Por Dr. Mario Alfredo Luna - Abogado y Expresidente del Concejo Deliberante de Jáchal
Por Dr. Mario Alfredo Luna - Abogado y Expresidente del Concejo Deliberante de Jáchal
La soberanía política se ha convertido en una ilusión jurídica. Detrás de los procesos electorales opera un mecanismo implacable que subordina las decisiones de los gobiernos a los dictados de los mercados financieros globales. Este sistema de dominación es el perfeccionamiento de una tecnología de control diseñada en 1694 por el financista escocés William Paterson al fundar el Banco de Inglaterra: el Estado no necesita pagar el capital principal de sus deudas, sino perpetuarlas mediante una refinanciación (roll-over) constante, garantizando únicamente el pago de los intereses. Nacía así la deuda pública permanente.
Hoy, este esquema es un "estado de excepción" global. El orden de prioridades presupuestarias se ha invertido: primero se calcula el superávit exigido por los acreedores para garantizar los intereses futuros, y con el sobrante se administra la realidad social. Para los países periféricos, este horizonte es un callejón sin salida atrapado en el "Pecado Original". Cuando una nación —con Argentina como alumna perfecta— emite deuda en dólares, la devaluación local multiplica el peso de los compromisos automáticamente. Sin capacidad de imprimir la divisa de pago, la supervivencia pasa a depender de la sumisión a programas de austeridad impuestos desde el exterior.
Incluso emitir deuda en moneda propia bajo un mundo hiperconectado desata el "Pecado Original Redux". Ante el menor riesgo, los fondos internacionales desarman sus posiciones en bonos locales, demandan dólares y huyen, provocando corridas cambiarias. Si el Estado decide emitir billetes sin límite para cancelar esa deuda en pesos, el resultado es el colapso inflacionario. El Estado no quiebra nominalmente, pero destruye la vida material de su población.
La crudeza del esquema de Paterson se vuelve matemática pura frente a la colosal pared de vencimientos en moneda extranjera que aguarda a la Argentina, combinada con una nula capacidad estructural para acumular reservas líquidas:
- 2027: Los compromisos escalan bruscamente hasta rozar los US$ 24.900 millones (US$ 12.500 millones con bonistas privados y US$ 7.500 millones con el FMI). El Banco Central se ve obligado a vaciar sus arcas para pagar vencimientos, impidiendo consolidar reservas.
- 2028: La presión se mantiene en torno a los US$ 27.800 millones, arrastrando deudas de corto plazo desplazadas para evitar el default inmediato.
- 2029 y 2030: Coincidiendo con el fin del programa con el FMI, los pagos escalan hacia la devolución total de capital en un "doble pico" físicamente imposible de afrontar con recursos propios. Cada dólar comercial generado por las exportaciones es absorbido por la maquinaria de intereses, forzando al Estado a depender de un roll-over perpetuo a tasas cada vez más restrictivas.
Ante esto, los partidos políticos eluden la realidad en campaña. Resulta inevitable recordar a Tato Bores denunciando la maquinaria de promesas mágicas de candidatos que salían a escena "bien peinados", vendiendo honestidad de promeses mientras ocultaban la sumisión económica del país. Pero este dilema no nació en la televisión de los noventa. Es una advertencia identitaria que ya habitaba en la génesis de la patria. El propio Mariano Moreno lo escribió en 1810: con aquello de "nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres", el estado de situación real de las cosas no cambiara, aunque cambie el signo y lo nombres de la política.
El hilo conductor que ata a Moreno con Tato Bores sigue abierto.
Un ejercicio de madurez democrática exigiría que las fuerzas políticas dejen de prometer expansiones ficticias sin explicar cómo piensan lidiar con el esquema de Paterson. Mientras las campañas alimenten la ilusión de una soberanía plena sin transparentar la subordinación, la democracia seguirá siendo un ejercicio formal. Cambiarán los presidentes, pero el verdadero soberano seguirá residiendo en los contratos de deuda que hipotecan el futuro.