En los primeros meses de vida, mucho antes de que aparezcan las primeras palabras, el lenguaje ya está en marcha. Se construye en los gestos, en la mirada compartida y, sobre todo, en la voz. El tono con el que un adulto se dirige a un bebé, las canciones que le canta o las historias que le cuenta no son solo expresiones de cariño: son también la base sobre la que se desarrolla el lenguaje.
Para comprender más sobre este proceso clave para el crecimiento de los niños, conversamos con la logofoniatra e investigadora española en ciencias de la salud Alba González Díaz, especialista en voz y desarrollo del lenguaje. "La dimensión afectiva es clave para el desarrollo del lenguaje en los niños, esto es, la emoción de la voz y todo lo que se da durante un intercambio real, humano: los gestos, la mirada, la repetición. Estos estímulos desempeñan una función esencial para el aprendizaje del lenguaje", señala la especialista. Las interacciones afectivas tempranas cumplen un rol fundamental en la construcción de las habilidades comunicativas de los niños y no pueden reemplazarse por la escucha de lengua oralizada a través de canciones o películas o cualquier otro recurso. Según explica, cuando los adultos se dirigen a bebés o a niños pequeños lo hacen de manera distinta a la comunicación cotidiana. Utilizan una entonación más marcada, cambios tonales, pausas y ritmos exagerados. Esa prosodia afectiva capta la atención del niño y despierta el deseo de participar en el intercambio comunicativo. En ese proceso también aparece lo que los especialistas llaman contingencia social: la capacidad de responder a las señales del bebé en tiempo real, ajustar la interacción y sostener pequeños turnos comunicativos. Ese ida y vuelta es una auténtica estructura de aprendizaje. "Cuando el adulto responde de manera sincronizada a las vocalizaciones del niño se generan turnos conversacionales que predicen el crecimiento del vocabulario y activan redes neuronales asociadas al lenguaje", explica González Díaz.
Pantallas y desplazamiento de la interacción
En los últimos años, los especialistas comenzaron a observar un fenómeno que preocupa: el uso creciente de pantallas en la primera infancia. Aunque la tecnología puede ser útil en algunos aspectos del diagnóstico o del tratamiento terapéutico, el uso excesivo en los primeros años de vida puede generar lo que los investigadores llaman efecto de desplazamiento. Es decir, el tiempo frente a las pantallas reemplaza oportunidades de interacción verbal con los adultos.
"El problema no es solo la pantalla en sí, sino que cuando desplaza los intercambios humanos se reduce el input verbal directo que estimula el desarrollo del lenguaje", advierte la especialista.La diferencia entre una pantalla y una interacción humana radica en algo esencial: la respuesta social. Un adulto puede interpretar una mirada, responder a una vocalización o reparar un malentendido en el momento justo. Esa sincronía no puede replicarse con la misma riqueza en una interacción digital. Por eso, explica González Díaz, el lenguaje no se desarrolla únicamente en el plano cognitivo. También depende del vínculo afectivo."Las interacciones sociales cálidas, con conexión afectiva, activan redes neuronales relacionadas con la recompensa social y fortalecen el desarrollo del lenguaje", sostiene.
El exceso de pantallas también ha empobrecido la comunicación oral. La disminución en los intercambios verbales afecta el desarrollo del lenguaje en los niños. El exceso de pantallas también ha empobrecido la comunicación oral. La disminución en los intercambios verbales afecta el desarrollo del lenguaje en los niños.
Contar historias desde el comienzo
La especialista recomienda iniciar las prácticas comunicativas desde el nacimiento. Cantar, contar cuentos, hacer rimas o simplemente hablar con el bebé son estímulos fundamentales. El contacto visual abre el canal comunicativo, fortalece la atención compartida y permite que aparezcan los primeros microturnos de comunicación. Esas rutinas, repetidas día a día, construyen la base sobre la cual más adelante se desarrollarán el vocabulario, la comprensión y la capacidad de construir sentido. En ese proceso, el entorno familiar tiene un papel central. Los padres y cuidadores son los primeros referentes afectivos y, al mismo tiempo, los principales mediadores del desarrollo lingüístico.
Cuándo consultar
Los especialistas también recomiendan estar atentos a ciertas señales tempranas. Antes de los 12 meses, por ejemplo, puede ser motivo de consulta la escasa respuesta a la voz o al nombre del niño, así como la ausencia de vocalizaciones. Hacia el año y medio, la falta de palabras significativas o de gestos con intención comunicativa también merece una evaluación. A los dos años, en general, los niños ya cuentan con un repertorio de palabras y comienzan a combinarlas. Si esto no ocurre, conviene consultar con un especialista para analizar las causas y evaluar el entorno de estimulación. La buena noticia, señala González Díaz, es que muchos retrasos vinculados a la reducción de interacción pueden revertirse si se recuperan y se intensifican los intercambios comunicativos.
Volver a hablar, cantar, mirar a los ojos y compartir historias es, en definitiva, una de las herramientas más poderosas para acompañar el desarrollo infantil, potenciando sus habilidades para expresar ideas e interactuar con otros.