo después una plaga de langostas devastó los campos e hizo que los Szlapeliz pensaran en nuevos horizontes, es así como Colonia Sarmiento aparece en escena. Eso fue a principios del siglo pasado, tiempo en el que la Explotación Nacional de Petróleo, luego Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), iniciaba los pasos hacia el desarrollo de Comodoro Rivadavia. En esa época se iniciaron también, los trabajos para el trazado del ferrocarril de Comodoro a Sarmiento, inaugurado el 25 de mayo de 1914.
Hacia 1917 Casimiro era un joven inquieto, amante de las máquinas y la tecnología. Con el dinero ahorrado en sus trabajos como peón, carrero y mecánico, adquirió un Buick de cuatro cilindros con palanca afuera, el único del lugar. Al año siguiente conoció a Amalia Ramig, una joven rusa que se convertiría en su esposa. Madre de sus seis hijos (Elena, Tula, Antena, Rosa, Alba y Febo) cumplió un rol fundamental: Fervorosa creyente de los sueños de su marido, lo acompañó en cada iniciativa hasta el fin de su vida.
Fue 1933 cuando el lituano dio sus primeros pasos como aviador. Todo un corajudo, lo hizo sin licencia hasta 1951. Según anécdotas registradas en la web del municipio de Colonia Sarmiento, no poseer su registro le valió ser detenido por la policía. Esto lo obligó a hacer el curso de piloto. De acuerdo a la anécdota, en 1951 emprendió viaje hasta el aeródromo de San Fernando, en las afueras de Buenos Aires, con el fin de conseguir su registro de piloto.
Cuando se apeó del avión, le preguntaron de donde venía y para qué. "De Chubut para hacer el curso de piloto", dijo. Al borde del desmayo, los instructores sólo atinaron a preguntarle: “¿Y se vino con ese avión desde Chubut?" Entonces Szlapeliz replicó, casi pícaro: "¡Pero claro, si es mío!”.
Casimiro tendrá tres aviones en su vida, al último lo llamaría “Chimango” que aún se conserva en el aeródromo del lugar. Se trata de un pequeño Luscombe de 1947, compañero inseparable de ruta y con el que realizaría una profunda labor social en su pueblo. Con ese avión trasladaría enfermos, materiales, gente que lo necesitara. Mónica Soave, socióloga y escritora bonaerense que vivió varios años en Puerto Madryn, también en Chubut, escribió cuentos en los que plasmó ficción y realidad en base a las vivencias de Szlapeliz. Según Soave, “cargaba bolsas de caramelos que estallan como bombas sobre los patios de las escuelas”. Eso lo volvió popular entre los niños y de acuerdo a gente del lugar, “todos salían al patio cada vez que se sentía el ruido de los motores”. Era el preludio de Casimiro en el aire y con él, los caramelos.
Siguió volando hasta los 87 años. En 1983 los motores de Chimango se apagarían para siempre: Casimiro fallecía. Era el nacimiento a su vez de un personaje inolvidable.