Jesús dijo a los judíos: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo". Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?". Jesús les respondió: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. El que coma de este pan vivirá eternamente", (Jn 6,51-59).

 

Fulton Sheen fue obispo de la diócesis de Rochester.

 


Qué mejor testimonio que el de los santos para ejemplificar el evangelio de hoy. Fulton Sheen fue un obispo americano, de la diócesis de Rochester. Nació el 8 de mayo de 1895 en Estados Unidos. Se convirtió en una popular personalidad de la radio, en la década de 1930, y llegó a una audiencia de millones durante su incursión en los medios de comunicación. El Arzobispo dedicó el dinero obtenido con sus libros a las misiones en el extranjero. Su trabajo ha ayudado a crear nueve mil clínicas, diez mil orfanatos y mil doscientas escuelas. Las instituciones a las que ayudaron sus donaciones ahora educan a 80 mil seminaristas y nueve mil religiosas. El Siervo de Dios continuó siendo una figura líder del catolicismo en Estados Unidos hasta su muerte, en 1979, a la edad de 84 años. Él contó meses antes de morir que su mayor inspiración fue una niña china de 11 años que murió por la Eucaristía. Relató en una entrevista que cuando los comunistas se apoderaron de China a mediados del siglo XX, apresaron a un sacerdote en su propia rectoría cerca de la Iglesia. Desde la ventana el presbítero pudo ver cómo los comunistas entraron a profanar el templo. Estos tomaron el copón del sagrario y lo tiraron al suelo, quedando esparcidas treinta y dos hostias consagradas. En la parte de atrás de la iglesia había una niña pequeña que rezaba y que vio todo lo sucedido. Por la noche la pequeña regresó y, evadiendo la guardia apostada en la rectoría, entró al templo e hizo una hora santa de oración como reparación al acto sacrílego. Luego la pequeña se arrodilló y con su lengua comulgó una de las Sagradas Hostias. Cabe recordar que en ese entonces los laicos no podían tocar la Eucaristía con sus manos. La niña regresó cada noche y después de su hora santa, recibía a Jesús Sacramentado en su lengua. En el día 32º, tras consumir la última Hostia, accidentalmente hizo un ruido que despertó al guardia, quien corrió detrás de la pequeña, la atrapó y la golpeó hasta matarla. El sacerdote apresado presenció sumamente abatido este acto de martirio heroico. Posteriormente, cuando el arzobispo Sheen escuchó el relato prometió que haría una hora santa diaria ante Jesús Sacramentado por el resto de su vida. La pequeña le enseñó al prelado el valor y celo que se debe tener por el Santísimo Sacramento y cómo la fe puede vencer el miedo porque el verdadero amor a la Eucaristía debe trascender la propia vida.


Y otro testimonio conmovedor es el del cardenal vietnamista Van Thuan. Arrestado por el régimen comunista, pasó 13 años en la cárcel, 9 de ellos en régimen de aislamiento. En 1991 se le autorizó ir de visita a Roma pero no se le permitió el regreso. Desde entonces vivió exiliado en esa ciudad. Juan Pablo II lo creó cardenal. Falleció en 2002, víctima de cáncer. En su libro "Cinco panes y dos peces", afirma: "Cuando me arrestaron, tuve que marcharme enseguida, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir a los míos, para pedir lo más necesario: ropa, pasta de dientes... Les puse: "Por favor, envíenme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago". Los fieles comprendieron enseguida. Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: "medicina contra el dolor de estómago", y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad. La policía me preguntó: -¿Le duele el estómago? -Sí. -Aquí tiene una medicina para usted. Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Éste era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: "Medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo", como dice Ignacio de Antioquía. Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida! Me alimenté durante años con el pan de la vida y el cáliz de la salvación".