Por Rubén Valle - Periodista
Por Rubén Valle - Periodista
Escribimos más, pero ¿leemos menos? O, para ser más precisos y menos románticos: ¿estamos comprando menos libros? La pregunta flota en el aire de cualquier librería de barrio, pero ahora tiene el respaldo de los números fríos. El informe "Producción del Libro Argentino 2025", que lleva la firma de la Cámara Argentina del Libro, nos pone frente a un espejo de contrastes: la industria registró un récord histórico en la variedad de títulos publicados, pero, al mismo tiempo, sufrió una caída estrepitosa en la cantidad de ejemplares impresos. Estamos, literalmente, en el nivel más bajo de producción de la última década.
Es la paradoja de las cifras. El año pasado se registraron 36.942 títulos, la cifra más alta desde que se tiene memoria en el país. Es un crecimiento del 17% que habla de una vitalidad creativa innegable; hay ganas de decir cosas, de publicar, de existir en el papel. Sin embargo, toda esa diversidad no se tradujo en volumen. La tirada total se desplomó de los 52,6 millones de ejemplares que vimos en 2024 a apenas 34,6 millones en 2025. Para encontrar un número tan pobre hay que retroceder hasta 2016. Publicamos más que nunca, pero imprimimos menos que siempre.
¿Qué pasó en el medio? Los que conocen el paño explican que esta contracción masiva tiene un responsable claro: el retiro del Estado como gran comprador. Las adquisiciones institucionales y los programas educativos, que en 2024 representaban casi un tercio del mercado (29%), pasaron a ser apenas el 5% en 2025. Ese vacío de más de 12 millones de libros que el Estado dejó de comprar para escuelas y bibliotecas es un hueco que el sector privado, por más voluntad que le ponga, simplemente no puede llenar.
Por supuesto, esta malaria no se queda en las planillas de Excel; impacta de lleno en el mostrador. Los libreros, que son la cara visible de esta crisis, hoy enfrentan un problema doble. Por un lado, las editoriales para no arriesgar capital en un clima de incertidumbre apuestan a tiradas cada vez más chicas. El resultado es que, cuando un libro funciona, el stock vuela y reponerlo se vuelve una misión imposible. Por otro lado, está el bolsillo de la gente. El consumo familiar se retrajo con una fuerza que asusta: hay librerías que estiman caídas en sus ventas de hasta el 70% comparado con 2023.
A pesar de este negro panorama, hay un dato que nos permite un respiro: el papel resiste. En plena era digital, el libro físico sigue "copando la parada" con el 75% de los registros.
Eventos como la Feria del Libro aparecen hoy como respiradores artificiales, con promociones y cupones de descuento para que el lector no pierda la costumbre. Pero a no engañarse: mientras el costo del papel no dé tregua y el poder adquisitivo siga en el piso, la industria seguirá en modo supervivencia. Al final del día, de nada servirá tener miles de títulos nuevos si los libros no logran llegar a las manos de los que completan el círculo virtuoso: los lectores.