13 de abril de 2026 - 04:00

Las sociedades que vienen

Por Silvana Cataldo - Especialista en formación en lectura

Tal vez, uno de los rasgos más evidentes de esta época es la fragilidad creciente de los marcos que durante décadas ordenaron la vida colectiva. La escuela, la familia, el trabajo estable, los relatos políticos, la pertenencia religiosa o comunitaria, e incluso la idea de progreso, ya no tienen la fuerza estructurante que supieron tener. No es que hayan desaparecido. Pero sí se han vuelto más inestables, más discutidos, más porosos. Vivimos en sociedades donde hay más libertad para elegir, pero también más fragilidad a la hora de sostener esas elecciones. En ese escenario, la tecnología no actúa como un simple instrumento: se volvió un entorno. Ya no usamos dispositivos solamente para resolver tareas; habitamos sistemas digitales que median lo que vemos, lo que sabemos, lo que recordamos y hasta lo que creemos desear. Muchos de los debates actuales no giran solo en torno a qué puede hacer una máquina, sino a qué pasa con una sociedad cuando empieza a delegar en sistemas automáticos funciones que antes dependían del juicio humano.

Más años, menos certezas

Entre los cambios más profundos que se avecinan hay uno que redefine silenciosamente a las sociedades: el envejecimiento poblacional. Vivimos más años que antes, y ese dato, que expresa un enorme logro civilizatorio, trae consigo preguntas nuevas para las que todavía no tenemos respuestas suficientes. ¿Cómo se organiza una sociedad con más personas mayores y menos nacimientos? ¿Qué pasa con los vínculos entre generaciones? ¿Cómo se transforma la experiencia del tiempo cuando la vida se prolonga, pero las instituciones no siempre acompañan esa prolongación con sentido, integración y proyecto?

Durante mucho tiempo, la idea de trascender estuvo sostenida por formas relativamente claras: tener hijos, transmitir un oficio, legar un patrimonio, dejar una obra, inscribirse en una tradición religiosa, política o cultural. Hoy muchas de esas formas siguen existiendo, pero ya no tienen la misma estabilidad simbólica. El envejecimiento social no plantea solo desafíos previsionales, sanitarios o económicos. También abre una cuestión existencial y cultural: una sociedad envejecida necesita pensar qué lugar les da a quienes acumulan memoria, experiencia y tiempo vivido. Pero también necesita preguntarse qué relatos ofrece para que

la vida no se reduzca a prolongarse biológicamente. Vivir más no es necesariamente vivir con mayor sentido. Tal vez por eso crecen, al mismo tiempo, el interés por el bienestar, la salud mental, la búsqueda de propósito y las nuevas formas de comunidad. Allí donde se resquebraja la idea clásica de trascender, surgen intentos más frágiles, más dispersos, pero igualmente intensos de dejar huella: en una tarea, en un proyecto colectivo, en una red afectiva, en una causa, en una obra pequeña pero propia. El problema es que esas formas nuevas de sentido son más libres, sí, pero también más inestables. Y no todos cuentan con las mismas herramientas sociales y materiales para construirlas.

Humanidad poderosa, pero desorientada

Quizás el rasgo más inquietante del presente sea ese contraste: los seres humanos contamos con un poder técnico sin precedentes, pero no siempre con mayor claridad sobre qué hacer con él. Podemos prolongar la vida, automatizar tareas, producir imágenes, textos y diagnósticos en segundos, conectar continentes en tiempo real y procesar cantidades inmensas de información. Pero nada de eso resuelve por sí solo las preguntas más antiguas: cómo convivir, cómo educar, cómo cuidar, cómo repartir, cómo construir justicia, cómo encontrar sentido. Lo que se resquebraja en esta época no es solamente un conjunto de instituciones. También se agrietan ciertas certezas sobre quiénes somos. Hoy, en cambio, cada persona puede gestionar su identidad de manera más abierta, más flexible y también más expuesta. Eso puede ser liberador, pero también agotador. La obligación de reinventarse de manera permanente no siempre produce autonomía; muchas veces produce ansiedad.

Hay, además, otra fractura de fondo: la dificultad para imaginar el largo plazo. Vivimos absorbidos por la urgencia, por la novedad constante, por la administración de crisis sucesivas. Cuesta proyectar. Cuesta pensar en términos de generaciones. Cuesta incluso sostener una conversación pública sobre qué sociedad deseamos construir. Sin embargo, ninguna comunidad puede vivir indefinidamente sin futuro. Por eso, tal vez, la tarea más importante de estos años no sea solo adaptarnos a los cambios, sino darles dirección. El futuro no vendrá hecho: se está disputando ahora mismo en las decisiones que tomamos sobre educación, tecnología, trabajo, cuidado, ambiente, cultura y democracia. La pregunta no es solamente qué cambios se vienen, sino qué criterios humanos vamos a usar para atravesarlos.

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